
Es tan utópico proponer una sociedad sin autoridad de gobierno como pensar en un sistema en el que no exista intercambio de bienes poseídos en propiedad. Ambas realidades actúan en conjunto, dando vida al “mercado” –la multiplicación de las conmutaciones-, y este, por la tendencia natural a la acumulación individual, es la base del capitalismo.
Sobre este último, recordemos una famosa frase de Churchill: “La democracia es el peor sistema de gobierno, excepto todos los demás”. Podemos también aplicarla al capitalismo, como el peor sistema económico, excepto todos los demás.
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Claro que, tanto la democracia como el capitalismo –que parecen formar una muy buena pareja, excepto, todavía, en China- pueden ser perfeccionados, mejorando su capacidad de servicio al ser humano concreto y “de a pie”.
Esta calidad servicial es la razón de ser de todo sistema político y económico, calidad que genera, como resultado propio específico, en la terminología actual, la inclusión, es decir, la participación de todos los miembros de la comunidad políticamente organizada en los beneficios del Bien Común, según la igualdad proporcional, distributiva, enriquecida por la solidaridad.
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Las tres especies de la virtud de la justicia, según la doctrina clásica –general y particular, y esta última, conmutativa y distributiva- generan la justicia social, y se subliman en ella cuando son enriquecidas con la solidaridad y la misericordia sociales. Es decir, la colaboración y apoyo mutuo entre las partes del todo comunitario y su perfección: el compartir los sufrimientos ajenos como si fueran propios, de manera que el sufrimiento (las exclusiones) de una categoría social sea sentida como sufrimiento de todas las restantes categorías.
Si bien los sistemas sociales, estrictamente, no tienen rostro, ni mucho menos alma, la antropomorfista aplicación a aquellos de tales caracteres ayudan a expresar estas ideas.
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Obviamente, la expresión –capitalismo de rostro humano- la robé del checoslovaco Dubcec: “Socialismo de rostro humano”, que fue el lema de la “Primavera de Praga” (1968) y del fracasado reformismo socialista de fines de los 60’.
Se afirma que “el rostro es el espejo del alma”, así como lo era, en el lienzo, la depravación evolutiva e incremental del rostro de Dorian Grey, según la magistral obra de Oscar Wilde.
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El socialismo no pudo cambiar de rostro, seguramente porque su alma era ya irrecuperable, o bien porque sus dirigentes no tenían muchas ganas de cambiar nada. No debería suceder lo mismo con el capitalismo, al que podríamos, para favorecer su rostro, aplicar los “no de Francisco”:
- No a una economía de exclusión.
- No a la nueva idolatría del dinero.
- No a un dinero que gobierna en lugar de servir.
- No a la inequidad que genera violencia.
- No a la destrucción de la casa común.
- No a la cultura del conflicto.
Francisco se nos ha ido ya a la Casa del Padre, pero no sin dejarnos, además de su profunda huella pastoral, sus enseñanzas, incluso pensadas de cara a un nuevo sistema cuyo desarrollo y efectos son todavía difíciles de prever. ¿Cómo será el capitalismo en la era de la inteligencia artificial? ¿Cómo será la humanidad en la era de la inteligencia artificial? ¿Cuánto bien puede esta realizar en una economía de inclusión? Y, por el contrario, ¿cuánto mal en una economía que transforma aquellos “no” en perversas afirmaciones?
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En cambio, los “sí” de Francisco son los “sí” del Evangelio, los “sí” de las Bienaventuranzas como estructura sustancial de cualquier sistema, los “sí” productivos y distributivos –producción para la distribución- que también nos enseñan el milagro de la multiplicación de los panes y los peces, ejemplo de producción no para la acumulación dominante y excluyente, sino dirigida a la distribución para el servicio, para el bien de los demás: una producción solidaria.
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