
Recientemente, en algunos medios y espacios de opinión en redes sociales, se ha repetido la idea de que solo el 21,5% de los recursos pesqueros del Perú se destinan al consumo humano directo (CHD) y el 78,5% a la harina y aceite de pescado. La cifra ha sido utilizada para sostener frases impactantes como aquella que cuestiona si el mar peruano sirve más para engordar animales en el extranjero que para alimentar a los propios peruanos. Aunque llamativas, estas afirmaciones se construyen sobre una visión parcial y reducida de la realidad. No reflejan el verdadero destino de los recursos pesqueros ni el rol que desempeñan en la seguridad alimentaria global y nacional. Este texto mostrará, con cifras y documentos técnicos, por qué ese diagnóstico difundido resulta distorsionado.
El supuesto “desperdicio” del mar peruano no resiste el contraste con los datos. Hoy, más del 80% del aceite de pescado en el mundo se destina al CHD en cápsulas de omega 3, alimentos funcionales y nutrición especializada. En cuanto a la harina de pescado, lejos de ser un producto orientado a alimentar animales sin conexión con la nutrición humana, constituye un insumo esencial para la acuicultura. Esta actividad ya supera en volumen a la pesca extractiva y provee proteínas de pescado a millones de personas en Asia, África y América Latina. Según la FAO, cerca del 70% del pescado que se consume globalmente proviene de la acuicultura, actividad que depende en buena medida de la harina de pescado peruana para sostenerse. Hoy en día, la harina de pescado representa el 10% del alimento balanceado que abastece a la acuicultura.
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Lejos de ser un desvío inútil, la producción peruana contribuye a la alimentación global y a la seguridad nutricional de millones de familias. Incluso en el mercado nacional, la anchoveta procesada se ha incorporado en programas sociales y en presentaciones enlatadas y congeladas, aunque con un alcance todavía limitado por falta de infraestructura y cultura de consumo. El Libro Blanco de la Pesca en el Perú (2024) enfatiza que el reto no está en desviar masivamente la anchoveta del consumo humano indirecto (CHI) al CHD, sino en crear condiciones logísticas, tributarias y culturales que permitan ampliar de manera gradual su participación en la dieta peruana.
La evidencia confirma que reducir el análisis a porcentajes de CHI versus CHD resulta engañoso, sobre todo porque esas cifras se refieren únicamente a la anchoveta, cuando el Perú cuenta con una gran diversidad de recursos hidrobiológicos que también aportan a la alimentación nacional y global. El verdadero aporte de la anchoveta no se mide solo en cuánto va a la mesa de los peruanos, sino también en su papel dentro de las cadenas alimentarias globales, en la producción de omega 3 de calidad farmacéutica y en la base proteica que sostiene a la acuicultura mundial. Además, como recuerda el Libro Blanco de la Pesca en el Perú, el país dispone de más de 700 especies hidrobiológicas con potencial de aprovechamiento. Caballa, jurel, pota, bonito y merluza son solo algunos ejemplos de recursos que abastecen tanto el mercado interno como las exportaciones. El informe “Desarrollo del Análisis de Cadena Causal: Consecuencias y causas inmediatas, subyacente y raíz de los problemas que explican la desnutrición crónica en el Perú Sector Producción pesca y acuicultura (ACC Pesca y Acuicultura, proyecto del Instituto Humboldt de Investigación Marina y Acuícola con la Universidad Nacional Federico Villareal) enfatiza que centrar la discusión únicamente en la anchoveta invisibiliza esta diversidad y limita la comprensión de la verdadera riqueza marina del Perú.
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Los problemas de anemia y desnutrición que afectan a la niñez peruana no se explican por la orientación de la anchoveta hacia el CHI, como sugieren algunos discursos simplistas. El informe mencionado muestra que las causas son más profundas: carencia de infraestructura de frío que conecte costa, sierra y selva; programas sociales mal diseñados que no lograron incorporar anchoveta en la dieta popular; incentivos tributarios que favorecen la exportación frente al mercado interno; y una cultura alimentaria que históricamente ha subvalorado al pescado en general y la anchoveta en especial para el consumo humano. Las cifras demuestran que la malnutrición en el Perú es un fenómeno estructural y multisectorial, no un efecto directo de la industria pesquera.
El Decreto Legislativo 1084, que reguló la pesca industrial bajo el esquema de Límites Máximos de Captura por Embarcación, trajo eficiencia y sostenibilidad, pero es exclusivo para la pesca de anchoveta destinada al CHI. Paralelamente, la acuicultura –que representa cerca del 60% de la producción acuática mundial– en el Perú apenas alcanza el 1,8%. Este rezago no se debe a un solo factor, sino a que confluyen la falta de políticas públicas consistentes, la informalidad en el sector, la ausencia de inversión suficiente en infraestructura y tecnología, así como la débil articulación institucional de PRODUCE para conectar la acuicultura con la seguridad alimentaria nacional.
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A ello se suma la ausencia de un sistema robusto de incentivos para el consumo interno, mientras la exportación de harina y aceite de pescado cuenta con un marco legal y logístico consolidado, la distribución de anchoveta para programas sociales o mercados regionales no recibe el mismo respaldo. Ejemplos concretos lo ilustran: los intentos por incluir anchoveta en los desayunos escolares de Qali Warma no prosperaron por deficiencias en la cadena de frío y en la falta de aceptación cultural del producto; del mismo modo, las plantas de procesamiento para CHD instaladas en algunas regiones funcionan por debajo de su capacidad por falta de conectividad y demanda sostenida.
La paradoja se profundiza al considerar la infraestructura de procesamiento para producir anchoveta de calidad destinada al consumo humano directo, ya que se requieren bodegas refrigeradas como las que poseen las embarcaciones industriales, que sin embargo están prohibidas de entregar su captura a la industria de CHD. Mientras tanto, las embarcaciones autorizadas para pescar con destino al CHD carecen de sistemas de refrigeración adecuados, lo que obliga a que parte de esa pesca se desvíe a la producción de harina y aceite de pescado y en muchas ocasiones esta es destinada a la harina “negra”, limitando la disponibilidad de proteína marina fresca para la población.
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En este punto, los números son claros, el país exporta con éxito harina y aceite de pescado, pero invierte muy poco en convertir esa abundancia en proteínas accesibles para su propia población. El contraste no debe llevar a conclusiones simplistas. No se trata de un mar destinado a fines ajenos a la nutrición humana, sino de recursos como la anchoveta, la caballa, el jurel, la pota, el bonito o la merluza, que cumplen un papel estratégico en cadenas que terminan aportando proteínas y omega 3 a millones de personas en el Perú y en el mundo. El desafío está en que las normas y políticas internas permitan aprovechar esa diversidad también para la seguridad alimentaria nacional.
La tarea no consiste en repetir consignas o simplificar análisis, sino en construir soluciones basadas en cifras y diagnósticos serios. Ello exige: (i) invertir en infraestructura de frío y centros de acopio que articulen costa, sierra y selva; (ii) flexibilizar normas para que parte del CHI se destine al CHD; (iii) equiparar los incentivos tributarios de la exportación con los del mercado interno; (iv) promover hábitos de consumo que integren al pescado en la dieta diaria; y (v) desarrollar la acuicultura como columna de sostenibilidad y nutrición. El mar peruano no es un recurso desperdiciado ni una bendición desaprovechada: es una oportunidad inmensa que espera políticas públicas visionarias y coherentes. El verdadero desafío es orientar esa riqueza hacia la nutrición nacional, sin perder de vista su aporte global. Convertir la anchoveta y el resto de recursos marinos en aliados de la seguridad alimentaria exige coherencia normativa, inversión y visión de largo plazo. Solo así los 3.080 km de costa que tiene el Perú, se consolidarán como una verdadera garantía de bienestar y nutrición para los peruanos.
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