Derechos Humanos para el mundo libre

No pertenecen a izquierdas ni derechas, a gobiernos ni oposiciones. No son herramientas de una facción. Son el límite moral que toda forma de poder debe respetar

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Ilustración plana de un escudo de manos entrelazadas con balanza, paloma, rama de olivo y logo de la ONU, sobre una bandera argentina celeste y blanca.
(Imagen Ilustrativa Infobae)

Durante décadas, los DDHH constituyeron uno de los pocos consensos morales universales alcanzados por la humanidad. Nacidos como respuesta a las tragedias del siglo XX, guerras mundiales, genocidios, la Shoá, totalitarismos y persecuciones sistemáticas, fueron concebidos para proteger a la persona frente a toda forma de abuso del poder.

Su fuerza moral radicó en su vocación universal. No fueron pensados como herramienta de facción ni recurso retórico al servicio de intereses ideológicos cambiantes, sino como un límite civilizatorio frente a la violencia, la arbitrariedad, el terrorismo, la persecución religiosa, la discriminación de minorías y la degradación de la dignidad humana.

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La Declaración Universal de DDHH de 1948 partió de una premisa decisiva, el reconocimiento de la dignidad intrínseca e igual de todos los miembros de la familia humana. Jacques Maritain comprendió que distintas tradiciones religiosas, filosóficas y políticas podían discrepar acerca del fundamento último de los DDHH, pero coincidir en su necesidad práctica. Esa fue la grandeza del consenso de posguerra, afirmar un mínimo moral común frente a la barbarie.

Desde hace años ese consenso vuelve a ser interpelado por regímenes autoritarios, fanatismos violentos y una cultura internacional que muchas veces subordina los DDHH a alineamientos ideológicos, relativismos morales o narrativas políticas que terminan justificando aquello que deberían condenar.

Cuando la gravedad de una violación se mide menos por el daño causado a la víctima que por la identidad política, religiosa o nacional de quien la comete, se debilita el fundamento mismo de los DDHH. La tortura, la censura, la persecución de opositores, minorías religiosas o sexuales, la subordinación jurídica de la mujer, el castigo a disidentes, la pedofilia o esclavización de niños no son menos graves por ser practicadas en regímenes que ciertos sectores occidentales prefieren no incomodar por interés, afinidad ideológica, temor o cálculo geopolítico. El terrorismo tampoco se transforma en resistencia legítima por invocar una causa.

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Michael Ignatieff advirtió que los DDHH son también una práctica política, y por ello requieren sobriedad, límites y responsabilidad. Cuando se los transforma en una herramienta facciosa, pierden su capacidad de proteger a las personas concretas. Por eso, una política exterior democrática, occidental y comprometida con la libertad sostiene que la dignidad humana no depende de coyunturas ni conveniencias.

Argentina está recuperando una orientación internacional más nítida, defendiendo el mundo libre, condenando inequívocamente el terrorismo, aliándose con democracias occidentales, valorando el Estado de Derecho, defendiendo la libertad religiosa, rechazando los autoritarismos, protegiendo las minorías vulneradas y afirmando la dignidad humana como fundamento de toda política pública responsable.

Ese rumbo resulta especialmente importante después de años en los que el lenguaje de los DDHH fue capturado por lecturas parciales, selectivas o partidarias. Recuperar su universalidad no significa debilitarlos, sino devolverles autoridad moral, consistencia jurídica y credibilidad internacional.

Argentina posee una responsabilidad singular en esta materia. Su historia constitucional, su tradición de acogida, su pertenencia cultural a Occidente, su experiencia y respuesta jurídica frente al totalitarismo, su compromiso con la memoria y su dolorosa vivencia del terrorismo la colocan en una posición especialmente relevante para contribuir a una agenda de DDHH seria, moderna y no ideologizada.

En ese marco, iniciativas como los Acuerdos de Isaac expresan una orientación internacional que vincula cooperación estratégica, defensa de la libertad, lucha contra el terrorismo, combate al antisemitismo y fortalecimiento democrático. Su importancia no reside sólo en la relación bilateral con Israel, sino en la posibilidad de proyectar desde la Argentina una agenda regional de DDHH, seguridad democrática, libertad religiosa, innovación y cooperación entre naciones comprometidas con el mundo libre.

La actual presidencia argentina de la IHRA refuerza esa misma dirección. La memoria de la Shoá no pertenece sólo al pasado, orienta la lucha contemporánea contra el antisemitismo, la negación histórica, la banalización del terrorismo y toda forma de deshumanización política. Así, permite proyectar esa memoria en educación, prevención, cooperación internacional y liderazgo público.

Natan Sharansky distinguió entre sociedades libres, donde las personas expresan sus convicciones sin temor, y sociedades del miedo, donde están obligadas a vivir bajo la mentira, la vigilancia u obediencia ideológica. Esa distinción resulta decisiva para una política exterior de DDHH que no confunda estabilidad con libertad ni retórica emancipatoria con respeto a la dignidad humana. Allí donde alguien debe callar para sobrevivir, no hay DDHH sino administración del miedo.

Congruentemente, la diplomacia en DDHH se fortalece cuando evita estridencias y sobreactuaciones, cuando no es neutral frente al terrorismo ni permanece en silencio frente a autoritarismos o equidistante entre Estados de Derecho democráticos y regímenes totalitarios, teocráticos o integristas. La diplomacia en DDHH se afirma con claridad moral, solvencia jurídica, prudencia institucional y responsabilidad política.

También debe incorporar los desafíos propios del siglo XXI. La IA, la vigilancia digital masiva, los datos biométricos, el reconocimiento facial ubicuo y la manipulación algorítmica de información y datos plantean interrogantes inéditos para la dignidad humana. La defensa de los DDHH ya no se limita a denunciar abusos del poder político tradicional, exige comprender las nuevas formas de concentración tecnológica que afectan la autonomía, la privacidad y la libertad personal.

La libertad religiosa merece una mención especial. Cristianos perseguidos en Medio Oriente y África, musulmanes reprimidos en China, judíos amenazados por el antisemitismo global, bahaíes hostigados en Irán y opositores religiosos silenciados en distintas regiones muestran que este derecho no es una cuestión confesional, sino un indicador decisivo de la libertad humana. Allí donde el poder decide qué se puede creer, expresar o enseñar, el problema ya no es sólo religioso, sino profundamente humano.

La defensa de la libertad religiosa resulta, además, inseparable de la lucha contra el antisemitismo. La historia argentina conoce en carne propia el dolor del terrorismo internacional yihadista. Por eso, una política exterior comprometida con los DDHH no puede ser indiferente frente al resurgimiento global de discursos y movimientos que vuelven a convertir al judío en blanco simbólico de odios políticos, religiosos o ideológicos. Combatir el antisemitismo no es defender sólo a una comunidad, sino a la arquitectura moral de las sociedades libres.

Václav Havel recordó que el verdadero poder de los DDHH surge cuando los individuos deciden vivir en la verdad incluso frente a sistemas que premian la conformidad y castigan la libertad. Esa enseñanza conserva plena vigencia frente a las nuevas formas de censura, disciplinamiento cultural, manipulación tecnológica y presión ideológica.

La Convención Americana sobre DDHH, el Pacto Internacional de Derechos Civiles y Políticos, más la Carta de la ONU no fueron concebidos para administrar preferencias ideológicas, sino para establecer límites frente a cualquier poder que pretenda desconocer la dignidad humana.

Por eso, una agenda argentina de DDHH alineada con la libertad, la democracia, la seguridad, la cooperación internacional y la defensa del mundo libre aporta una voz necesaria en el escenario global. Una voz capaz de unir memoria histórica, claridad moral, experiencia constitucional, diálogo interreligioso, comprensión bioética y solvencia jurídica.

Ese proceso consolida una política exterior de DDHH que no es rehén de viejas capturas ideológicas, sino expresión madura de una democracia que sabe distinguir entre libertad y opresión, dignidad y sometimiento, defensa legítima y terrorismo, pluralismo y fanatismo.

Los DDHH no pertenecen a izquierdas ni derechas, a gobiernos ni oposiciones. No son una herramienta de facción. Son el límite moral que toda forma de poder debe respetar.

Porque la dignidad humana no tiene ideología, tiene persona. Y precisamente por ello merece ser protegida siempre, en todas partes y frente a cualquier poder.

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