Se repite entre economistas y en los medios la idea de que la macro ya está ordenada y que ahora falta ordenar la micro. Esa lectura parte de una división discutible. Como planteaba Ludwig von Mises, no resulta del todo adecuado separar macroeconomía y microeconomía: hay una sola ciencia, la economía, entendida como estudio de la acción humana, la praxeología.
Aun si se aceptara esa distinción, vale preguntarse si la macroeconomía está realmente en orden. La estabilidad del mercado de cambios, el superávit fiscal y una inflación menor que la heredada del kirchnerismo suelen presentarse como prueba suficiente. Pero en cada uno de esos frentes conviene mirar más allá de los números.
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¿Existe de verdad un superávit financiero? ¿Es sustentable en el largo plazo la forma en que se alcanzó el superávit fiscal? La realidad es que el superávit financiero se sostiene, en parte, por la postergación del pago de intereses. En marzo se capitalizaron intereses de Lecap, Letamar, Boncap y PR17 por $3,4 billones. Lo que aparece hoy como alivio fiscal es, en los hechos, gasto público diferido: esos intereses deberán pagarse más adelante.
Lo que aparece hoy como alivio fiscal es, en los hechos, gasto público diferido: hay intereses capitalizables que deberán pagarse más adelante
A eso se suma la deuda del Tesoro con el PAMI y la que la Nación mantiene con el gobierno de la Ciudad de Buenos Aires. Según la denuncia de la administración porteña, el Gobierno nacional acumuló atrasos en esos pagos y, de acuerdo con la información conocida ayer, ambas partes habrían alcanzado un nuevo acuerdo para regularizar la deuda acumulada en el último año.
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También debe contarse el escaso mantenimiento de las rutas nacionales. Ese recorte no elimina gasto: lo traslada al futuro, cuando la reconstrucción resulte inevitable y más costosa.
Según datos de la Oficina de Presupuesto del Congreso, la inversión pública en el primer trimestre del año cayó 26,7% respecto del mismo período de 2025.
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Si se suman los intereses devengados y no pagados de esos bonos, el superávit financiero desaparece. Y si además se considera el aumento de la deuda flotante del Tesoro junto con la caída real de los ingresos fiscales, el equilibrio fiscal luce poco sustentable en el largo plazo.
Incluso Ieral publicó un trabajo según el cual, en marzo, más de un tercio del superávit fiscal respondió al aumento de la deuda flotante y a ingresos extraordinarios, como alguna privatización, contabilizados como ingresos corrientes aunque no lo son.
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Una tasa de inflación anual de 32% no permite afirmar que exista un marco apto para el cálculo económico
El cuadro precedente, elaborado sobre la base de datos de la Oficina de Presupuesto del Congreso y de la Secretaría de Hacienda de la Nación, muestra el superávit primario, el financiero y la deuda flotante del primer trimestre del año. Si se incorpora la deuda flotante, que creció en el primer trimestre de 2026, el superávit financiero desaparece. Y si se observa el superávit primario, el resultado también se reduce de manera marcada cuando se incorpora ese pasivo.
Inflación y tipo de cambio
La baja de la inflación también suele presentarse como señal de normalización, y lo es en términos relativos. Pero una inflación anual de 32% no permite afirmar que exista un marco apto para el cálculo económico de largo plazo ni para la inversión.
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Ese 32% anual sigue muy lejos de una inflación baja. Comparar la tasa argentina con la de los países vecinos alcanza para advertir que, pese a la mejora respecto de la herencia recibida, la inflación todavía no puede computarse como prueba de una macroeconomía ordenada.

El frente cambiario también plantea objeciones. Aunque el Gobierno sostiene que no existe atraso cambiario, el tipo de cambio no surge todavía de un mercado plenamente libre, ya que el cepo se mantiene para las empresas.
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Más aún: el índice de tipo de cambio real que publica el BCRA muestra que tanto el bilateral con Estados Unidos como el multilateral se ubican casi en el mismo nivel que el 7 de diciembre de 2023, último día del gobierno kirchnerista.
Tasas de interés, mora e inversión
A eso se agregan tasas de interés incompatibles con una economía estabilizada. En préstamos personales, el costo financiero total efectivo anual supera el 100%, según ofertas bancarias recibidas mientras escribo estas líneas.
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Por eso resulta difícil sostener que la macro ya está ordenada y que el problema pendiente es apenas microeconómico.
El aumento de la mora de las familias en préstamos personales, prendarios y tarjetas de crédito no obedece a una apuesta a licuar deudas. Nadie se endeuda con la tarjeta a estas tasas con la expectativa de que la inflación resuelva el problema.
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Si la macro todavía no está en orden, como los propios datos sugieren, tampoco empresas y familias pueden organizarse con previsibilidad
Lo que existe es otro dilema: si la macro todavía no está en orden, como los propios datos sugieren, tampoco empresas y familias pueden organizarse con previsibilidad. Las empresas no logran planificar y muchas familias siguen sin ingresos suficientes para llegar a fin de mes.
Hace varios meses que los salarios crecen por debajo de la inflación. Eso tampoco describe una macroeconomía ordenada.

En materia de inversión, además, conviene distinguir entre anuncios y desembolsos efectivos. Una cosa es prometer inversión y otra, concretarla.
En ese contexto, todo indica que todavía falta para corregir la macro y que, por esa misma razón, no puede corregirse la micro. Hoy, para buena parte de las empresas y de las familias, la lógica dominante no es la organización sino la supervivencia.
Siguiendo a Mises, el problema no es de compartimentos. La economía sigue atravesada por distorsiones que se traducen en menos empleo, cierre de empresas -sin que siempre pueda saberse si responden a ineficiencia o a las distorsiones todavía vigentes- y pérdida de puestos de trabajo en el sector formal.
En síntesis, el problema no es de la micro: es de la economía.
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