
El ocio suele asociarse a la diversión, a lo no obligatorio, al descanso y al bienestar. Sin embargo, si acudimos al diccionario, la palabra ocio arrastra una herencia incómoda, refiere a lo inútil, a la falta de provecho, incluso al vicio de no trabajar. No sorprende entonces que, todavía hoy, muchos adultos sientan que un día sin hacer nada es un día perdido, como si el tiempo solo tuviera valor cuando se produce.
Esta concepción atraviesa generaciones. Sin embargo, el tiempo de vacaciones puede resignificarse cuando se lo piensa como oportunidad de encuentro, de juego, de escucha atenta al otro y no como tiempo vacío, sino como tiempo humano.
Pero, no siempre existieron las vacaciones...
Un breve recorrido histórico permite comprender que el descanso nunca fue neutral, siempre estuvo ligado al poder, a la clase social y a las condiciones materiales de vida.
Si nos remontamos a la edad antigua, en el siglo II de la era cristiana, el emperador Adriano mandó construir carreteras que posibilitaron a patricios y funcionarios romanos abandonar la ciudad durante el verano para refugiarse en villas de la Galia o en regiones del Danubio. Familias enteras viajaban en carruajes, inaugurando una forma temprana de desplazamiento estacional. Sin embargo, con la caída del Imperio Romano, esa infraestructura se perdió y viajar volvió a ser riesgoso.
Durante la Edad Media, aunque se introdujeron mejoras técnicas en los carruajes, los caminos eran inseguros y el viaje implicaba peligros constantes. El descanso fuera del lugar de origen quedó restringido a unos pocos.
Hasta bien entrado el siglo XVIII, las vacaciones fueron un privilegio aristocrático. En Francia, por ejemplo, los nobles veraneaban entre bailes, cacerías y banquetes, desplazándose en ostentosas caravanas hacia regiones rurales, mientras el resto de la población permanecía atada al trabajo y a la subsistencia.
Recién con la modernidad industrial, el ferrocarril y la aparición de las primeras guías de viaje, el turismo comenzó a organizarse como práctica social. Pero, aun así, el descanso seguía siendo un lujo. La gran inflexión llegó en el siglo XX, cuando las vacaciones pagas comenzaron a reconocerse como un derecho laboral en distintos países occidentales y, tras la Segunda Guerra Mundial, quedaron consagradas incluso en la Declaración Universal de los Derechos Humanos.
En la Argentina, este proceso adquirió una particular densidad histórica. Como plantea la historiadora Elisa Pastoriza, el primer peronismo convirtió al descanso en una conquista simbólica y material de la clase trabajadora. Las vacaciones dejaron de ser un privilegio heredado para transformarse en una experiencia posible para amplios sectores sociales. Mar del Plata, fundada como balneario exclusivo a fines del 1800, pasó a ser presentada como “la ciudad donde se encuentran los argentinos”. El turismo social no solo amplió el acceso al viaje, sino que produjo nuevas subjetividades, nuevos rituales y nuevas memorias colectivas. Colonias de vacaciones, hoteles sindicales, complejos como Chapadmalal o Embalse no fueron solo políticas recreativas. Según la autora, funcionaron como pedagogía social: enseñaron que el descanso también era parte de la dignidad, que conocer el propio país fortalecía la identidad y que el tiempo libre no era una amenaza moral, sino una dimensión esencial de la vida democrática.
Las investigaciones históricas dan cuenta que el turismo social no solo amplió derechos materiales, sino que produjo subjetividad y permitió a sectores populares experimentar otros modos de estar en el mundo, reforzar lazos comunitarios y construir memorias compartidas. El descanso no era evasión, sino integración social.
Con el paso de las décadas, esta concepción fue mutando. En los años ochenta, el turismo comenzó a inscribirse crecientemente en una lógica de consumo; el hotel sindical fue desplazado por la moda del viaje a Miami y el recuerdo artesanal de caracoles por el perfume del free shop. Las vacaciones dejaron de pensarse como derecho colectivo y pasaron a medirse por el destino, la inversión económica y la exhibición.
Hoy, en una sociedad acelerada y exhausta, la paradoja es evidente, mientras el descanso se presenta como mandato: “hay que disfrutar”, “hay que desconectar”, cada vez menos personas pueden hacerlo de manera real. La precarización laboral, la hiperconectividad y la colonización del tiempo libre convierten las vacaciones en una experiencia fragmentada, muchas veces culposa. Hoy, en la sociedad del cansancio, como advierte Byung-Chul Han, incluso el tiempo libre se vuelve productivo, medible y exhibible. Las vacaciones ya no siempre descansan: se planifican, se documentan, se optimizan. Y, paradójicamente, mientras el mandato del bienestar se universaliza, el acceso real al descanso se vuelve cada vez más desigual y para muchas familias las vacaciones se reducen a una promesa lejana o a una experiencia fragmentada.
La historia de las vacaciones nos recuerda algo esencial: descansar nunca fue solo una cuestión individual y plantearlas como derecho implica reconocer que no todos descansan igual, ni en las mismas condiciones, ni con la misma legitimidad social.
Tal vez sea tiempo de recuperar una idea potente: las vacaciones nunca fueron un simple descanso, siempre hablaron algo sobre quiénes podían detenerse y quiénes no.
Y quizás la pregunta más incómoda no sea cuándo nos vamos de vacaciones, sino quién puede descansar, cómo y en qué condiciones y, sobre todo, qué tipo de sociedad construimos cuando descansar vuelve a ser un privilegio.
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