
Cada vez que llegan las bajas temperaturas, cosa que estadísticamente sabemos que ocurre cada año desde el inicio de los tiempos, Argentina enfrenta el fantasma de faltantes y cortes de energía. Pero este no es cualquier invierno, tiene una particularidad que no se ha visto en años anteriores.
La guerra en Medio Oriente y el consecuente bloqueo del estrecho de Ormuz plantean un nuevo escenario. Por ese canal de solo tres kilómetros de ancho circulan a diario unos 20 millones de barriles de petróleo crudo. Cuando se bloquea, las consecuencias repercuten en el tránsito mundial y alteran la economía a nivel planetario. Aunque la guerra, aparentemente, haya bajado la escalada, la economía global ya se prepara para una inflación más alta, y Argentina también.
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Antes de la guerra, los futuros del crudo cotizaban a menos de US$ 70 y ahora superan los US$ 100. La prolongación del enfrentamiento, que en principio iba a durar un par de semanas y ya lleva casi 3 meses, impacta directamente en la política energética argentina.
Si bien la política favorable a expandir las exportaciones es acertada, la falta de una infraestructura adecuada a nivel local hace que la posibilidad de faltantes y aumentos de costos se vea como una realidad cercana. El gobierno ya anunció reducciones de suministros para las industrias y estaciones de GNC y se teme que la restricción también llegue a los hogares a medida que las marcas térmicas van a la baja.
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Una política energética no puede ser soplar y hacer botellas. O, dicho en otros términos, exportar y listo. La situación no es tan sencilla y reviste sus complejidades. Los exportadores pueden generar mayores ganancias, pero puertas adentro la ecuación no resulta tan conveniente.
El crudo representa el 40% del precio final de los combustibles. Si aumenta el costo del barril es inevitable que este aumento llegue a los surtidores y los medidores de consumo. Este incremento repercute en toda la cadena de producción, que depende de este insumo no solo para producir sino para transportar sus mercancías. Además, impacta directamente en el presupuesto de las familias.
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Ante la llegada de los primeros fríos podemos esperar nuevos aumentos de las tarifas de energía para hogares e industrias y un alto riesgo de cortes de luz y gas durante los días más fríos. Las boletas hogareñas llegarían con un aumento de entre el 10% y el 15%.
Por el lado de la industria, el alza sería aún mayor. Las empresas pasarán de pagar $ 59.200 por cada megavatio-hora a $ 111.350, un salto de 88% en el precio mayorista de la energía. Este aumento no evita que el riesgo de corte en la industria llegue al 34%.
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Si bien los gasoductos construidos en Vaca Muerta para la exportación pondrán a Argentina entre los grandes proveedores de energía, no debemos olvidar el abastecimiento local. Hoy en día, gran parte del NOA utiliza garrafas para cubrir sus necesidades energéticas. Abandonar la producción en downstream, el último eslabón de la cadena energética, fue un error serio. Afecta el abastecimiento y la generación de empleo en regiones clave del país, como las provincias de Mendoza, Salta, La Pampa o Tierra del Fuego.
Enfrentamos un escenario singular. Por un lado, tenemos la posibilidad de exportar energía y generar los dólares que tanto le hacen falta a la economía. Pero, por otro lado, una política energética errática y la falta de infraestructura juegan en contra de esas ventajas competitivas.
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Para hacer posible esta ventaja que nos dan nuestros recursos naturales, necesitamos tener un proyecto de país que tenga en cuenta tanto la demanda local, la industria y los trabajadores, y no solamente los mercados internacionales.
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