
Estas vacaciones caí en la cuenta de algo que había estado delante de mí durante décadas, pero no le había prestado suficiente atención. Tuve la oportunidad de pasar por varios pueblos chicos de La Pampa y provincia de Buenos Aires. No es que esto que les voy a contar solo pase en esos lugares. Es igual en todos lados. Pero encontrarlo en pequeñas poblaciones del corazón productivo del país da cuenta de la capilaridad del fenómeno, y también de su gravedad. Cuando yo era chico los dispositivos simbólicos visuales explícitos de los edificios escolares constaban de los siguientes elementos: símbolos patrios, próceres, acontecimientos históricos. En la década de 1970 empezaron a incluir símbolos provinciales. En todo caso, se trataba de dispositivos simbólicos unificantes, que reforzaban la identidad común. No se permitía ningún otro, al menos en los colegios públicos. En los confesionales se sumaba la iconografía religiosa, que tenía el mismo propósito.
En algún momento ese universo se amplió a través de los murales, que aprovechaban las grandes superficies de las instalaciones escolares como marco material de expresión. No sé si el muralismo escolar responde a disposiciones ministeriales, a iniciativas de las autoridades escolares o de los docentes. El caso es que se convirtió en un dispositivo simbólico complementario, con características especiales. Por lo que he podido ver, en la muralística escolar de las últimas décadas predomina una serie de temáticas muy definida, a saber: a) Feminismo/ género/ diversidad/ inclusión b) Pueblos originarios/ indigenismo/ conquista c) Desaparecidos/ crímenes de lesa humanidad/ represión ilegal Y en un escalón más abajo, por menos frecuente: d) Malvinas
¿Qué características comunes tienen estas temáticas? Todas son de orden victimista, refieren situaciones o pasados donde se cometieron injusticias que exigen ser reparadas o castigadas. Excepto Malvinas, que es un símbolo identitario/unitario, las otras son símbolos de diferenciación/articulación, es decir, apelan en su significación a la totalidad de la comunidad, pero se constituyen en identidad solo en aquellos que son o se autoperciben como parte de las víctimas. La mayoría, como podemos ver, combina victimismo y diferenciación.
La pregunta es ¿qué tipo de significado adquieren estos símbolos para chicos en edad escolar? ¿Tiene un verdadero efecto, son formativos, o forman parte inocua de la necrosis que afecta al sistema educativo? Ante todo, resulta necesario distinguir los perfil específico de víctima y del victimismo. Víctima es aquella persona o grupo de personas que sufre algún mal por dos motivos, principalmente: o porque el conjunto social al que pertenecen no puede protegerlos eficazmente ante un peligro, o bien porque ofrendan su vida, de forma voluntaria o no, en beneficio de la sociedad. En cualquier caso, el perfil de la víctima es una condición sagrada (es decir, «no se puede manipular»), cerrada en sí, intransmisible e incomunicable, vinculada a un sacrificio.
Victimismo, por su parte, es la generalización impropia de la condición de víctima, a veces al conjunto de la sociedad. La condición de víctima se traslada al plano de la autopercepción, a una subjetividad construida de forma deliberada. Exista o no victimización real. Lo que parece claro es que dichos murales responden a una concepción general de la educación que se funda en el victimismo y la diferencia como valores orientadores. No refuerzan los antiguos símbolos unitarios/identitarios, sino que se contraponen a ellos. ¿Se establecerá entonces una relación de complementariedad, o más bien resultará una contradicción/invalidación? Si esos valores orientadores alternativos se combinan con dos fenómenos particularmente relevantes en la educación actual se obtiene la respuesta.
En primer lugar, el bullying y el acoso en sus diversas formas. Por más que se desplieguen estrategias activas de prevención, detección, denuncia, acompañamiento y concientización, si lo que el sistema promueve es una conciencia victimista, toda medida contraria será vana. Si no se fortalece psicológicamente a los chicos ante posibles desafíos derivados del acoso y el bullying, el fenómeno tenderá a perpetuarse. Lo mismo si adquieren conciencia indiscriminada de que pertenecen a algún colectivo maltratado. En segundo lugar, la crisis de las instancias educativas de evaluación y promoción. En un contexto victimista y de diferenciación, todo el que no consigue aprobar o cumplir los objetivos académicos tiene a su disposición un repertorio de creencias y supuestos para acogerse. “Es culpa del sistema/el sistema no reconoce mis particularidades”. El fracaso escolar tiene su coartada.
Cabe destacar que esta no es una mentalidad espontánea, sino que ha sido inoculada deliberadamente desde el propio sistema educativo, por sus autoridades y docentes. Podemos especular sobre los efectos a largo plazo en términos sociales, culturales, psicológicos. ¿Alcanzan los tradicionales símbolos de unidad/identidad para acoger e integrar a las víctimas reales o imaginarias, o lo que hacen es mostrar su fracaso? ¿Qué sucede con aquellos que no se ven representados ni reflejados en ninguno de los amplios espectros disponibles del victimismo? ¿Cómo se cimentará la imprescindible autoestima individual y grupal a partir de una conciencia que se funda en la espera de una reparación, siempre incompleta, siempre insatisfactoria? ¿Qué otro efecto tendría si no es la introspección lacerante, la mirada deliberadamente puesta en el pasado, en el agravio o la violencia fundante?
Una población psicológicamente débil y dependiente, hipersensible a cualquier desafío vital, derrotada, encerrada en identidades fragmentarias acosadas es la antítesis de la cohesión social, de la grandeza. ¿Qué habría que hacer con todo esto? Como primera medida, volver al dispositivo unitario/identitario y prescindir de toda simbólica de características opuestas. En todo caso habría que reforzarlo. Para empezar a ser no está mal empezar por el parecer.
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