Hay cosas que pasan que no tendrían que haber pasado. Situaciones totalmente inesperadas, fuera del momento y del lugar. Momentos en los que, mientras la vida parecía llevarnos por un camino, de pronto todo el viaje cambia de dirección, sin previo aviso.
En un instante nos vemos sacudidos por las dudas, el enojo, la incredulidad y la desilusión. En el camino podemos perder tantas cosas. Entonces deviene la angustia, la sensación de derrota, o el sentimiento de traición. Hasta que sin respuestas todo se hace pregunta: ¿Por qué? ¿Por qué a mi? ¿Por qué así, por qué justo ahora? Si todo estaba tan bien. Si no tenía que pasar.
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No tenía que pasar. No tenía por qué suceder. No tenía ningún sentido. Esta semana se viralizó un texto de la Torá del Libro del Éxodo. El relato no sólo es fascinante, sino que a primera vista parece ridículo. Porque no tenía por qué pasar. Menos aún a quién le pasa.
Moisés baja del Monte Sinaí con las Tablas de la Ley y encuentra al pueblo adorando un becerro de oro. Enfurecido, arroja las Tablas entregadas por Dios y las quiebra en pedazos. El pacto está roto, el sueño ha terminado. Lo imposible de romper por lo inefable, por lo sagrado, está en el suelo quebrado.
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El relato no tiene sentido de ser escrito. Si el libro lo escribe el mismo Moisés, ¿para qué dejar sentado su mayor fracaso? Más aún, si después en el siguiente capítulo finalmente obtiene nuevas Tablas, ¿para qué recordar que alguna vez tuvo piedras quebradas en sus manos?
Moisés es el hombre que lo había logrado todo. Hasta esta historia, todo le sale bien. Se casa con una mujer que ama. Derrota y opaca al Faraón de Egipto, el hombre más poderoso del momento. Triunfa sobre el imperio más grande de la época. Abre para su gente milagrosamente las aguas del mar Rojo para comenzar el camino a la libertad. Toda esa gente había sido testigo también de lo imposible. Veían cómo Moisés hacía llover comida del cielo y brotar agua de las piedras. ¿Qué podía salirle mal a este hombre?
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El momento de la entrega de la Torá era el cierre perfecto de la historia. Sin embargo, sucede lo que no podía suceder. Se quiebra lo idílico. Se rompe la ilusión de que nada nos puede pasar jamás. A ese hombre que charlaba con Dios le sucedió. Hasta el mismo Dios en ese momento quedó callado, sin comprender.
La historia nos toca el corazón al recordar nuestros propios fracasos. Las veces que quedamos mudos, llenos de preguntas. Caídas que no merecíamos, angustias que no esperábamos. Cuando vivimos una crisis generamos herramientas diversas para atravesar esas derrotas del espíritu, y las grabamos sobre piedra en el alma. Nos hacemos entonces ese tipo de personas, y sólo podemos leer el mundo a partir de allí, exclusivamente con esos lentes. Es entonces cuando lo que haya sucedido, lo traumático que hayamos vivido, nos condiciona. Nos hace responder a cada situación con la mente en el ayer. Nos impone una prisión emocional y actitudinal que atraviesa cada una de nuestras futuras respuestas.
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Los sabios se preguntaron qué sucedió con los fragmentos de aquellas viejas tablas quebradas. Y nos enseñan que en el Arca Sagrada que transportaba las nuevas Tablas, también estaban guardados las piedras rotas de las primeras. En el viaje debemos llevarlo todo. Lo roto, y lo nuevo.
Hay quienes creen que las situaciones difíciles deben quedar atrás. Que sabio es aquél que sabe dar vuelta la página y avanzar. Que olvidar los fracasos y las pérdidas puede ser la llave que abra la tranquilidad de espíritu del presente. Pero nuestra memoria no funciona de esa manera. Debemos reconocer que lo que haya sido que pasó, siempre estará allí. La sabiduría radica en aprender a llevar los trozos quebrados en el viaje para no olvidar lo que logramos atravesar y en quienes nos transformamos. No se trata de vivir del pasado sino con ese pasado. Las tablas rotas viajan con nosotros, pero debemos aprender a leer la ruta del viaje que está escrito desde las nuevas Tablas.
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Es en lo quebrado donde se hace un lugar para que surja nueva luz. A veces nos quedamos aferrados a las viejas formas en que supimos atravesar lo que nos partió. A aquellas herramientas que nos ayudaron a sobrevivir. Todas ellas son parte del Arca y del viaje. Es difícil renunciar a ese esquema de pensamiento, a esa estructura mental que nos hizo seguir. Sin embargo, un nuevo viaje nos necesita renovados. Debemos poder agradecer a esas herramientas y honrarlas dándoles un lugar sagrado en nuestro Arca interior, el de la memoria sana. Y a la vez, comprender que no podemos seguir leyendo la vida desde las Tablas rotas. Crecer consiste en empezar a leer y vivir el texto fresco, lleno de inspiración, que nos espera en las nuevas Tablas.
Amigos queridos amigos todos.
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Los maestros jasídicos nos enseñaron que no hay escalera más alta que la que está inclinada, porque sólo así es posible subir. Y que no hay un corazón más completo que aquél que está quebrado.
Somos nosotros quienes decidimos cuánto poder le daremos a lo que haya quebrado nuestro corazón. Somos nosotros quienes podemos volver a subir, usando esa escalera inclinada.
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Cada porción de cielo tiene una llave para ser abierta. Pero hay una llave que los abre todos. Esa llave maestra es la de nuestra vulnerabilidad. Es desde la humildad de sabernos quebrados, desde esa vulnerabilidad, que podemos generar un lugar en nuestro alma. Es desde allí que podremos atravesar todos los cielos hasta conectarnos con el infinito.
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