
Vivimos en una sociedad que le teme al envejecimiento. Lo esquiva, lo niega, lo disfraza. Y en ese movimiento, muchas veces termina empobreciendo una etapa que hoy es más larga, más diversa y más potente que nunca.
La expectativa de vida aumentó y, con ella, cambió también el modo de envejecer. Las personas mayores de hoy no son las de hace algunas décadas: siguen activas, con proyectos, con deseos de participar, de aprender, de aportar. Sin embargo, también van apareciendo limitaciones propias de la edad y el prejuicio persiste en frases tan dañinas como habituales: “¿Qué querés a esta edad?”, “Ya no hay nada para hacer”, “Es normal, está viejo”. Es lo que se conoce como “edadismo” y lo que en forma coloquial llamamos “palmoterapia”, como cuando las personas mayores van a una consulta médica buscando una solución y solo reciben una palmada en la espalda.
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Debemos aclarar que envejecer no es estar enfermo. Envejecer es un proceso natural de la vida. Implica cambios —físicos, cognitivos, emocionales—, pero no equivale automáticamente a patología ni a inutilidad. Uno de los grandes problemas es el desconocimiento: no sabemos qué nos provoca el paso del tiempo y, frente a lo que no entendemos, reaccionamos con miedo o sobreprotección. Las familias, muchas veces con la mejor intención, terminan quitando autonomía: deciden por la persona mayor, la reemplazan en tareas que todavía puede hacer, la infantilizan.
Durante un envejecimiento normal, a grandes rasgos, hay pérdida de masa muscular, con su consiguiente enlentecimiento en las habilidades físicas motrices y alteraciones en el equilibrio; las personas tardan más en dar una respuesta, porque también se hace más lento el procesamiento de la información; se necesita dormir menos porque es menor el gasto de energía; cambian la piel y la fisonomía externa. Son algunas de las cuestiones que forman parte de un proceso esperable.
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El desafío no está en negar las limitaciones, sino en trabajar con ellas. No todo se puede hacer igual que antes, pero casi siempre hay algo que se puede seguir haciendo, con apoyos, adaptaciones y profesionales formados. El problema no es la edad; el problema es mirar solo lo que se perdió y no lo que todavía está disponible. Incluso, lo que está por descubrir: tener planes y expectativas es una clave fundamental a cualquier edad. Nadie debería jubilarse de sus sueños.
La alternativa es trabajar en lo que la persona mayor sí puede hacer, con los apoyos que necesite, y en lo que sea realmente significativo para ella. Tal vez para alguien sea más relevante estudiar el idioma que hablaban sus abuelos o animarse a escribir un cuento que pintar mandalas o hacer jardinería; mientras que para otros, estas últimas son las opciones que les generan más placer y conexión consigo mismos. Hay que indagar en los gustos y hábitos personales. Porque con los años se pierde velocidad, sí. Pero se gana perspectiva. Y esa ganancia es enorme.
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Otro prejuicio frecuente es pensar que la vejez es solo deterioro. Sin embargo, también es experiencia, capacidad de adaptación, mirada amplia, tiempo para elegir y mayores recursos emocionales que en la juventud. La vejez puede ser una oportunidad si sabemos acompañarla.
Para que esto sea posible, necesitamos información y un cambio de enfoque. Profesionales capacitados en geriatría, una mirada integral que no reduzca al ser humano a un diagnóstico y una sociedad que deje de expulsar simbólicamente a quienes pasaron determinada edad.
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La vejez es una etapa distinta del recorrido, no el final del camino. Si dejamos atrás los prejuicios y logramos escuchar más y entender mejor, podremos transformar esos años en una vida con sentido, dignidad y plenitud.
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