Chile se prepara para votar otra vez. Y esta vez, lo hará sin fe. El 16 de noviembre, más de 15 millones de ciudadanos estarán habilitados para elegir presidente: un tercio más que en 2021. El regreso del voto obligatorio no solo ampliará la participación, también alterará su naturaleza. Volverán millones de votantes que no se sienten parte de ningún proyecto político. No votarán movidos por ilusión, la identidad partidaria o la afinidad ideológica, lo harán en gran medida obligados y atravesados por el hartazgo hacia una clase política que no logra satisfacer sus demandas.
Del estallido a la resignación
En apenas cinco años, Chile pasó de la movilización social masiva a la indiferencia electoral. El mismo país que desbordó las calles en 2019 y creía estar pariendo una nueva Constitución, terminó rechazándola dos veces: la de 2022 y la de 2023. Lo que pareció en sus comienzos una revolución ciudadana terminó siendo un mero trámite burocrático frustrado.
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La derrota de Gabriel Boric en el primer plebiscito lo dejó herido antes de empezar a gobernar; la del segundo lo volvió tan débil como previsible. Sus objetivos viraron, la búsqueda ya no era transformar la realidad sino sostenerse en el poder. Su aprobación ronda hoy el 30%. La inflación volvió a niveles previos a la pandemia, pero la confianza está incluso más baja que en plena crisis sanitaria. La promesa de enterrar el neoliberalismo terminó en los hechos siendo solo su confirmación.
La oferta del desencanto
El oficialismo llega con Jeannette Jara, ex ministra del Trabajo, comunista pragmática y figura que intenta rearmar el progresismo chileno bajo un tono socialdemócrata. Promete aumentar salarios, ampliar el acceso a la salud y sostener la protección del ingreso. Quisiera parecerse a Bachelet, pero carga con el desgaste de Boric. Su desafío no es convencer al votante de derecha, sino reencontrarse con el progresista desencantado.
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En el otro extremo, José Antonio Kast, del Partido Republicano, encarna la derecha del orden: autoridad, seguridad y control migratorio. En 2021 perdió el balotaje frente a Boric, hoy lidera las encuestas con una versión más moderada de sí mismo, aunque su eje sigue siendo el mismo: un Estado más chico y una sociedad más obediente.
Entre ambos, Evelyn Matthei, ex alcaldesa de Providencia —el municipio más próspero y conservador del Gran Santiago— busca un equilibrio imposible. Representa a la derecha tradicional, más institucional que ideológica, pero su mensaje se diluye entre la autoridad de Kast y la estabilidad que promete Jara.
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En los márgenes aparecen otros actores que encarnan, cada uno a su modo, la desafección. Johannes Kaiser, libertario nacionalista, intenta replicar en Chile el fenómeno Milei: un outsider de derecha que habla de soberanía, armas y una patria libre de progresismo. Franco Parisi, por su parte, es el eterno outsider digital. Economista, populista y tecnócrata, representa al votante que descree de todo pero sigue conectado. El que no confía en los políticos, pero tampoco en los economistas.Y en un segundo plano, movimientos regionales y grupos ecologistas intentan colar sus causas en un clima polarizado y dominado por la desconfianza.
Chile, laboratorio del descontento
Las encuestas coinciden: habrá segunda vuelta, pero ninguna sabe con certeza quién la disputará. En 2021 votó solo el 43% del padrón. Si este año la participación se acerca al 85% del plebiscito de 2023, más de seis millones de nuevos votantes entrarán al sistema. Son los menos ideológicos, los más imprevisibles. Los que más que elegir, castigarán.
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En nuestros monitoreos de conversación digital —más de 13 millones de menciones analizadas entre agosto y octubre— observamos un cambio profundo en el tono público, la palabra más asociada a la política chilena ya no es “cambio”, sino “seguridad”. La emoción dominante no es la esperanza ni el miedo sino el cansancio.
Los datos coinciden con las encuestas del Centro de Estudios Públicos (CEP): el 62% califica la situación política como mala o muy mala, y más del 50% menciona la delincuencia como su principal preocupación, seguida por inmigración y narcotráfico. Chile sigue siendo uno de los países más seguros de la región, pero dejó de sentirse así. En política, el calor de la percepción siempre vale más que la frialdad de los datos.
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El modelo agotado
Durante tres décadas, Chile fue el alumno ejemplar del modelo neoliberal latinoamericano: privatización de los derechos sociales, disciplina fiscal, apertura comercial y estabilidad macroeconómica. Ese esquema generó orgullo y resentimiento a la vez. La promesa de movilidad a través del mérito se quebró. Lo que queda hoy es una sociedad fatigada, consciente de su orden, pero frustrada con su destino.
El mismo país que fue modelo de éxito ahora parece haberse vuelto espejo del desencanto.Y en ese espejo se refleja gran parte de la región. América Latina ya no vota por ideología ni por interés: vota por descontento. Gobiernos de izquierda y de derecha se suceden sin alterar la sensación de fondo: que el poder sirve para administrar la frustración, no ya para resolverla.
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Votar sin creer
El 16 de noviembre, Chile volverá a votar. Pero lo hará distinto: sin épica, sin euforia, sin confianza. En esta elección, el voto no es un acto de esperanza, sino de prevención. Según nuestras proyecciones de clima ciudadano, más del 70% de las menciones asociadas al voto hablan de “estabilidad” u “orden”. No se vota para cambiar, sino para que nada empeore demasiado.
Chile votará sin creer del todo. No por indiferencia, sino por una especie de madurez forzada. Como quien sigue pagando una deuda que sabe impagable, pero entiende que dejar de hacerlo sería infinitamente peor. Quizás ahí —en esa mezcla de desconfianza y persistencia— esté el nuevo contrato político latinoamericano: el desencanto como forma de gobierno.
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