
En nuestra juventud la moda arrastraba hacia los dogmas del marxismo, imaginábamos pronosticar el futuro universal, miles de intelectuales que generaban infinitas teorizaciones, las ideas diseñaban los mundos de iguales. Hoy se imponen los mitos liberales, como si el egoísmo se asumiera el único motor de la historia. Y los anarquistas de pañolenci, los de antes eran de verdad, ahora surgieron deslucidas réplicas de salón.
La política, ese saber que va forjando el futuro de los pueblos, guarda demasiada sabiduría para terminar limitada a los dogmas coyunturales de los ateos ambiciosos que imaginan recetas mágicas para sustituir al supremo arte de conducir la sociedad. No me considero un moralista, pero nunca perdí la conciencia de los límites, o al menos eso es lo que creo.
El oficialismo insiste en deformar el pasado instalando a los desaparecidos en el lugar del daño central de la tragedia, no llegan a asumir que el enemigo asesinó para empobrecer, y esas calles ocupadas por los caídos son el dolor real que no supimos, quisimos o nos ocupamos de restañar.
La guerrilla decidió la violencia, fue tan digna como impotente y respetable en dictadura, para terminar siendo atroz traición a la patria en democracia. Intentar olvidar esa diferencia tiene demasiado de perversión. El golpe era contra la patria, enfrentaba al país más desarrollado del continente, que hasta la muerte del General Perón habían compartido como destino común todas las ideologías imperantes.
No ignoro que nada es lineal, pero ni los golpes militares renunciaron al desafío de ser un país industrial. Desde Hipólito Yrigoyen y aun antes nos acompañaron los sueños de grandeza, el peronismo estuvo diez años, el anti peronismo con exilio y prohibición de nombrarlo duro diez y ocho, pero la vocación colonial solo nace en el último golpe.
Asesinan para imponer a los bancos sobre la industria, los desaparecidos son diez mil, los empobrecidos demasiados millones. Alfonsín intento juzgar a los culpables y recuperar la política, una camada de políticos y sindicalistas nacidos al calor ideológico de la dictadura se lo impidieron. El kirchnerismo fue parte de esa traición, ellos se negaron a firmar el documento de los derechos humanos en dictadura, luego van a participar en la privatización de YPF, finalmente utilizan el dolor de los deudos para deformar la memoria de la guerrilla que no merece ser reivindicada, la mediocridad de su conducción sobreviviente de sobra lo demuestra.
Negacionismo, señora Cristina, es no asumir que la pobreza y las deudas se incrementan, y el tema no es debatir el número de desaparecidos, que no podemos alterar, sino el de empobrecidos que no dejamos de acrecentar. Ustedes supieron de sobra utilizar el Estado a su propio servicio, millares de empleados como si el Estado sirviera solo para sostener a sus seguidores. Los salva que la oposición se les parezca, juntos integran una enorme burocracia que se enriquece empobreciendo.
Fuimos Patria mientras tuvimos políticos enamorados que soñaban con la construcción de una gran nación. Dejamos de serlo cuando el último golpe impuso a los intermediarios sobre los productores, cuando decidieron que ser representantes de empresas extranjeras era más fácil que forjar nuestro propio sistema productivo. Volvamos a reivindicar el esfuerzo como motor de la construcción de un mundo mejor.
Recuperemos el ferrocarril y los pueblos que vertebraba con su cultura y su vida original y salgamos de esta mediocridad del exitoso improductivo viviendo en barrio privado. Impedir la concentración de la riqueza es esencial a todo capitalismo que se precie para integrar a los caídos. La fuga de divisas en aeropuertos internos que nos venden productos importados es una brutal expresión de corrupción. Si no tenemos dólares para generar riqueza prohibamos su salida en todo producto innecesario. Los lujos de los ricos no pueden estar por encima de las necesidades de los pobres.
El triste hecho de que elijan a dedo un candidato e impidan una simple elección interna muestra a las claras que los intereses económicos privados están por encima de las necesidades de trabajo y dignidad de los habitantes.
Necesitamos políticos enamorados de su patria y de su pueblo, y orgullosos de no enriquecerse con sus cargos. No es tan difícil, claro que no nos engañemos, todavía está demasiado lejano. Cuando volvamos a asumir que trascender implica superar la codicia del tener, entonces todo volverá a su lugar. Mientras tanto, puerto madero y los barrios privados serán las cuevas donde se sigan ocultando quienes utilizan el estado a su propio servicio. Todo arte tiene sus tiempos de grandeza y también de ausencia de talento. Ya volverá la política y un grupo de jóvenes estadistas a devolvernos el sueño de un mejor futuro. Por ahora solo queda esperar.
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