
Durante siglos, las mujeres fuimos las columnas invisibles del mundo. Lo forjamos con fortaleza, con belleza y con silencio. Lo hicimos -muchas veces- sin reconocimiento, sin derechos plenos ni poder real. Y, al igual que las cariátides en el templo de Atenas, sostuvimos estructuras inmensas: familias, escuelas, vínculos, comunidades y economías enteras.
En la antigua Grecia, las cariátides eran mucho más que meras columnas arquitectónicas, eran figuras femeninas esculpidas que representaban a las mujeres de Cariá, una región del suroeste de Asia Menor. La leyenda cuenta que dichas mujeres se aliaron con los persas durante la invasión de Grecia y, como castigo, fueron convertidas en esclavas y obligadas a soportar eternamente el peso del edificio sobre sus hombros. Son un símbolo del papel de la mujer en la sociedad griega antigua. Y, a pesar de su aparente debilidad y sumisión, estas figuras femeninas son las que sostienen uno de los templos más importantes de la Acrópolis y representan la fuerza, la resistencia y el sacrificio de la mujer.
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La metáfora que uso no es inocente. Estas esculturas femeninas que cargan el peso de la arquitectura, condensan una narrativa histórica profunda: el cuerpo de las mujeres ha sido simbólicamente asociado al sostén, al sacrificio, al cuidado, mientras se les negaba sistemáticamente la palabra, la decisión y el liderazgo. La exclusión de las mujeres del espacio público y del poder no fue un accidente, sino una construcción cultural persistente que aún hoy deja huellas visibles.
Hoy, en pleno siglo XXI, esa imagen vuelve para interpelarnos: ¿seguiremos siendo columnas que sostienen en silencio o nos animaremos, de una vez por todas, a convertirnos en arquitectas visibles del futuro?
En el presente, esas huellas adoptan formas múltiples: la feminización de la pobreza, la sobrecarga de tareas de cuidado, la brecha salarial, la violencia simbólica, los techos de cristal y la persistente desigualdad educativa.
Según datos de ONU Mujeres, las mujeres realizan cerca del 76% del trabajo de cuidado no remunerado en el mundo. Esta tarea, imprescindible para el sostenimiento de la vida, continúa siendo invisibilizada, desvalorizada y naturalizada. No aparece en el PBI, no computa como productividad, no genera prestigio social. Pero sin ella, ninguna economía funciona. Y este modelo no solo es injusto: es profundamente insostenible.
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En educación, las contradicciones se vuelven aún más evidentes. Las mujeres constituyen la mayoría del sistema educativo -como docentes, directivas, cuidadoras, acompañantes pedagógicas-, pero siguen estando subrepresentadas en los espacios de decisión, en el liderazgo académico y en la producción científica de alto impacto. Las educamos, pero no siempre decidimos qué, cómo y para qué se hace.
Aquí emerge un desafío central: transformar la educación en una herramienta real de justicia social y equidad de género. No alcanza con escolarizar a las niñas. No basta con garantizarles el acceso. Es imprescindible revisar qué modelos culturales, qué mandatos, qué narrativas y qué expectativas transmitimos cotidianamente en las aulas, en los libros, en las prácticas pedagógicas y en los discursos públicos.
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Educar con perspectiva de género no es adoctrinar: es habilitar pensamiento crítico. Es formar niñas que no aprendan a aguantar, sino a elegir y que no naturalicen la sobre exigencia ni el sacrificio como destino. Que puedan imaginarse líderes, científicas, artistas, políticas, ingenieras, educadoras, emprendedoras, creadoras de mundos posibles. Y es, también, formar varones capaces de construir vínculos más justos, corresponsables, empáticos y libres de violencias.
La transformación cultural no ocurre por decreto. Se construye, lentamente, en cada aula, en cada familia, en cada conversación cotidiana. Por eso, la educación sigue siendo el campo estratégico más poderoso para imaginar futuros distintos.
Este 8 de marzo no es una celebración. Es una memoria activa. Un recordatorio incómodo. Una invitación colectiva a revisar qué mundo estamos sosteniendo y qué queremos construir.
Quizás haya llegado el tiempo histórico de que las cariátides bajen los brazos; no para que el templo se derrumbe, sino para rediseñarlo entre todos y todas con otras lógicas, con otros valores y con otras prioridades.
Porque el futuro ya no necesita columnas silenciosas. Necesita mujeres reconocidas, voces que nombren, manos que diseñen, miradas que incluyan y decisiones que transformen.
Que este 8M no nos encuentre solo recordando lo que fuimos obligadas a sostener, sino afirmando lo que elegimos construir. Un mundo donde las niñas crezcan sin miedo, sin techos y sin jaulas invisibles, donde las mujeres no carguen solas, no pidan permiso para existir ni deban demostrar todo tres veces más que los hombres.
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Cuando las mujeres dejamos de ser columnas, el mundo no se cae, aprende a sostenerse de otro modo: con equidad, con justicia y con humanidad.
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