
En la zona pública nos encontramos todos, en la zona pública quien tiene está obligado a ver a quienes no tienen, quien vivió con un puñado de palabras y definió el mundo a través de ellas se enfrenta a las nunca dichas, quien no sabía algo de sí es irrumpido, quien fue prevenido de casi todo es atropellado por lo indisponible. En gran medida, allí radica el temor y la aversión a lo público, en la posibilidad de que esa interacción abra un espacio, un intersticio, hacia algo diferente. Sobre todo cuando lo diferente tiene la potencia de movilizar ciertos sentidos y, a partir de eso, hacer evidente lo oculto, los privilegios ocultos, las injusticias ocultas, los sometimientos ocultos. Y a sus mentores, y a sus ejecutores, y a sus consentidores.
Por eso, la tendencia a la retracción es una constante. El barrio, privado, para escapar de la calle, de la vereda como franja de cruce, de la inevitable confluencia con lo que no quiere mirarse. La escuela, privada, para evitar a los otros y para evitar la contingencia de que otra cosa sea dicha, otra cosa que ponga un signo de pregunta sobre las certezas que silencian. La salud, privada, para huir del padecimiento de los otros, de la espera con otros, y de que uno de esos otros sea quien te salve la vida. El ocio, privado, para no admitir la felicidad de los otros, para no soportar que los otros, aun siendo otros, sonrían.
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La universidad cabe en esta lógica, pero también la rompe. Los retraídos a lo privado, reniegan de las universidades públicas, pues desean que su valor no integre el mundo compartido. Se rinden y suelen estar allí, habitando el terreno del que habían logrado escapar hasta entonces, admitiéndolo y renegando de cada uno de sus signos. Están allí creyendo que el valor de ese sitio se ubica en otro lado y no en todo lo que lo hace público. No en los docentes y sus luchas, no en las gestiones y sus tensiones políticas, no en los estudiantes y sus militancias, no en las investigaciones y sus atrevimientos, no en la deliberación y su incomodidad.
Entonces se asume la fantasía de que la universidad pública sería mejor sin todo eso que se le imputa, sin paros, sin política, sin militancia, sin atrevimientos, sin deliberación. En rigor, si eso ocurriese, no se trataría de una universidad pública o, al menos, no de la universidad pública argentina. La pretensión de un conocimiento desprovisto de ideología sólo entra en la cabeza de quien ignora que nunca se piensa en soledad, ni en aislamiento, ni en neutralidad. Mas que una ignorancia es un intento de resguardar las ideologías que están detrás del saber que se precia de ser neutral.
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Lo público de la universidad está en el riesgo de que sucedan cosas. El riesgo de sentar al lado, sí al lado, a personas que no tienen nada que ver y la universidad las hace tener todo para ver, para verse. El riesgo de que el que gana siempre, pierda y pierda en manos del que no tenía nada para ganar, del condenado a perder. El riesgo de que la misma cosa sea dos cosas opuestas con un aula de distancia. El riesgo de tener que escuchar lo que no quiero escuchar, no hasta convencerme sino hasta entenderlo y admitirlo como una opción. El riesgo de la interrupción, del hiato en la continuidad, de un desvío. El riesgo de que los orígenes se suspendan por momentos, aunque estén allí con su determinación.
Lo público de la universidad también está en su gratuidad frente a la insistencia de las propuestas del “soft arancelamiento”. La idea que sugiere “quien pueda, que pague” detona, precisamente, la dimensión pública de la universidad porque habilita una nueva separación, nada inocente, la separación entre quienes pueden y quienes no. Sobre todo porque el hecho de pedir la exención de pago, es un hecho político, absolutamente constitutivo. Además, sea cual fuera la forma que quiera dársele, inaugura una transacción entre quienes dan dinero y quienes dan educación.
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Lo público de la universidad no tiene que ver con el mérito, la calidad ni la eficiencia –todas categorías del mercado que se cuelan-. Lo público evita dejar a muchos librados a su propia suerte que, en general, es la mala suerte. Lo público es una desobediencia a la “naturaleza”, al orden “natural” de las cosas, que no tiene nada de natural sino que es profundamente político porque siempre supone opciones para algunos y condenas para otros.
Lo público de la universidad también merece ser, cada vez, más público. Porque hace a lo público intentar que seamos más los que quepamos, porque hace a lo público romper con ciertas cadenas infinitas de privilegios y vínculos de poder que benefician siempre a los mismos, porque hace a lo público defender lo público con razones. Con buenas razones.
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La universidad pública para porque tiene qué parar, algo para detener, y algo para reiniciar. Si lo que se parara estuviese disponible en cualquier otro sitio, el paro sería imperceptible e inútil. Si lo que se parara fuese ofrecido por el mercado, por los medios de comunicación, por las empresas, no habría detención alguna. Lo que se para, cuando para la universidad pública, es lo que nadie más puede hacer, se para una posibilidad. Por eso tiene sentido, por eso hace sentido.
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