
En un mundo que cambia aceleradamente, con avances tecnológicos, desafíos y desigualdades persistentes, con nuevas competencias laborales, las empresas tienen una responsabilidad clave para construir, junto al Estado y la comunidad, una educación que lleve a transformaciones profundas. En ese marco, tienen un rol clave, pueden aportar recursos, innovación y compromiso para que los chicos aprendan mejor y los docentes puedan actualizarse.
¿Qué podrían hacer las compañías? Financiar capacitaciones en nuevas estrategias metodológicas para el aula, donar tecnología con capacitación para su uso, acompañar proyectos novedosos en escuelas y ofrecer asesoramiento profesional, entre otras acciones. Es una inversión en capital humano, ciudadanía y futuro.
En ese sentido, el programa “Leer Más, Compromiso Compartido” de la empresa Gerdau es un ejemplo concreto. Con voluntarios que leen en las aulas, con entrega de libros seleccionados por maestros y talleres de formación, logró sostener a lo largo de diez años una iniciativa que fomenta el hábito lector y fortalece la tarea docente. La clave fue continuidad, impacto y trabajo en red con la comunidad. Algunos de sus acciones más destacadas fueron la capacitación continua que llevamos a cabo junto a la Lic. en Letras Rocío Bressia, a más de cien docentes de escuelas primarias, de las localidades de Pérez, Soldini, Zavalla, entre otras, quienes participaron de encuentros de formación sobre lectura, escritura y literatura infantil que buscó fortalecer capacidades a lo largo del tiempo para mejorar la calidad y diversidad de las prácticas pedagógicas en aulas de 4° a 7° grado. La producción de los alumnos, una antología de más de 60 cuentos escritos por los niños en la escuela, se concretó en un libro impreso los cuales fueron donados a bibliotecas escolares.
Fuimos más allá de la edición de un texto y más profundo que una capacitación sobre la escritura de cuentos por parte de los más chicos, trabajamos con muchas idas y vueltas con los docentes para que la formación sea situada, contextualizada y acorde con las necesidades de las escuelas.
El haber sostenido el programa a lo largo de los años le dio legitimidad, permitió ajustes pedagógicos en diálogo con los maestros y maestras y fortaleció la confianza entre las escuelas y la comunidad.
Basándome en este tipo de experiencias, propongo algunas ideas de cómo las empresas pueden aportar aún más al sistema educativo. Diseñar proyectos con un tiempo mínimo de 3 a 5 años que permitan medir impacto, ajustar estrategias y consolidar resultados. A su vez, acompañar siempre con capacitaciones docentes con materiales para que las buenas prácticas no se queden en la teoría, sino que se integren la cotidianeidad del aula.
También se pueden lograr alianzas multisectoriales, vinculando con universidades, organismos gubernamentales, ONG, fundaciones y comunidades locales para sumar capacidades, legitimar acciones y ampliar escalas.
Otro aporte empresarial fundamental en estos tiempos en los que la escuela media no alcanza para formar futuros trabajadores, es conectar a profesionales de la empresa con estudiantes secundarios, acercándolos al mundo del trabajo y al desarrollo de habilidades blandas o específicas. Igualmente, se pueden proponer alianzas para la primera experiencia laboral: prácticas preprofesionales en condiciones dignas, que permitan a los jóvenes aplicar lo aprendido y descubrir vocaciones.
El futuro del trabajo ya está entre nosotros; la inteligencia artificial, los empleos verdes y las industrias creativas. La pregunta es si estamos preparando a niños y jóvenes para esos escenarios. Y allí el sector empresarial tiene una oportunidad histórica: dejar de ser un espectador y convertirse en protagonista de una revolución educativa que el Estado solo no puede sostener.
Cuando la empresa invierte en educación, no solo mejora su productividad, sino que también amplía las posibilidades de inclusión, reduce las desigualdades y fortalece la democracia. Porque educar es, en definitiva, el mejor negocio colectivo que podemos hacer como país que enfrenta brechas profundas. Por ende, esta alianza entre empresa, escuela y comunidad es estratégica: educar no es solo preparar para un trabajo, sino para una vida digna, para la participación activa y para el desarrollo de una sociedad más justa.
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