
El hígado graso se ha convertido en un tema de preocupación creciente para la salud pública, ya que afecta a millones de personas en todo el mundo. Existen alternativas naturales que pueden apoyar la función hepática, y la alimentación ocupa un lugar central entre esas medidas no farmacológicas. Diversos especialistas han destacado que el consumo regular de ciertas frutas aporta nutrientes, fibras y compuestos antioxidantes que ayudan a combatir el hígado graso de manera sencilla y asequible.
La selección de frutas frescas no solo contribuye al bienestar metabólico, sino que también permite incluir alimentos accesibles y de alto valor energético.
Este grupo de alimentos puede formar parte de estrategias de prevención y control de la enfermedad hepática. En este contexto, cinco opciones reúnen sabor, bajo costo y eficacia para quienes buscan mejorar la salud del hígado.
Manzana: fibra y polifenoles para la función hepática

La manzana destaca por su aporte de fibra soluble, especialmente pectina, que facilita la eliminación de toxinas y residuos metabólicos. La Sociedad Española de Hepatología sostiene que “consumir una manzana diaria puede favorecer la reducción de lípidos acumulados en el tejido hepático” por su capacidad para regular los niveles de colesterol y glucosa. Adicionalmente, los polifenoles presentes en la cáscara funcionan como agentes antioxidantes protectores ante el daño celular, mientras que el aporte calórico se mantiene bajo, lo que resulta ventajoso en dietas hipocalóricas.
La manzana proporciona vitaminas como la C y minerales como el potasio, nutrientes que benefician la regeneración de las células hepáticas y el funcionamiento adecuado del sistema digestivo. Este fruto se consume entero, en trozos, ensaladas o preparado en compotas sin azúcar, por lo cual se adapta a distintos gustos y preferencias sin aumentar el gasto diario.
Papaya y sandía: aliados antioxidantes de bajo costo

La papaya sobresale por su contenido en papaína, una enzima que apoya la digestión de proteínas y la eliminación de grasas acumuladas. Además, las investigaciones difundidas por la OMS resaltan que “la papaya contiene antioxidantes que pueden atenuar los procesos inflamatorios en el hígado”. La disponibilidad y el costo estable de la papaya la sitúan como una alternativa accesible en mercados de América Latina y el Caribe.
La sandía es reconocida como una fruta hidratante y refrescante, rica en agua, licopeno y citrulina. Al aportar componentes antioxidantes, favorece el funcionamiento de las enzimas hepáticas y contribuye a eliminar sustancias de desecho. El consumo regular de sandía resulta recomendable como postre o merienda durante períodos de altas temperaturas o en contextos de dietas para la reducción de peso.
Uvas y plátanos: energía, fibra y polifenoles

Las uvas integran resveratrol, uno de los antioxidantes más estudiados en relación a la protección hepática. Investigaciones citadas por la Sociedad Española de Hepatología indican que “el resveratrol de las uvas puede modular la acumulación de grasa en el hígado” mediante su efecto regulador sobre la inflamación interna. Las uvas aportan además fibra y glucosa fácilmente asimilable, lo que las hace una opción práctica para incorporar en diferentes tipos de dietas.
El plátano es una fuente destacada de potasio y fibra, nutrientes que colaboran en la regulación del metabolismo hepático y el control del peso corporal. Fácil de conseguir a bajo precio en la mayoría de los países de Latinoamérica, el plátano puede consumirse solo, en batidos o como ingrediente de preparaciones frías, manteniendo su valor nutritivo.
Estas frutas, integradas de manera habitual en la dieta, favorecen estrategias preventivas económicas y basadas en evidencia científica contra el avance del hígado graso.


