Las pantallas tensionan y ponen en cuestión el saber en la escuela. Como consecuencia, la revolución digital obliga, o debería hacerlo, a revisar qué es enseñar y aprender hoy.
Durante muchos años se ha entendido la alfabetización como un conjunto de destrezas y saberes: la correspondencia sonido-letra, la capacidad de oralizar un escrito, de comprender un texto o distinguir ideas principales de ideas secundarias.
En las últimas décadas, sin embargo, se ha añadido una dimensión social y plural a este término: la práctica de lectoescritura, que se desarrolla en una comunidad concreta, entre interlocutores que comparten una misma cultura, con una lengua y unas formas expresivas que son producto histórico. A esta visión, que cambia el paradigma de la lectoescritura aún en la universidad, se le suma ahora la alfabetización digital, relacionada con la inclusión de la tecnología en el aula.
La revolución digital de nuestro presente modifica no solo los soportes de la escritura, sino también la técnica de su reproducción y diseminación, y las maneras de leer. Hemos pasado de la piedra al papiro, al manuscrito, al libro impreso y a otras formas digitales, tales como libro electrónico o e-book. Estos nuevos soportes permiten superar la linealidad del texto escrito, dando lugar a la hipertextualidad, a un itinerario nuevo de lectura donde el lector decide qué leer a través de un clic.
En este sentido, se entiende a la cultura escrita digital como un conjunto de prácticas dinámicas que cambian al mismo ritmo acelerado que evolucionan las tecnologías que las posibilitan.
La fragmentación de la escuela secundaria
Mientras en la escuela secundaria o en la Universidad sigamos trabajando cada materia durante una hora, cambiando de profesor o de aula constantemente, en tiempos breves, no podremos pensar, a mi criterio, en trabajar desde un planteo global, en el marco de un aprendizaje social y colaborativo.
Una propuesta para la promoción de cambios es la implementación de proyectos educativos y acciones que integren las TIC en educación y que superen la reproducción de contenidos. Es decir: identificar grupos de docentes con trabajos encaminados y dotarlos de equipos y conexión libre o, si aún no hay formulaciones concretas, fomentar proyectos, aportando capacitación didáctica, soporte anímico y socializador a las maestras y maestros para que planifiquen, elaboren y los lleven a cabo.
Sin embargo, el desafío más grande es erradicar la idea de que las tecnologías harán todo el trabajo por uno, y plantearlas como un recurso que puede ser desplegado. No se trata de usar la tecnología bajo la lógica tradicional; sino de volver a pensar la clase con una mirada innovadora y con sustentos epistemológicos y metodológicos.
Si pudiéramos romper con las formas tradicionales de enseñanza, estáticas y homogeneizantes, en pos de otras que posibiliten la construcción del aprendizaje con otros en red, la clase tendría otra “fama” entre los jóvenes. Sumado a esto, en palabras de Litwin (2008), deberíamos evitar la tentación de dictar clases magistrales, ya que tiene una cuota de autoengaño: el docente percibe que dio la clase bien y entiende que el tema, por añadidura, se aprendió bien; a una exposición prolija, un aprendizaje pulcro y ordenado.
Cuestionar la clase y cuestionarnos como docentes son hechos fundamentales a la hora de entrar al aula. Si formamos estudiantes críticos que puedan reflexionar sobre sus procesos de aprendizaje, serán capaces de tomar conciencia que dichas prácticas no son asépticas, sino que implican una toma de posición respecto del contexto, de los sujetos con quienes se interrelacionan y de las nuevas formas de aprender.
Incluso, muchas de estas estrategias pueden implementarse en el marco de este modelo, como enseñar con contenidos educativos digitales, cuya ventaja es que son muchos, variados y editables, es decir, se puede copiar, pegar, reeditar y mezclar en nuevos contextos; nunca son definitivos y siempre pueden ser corregidos y mejorados.
Asimismo, los materiales multimedia (videos, películas, programas de televisión, simulaciones, clips o galerías fotográficas) son recursos ampliamente disponibles y fáciles de utilizar, que pueden utilizarse como fuentes de saber en todas las disciplinas de la enseñanza secundaria.
En definitiva, se trata de cambiar la clase, para enseñar y aprender mejor, teniendo en cuenta los sujetos y los contextos, en pos de formar estudiantes capaces de proyectar una sociedad mejor.
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