Los inversores extranjeros verán los mismos problemas que advierten los empresarios argentinos
—Che, cuándo te sobra guita, ¿vos qué hacés? ¿La dejás en la empresa o la sacás?
—¡La saco. ¡Mi empresa no vale nada!
—Bueno, está bien, vos, ¿y tus amigos qué hacen?
—Todos la sacan: la ponen en ladrillos o en dólares.
—¿En serio? ¿No les molesta no crecer?
—Mirá, si la dejo, tampoco crece, no hay demanda, eh. Si igual en el banco no me van a prestar un mango.
—¿Por qué no? Si le va bien a la empresa…
—Sí, no es eso: es otro tema. Además, ponele que la dejo y me va mal: no tengo nada para dejarles a mis hijos. Si la dejo y me va mal, los empleados cobran antes que el banco: por eso el banco no me presta o solo lo hace con garantía personal mía. Ahora, ¿sabés qué es lo raro?
—¿Qué?
—Si a la empresa le va bien, tampoco se la puedo dejar a mis hijos… porque no les interesa, porque debo de indemnizaciones más de lo que tengo de mercadería. Y me dicen que es mucho quilombo para ganar dos mangos y que la empresa no valga nada.
—Entonces la sacás.
—Y sí, la saco.
Es una conversación que podría haber tenido cualquier empresario argentino. La salida de capitales no es un fenómeno particular, localizado: hay incentivos sistémicos hacia la descapitalización. Tampoco tiene que ver con el éxito de la empresa: está instalada la imagen de que el empresario retira dinero a escondidas, porque tomó malas decisiones, pero nada puede ser menos cierto. No es a escondidas.
En la Argentina, en el mundo empresario, la salida de capitales está directamente relacionada con el pasivo laboral: un rojo que se acumula en las compañías, asociado con el hipotético costo de despido de su personal (aunque no tengan previsto llevarlo a cabo).
Esa es la figura que lleva a que las empresas no suban de valor y que los bancos se nieguen a darles crédito. Por todo ello, los accionistas tienden a retirar capital en forma de dividendos formales o informales. Es que, con el balance de la compañía imposibilitado de sobreponerse al pasivo laboral (que no solo crece mes a mes sino que se actualiza cada vez que los salarios se ajustan por inflación), la única manera de que la empresa dé valor es esa, sacándole la plata líquida.
Ahora, con el debate por el Régimen de Incentivo a la Grandes Inversiones (RIGI), se han instalado dos narrativas. Por un lado, la oficial, que sostiene que inevitablemente habrá un fuerte aluvión de capitales. La opositora, en cambio, denuncia el peligro de la fuga de divisas, pero, en rigor, está mirando la causa equivocada. El principal incentivo a la salida de capitales no está en la letra chica del RIGI sino en el marco laboral: ¡si los empresarios argentinos también sacan dinero de sus compañías! ¿Acaso creemos que los inversores extranjeros no van a identificar las mismas debilidades en nuestro sistema? Y aunque la dejen, ¿cuánto debe entrar y cuánto empleo deben generar para contrarrestar la cantidad de dinero que saldrá y los empleos que se perderán?
Los ciudadanos también detectan la fragilidad del marco laboral: como no hay seguridad de que vayan a poder efectivamente cobrar su indemnización, sumado a un sistema previsional absolutamente quebrado que paga jubilaciones insuficientes, se apoyan en sus ahorros propios —en dólares, que financian al gobierno estadounidense en vez del argentino.
Si queremos que el RIGI sea realmente para nuestra economía la inyección de valor que los más optimistas imaginan, debemos sanear nuestro marco indemnizatorio para que las empresas vuelvan a ser capaces de generar valor. De esa manera, los inversores verán en la Argentina una oportunidad para acumular riqueza en vez de una operatoria exclusivamente enfocada en la extracción de recursos naturales. Y nuestros recursos naturales no renovables deben usarse para potenciar a nuestras generaciones futuras, creando trabajo y bajando el costo de producción local, como hacen los noruegos y los países árabes —no para generar consumo superfluo y fugaz.
La solución de largo plazo —pero de implementación inmediata— que vengo proponiendo es la Mochila Argentina, un seguro de garantía de indemnización (SGI) que traerá claros beneficios para las empresas y los trabajadores a la vez. Éstos no tendrán que ir a juicio para cobrar sus resarcimientos y podrán llevar su antigüedad acumulada de empresa en empresa, como en una mochila. Incluso, podrán cobrar su indemnización si decidieran renunciar a su trabajo por motu proprio.
Por otro lado, los empresarios ganarán en previsibilidad, aportando mensualmente hacia el SGI con una cuota baja calculada sobre la masa salarial. Con ello, quedarán protegidos de juicios laborales que, malintencionados o no, aún llevan a muchas pymes a cerrar sus puertas.
Pero sobre todo, hará posible que el balance de las compañías locales sea favorable, lo cual las hará pasibles de recibir crédito para poder invertir en el país y crecer. En tanto eso no ocurra, no esperemos que los capitales extranjeros hagan lo que no hacen sus pares argentinos.
El autor es empresario y escribió los libros del autor, Mochila Argentina y Revolución Impositiva, pueden descargarse en forma gratuita desde mochilaargentina.com
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