
Pronto a conmemorar un nuevo aniversario del retorno democrático a nuestro país, el 30 de octubre de cada año se ha convertido en una fecha adoptada y monopolizada por la memoria colectiva argentina, desbordando las banderas partidarias de la UCR.
Hace 39 años el cuestionamiento y el debate en torno a las diferencias nos permitió construir acuerdos básicos sobre los que hoy ya no debería debatirse: el valor y el sentido de la democracia.
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En esos albores democráticos celebrábamos la conflictividad y los desacuerdos que precisamente nos permitieron abandonar la arcaica idea de la violencia y la negación del otro. Ser consciente de estas diferencias, y admitir el conflicto y aún así lograr acuerdos básicos sostenidos en el tiempo, fue lo que permitió al presidente Alfonsín transformarse en una figura de culto pluripartidista cuyo legado es reconocer a la democracia como un espacio de conflicto constructivo, donde las relaciones entre actores y fuerzas pueden convivir en esas diferencias.
En los últimos agrietados años, la sociedad argentina transita por una conflictividad desgastante, que lentamente se separa de esa idea de conflicto constructivo y se asienta sobre visiones que ponen en cuestión los valores democráticos.
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Desde allí, los procesos de diálogo y reconocimiento de las diferencias se van debilitando con un alto costo para la ciudadanía, y como consecuencia, los desacuerdos o conflictos no resueltos, van siendo interpretados como un síntoma de deficiente gestión política, de irresoluble tensión entre los actores políticos y de debilidad democrática.

Repensar la democracia y el conflicto
El conflicto es natural en toda comunidad política en la que conviven grupos con intereses contrapuestos y distintas visiones del mundo.
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Repensar la relación de retroalimentación entre la democracia y los conflictos nos permite correr la mirada crítica desde el lugar de los acuerdos no logrados, hacia una re significación más profunda de la vida en sociedad y sus desafíos.
La extraordinaria herencia democrática que el 30 de octubre de 1983 nos ha dejado, junto a la figura de Alfonsín, incluye una dimensión sobre la dignidad, sobre los derechos humanos, sobre el desarrollo económico, sobre la política al servicio de las necesidades, conscientes de que la democracia no solo es una forma de gobierno sino un régimen político que traduce una forma de vida. Todo puede ser revisado, menos la democracia
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La democracia no garantiza la eliminación de los conflictos ni asegura la conciliación de todos los desacuerdos, pero sí nos ofrece las herramientas para reemplazar la fuerza y la violencia por el diálogo, y desde ahí, admitir que aun en las diferencias podemos construir un modelo de país dirigido al desarrollo humano pleno.
Hoy, en vísperas de una nueva conmemoración del retorno de la democracia, estamos convocados a renovar la mirada sobre los conflictos y desacuerdos no resueltos, no entendiéndolos como un síntoma de debilitamiento democrático, sino por el contrario, como una mayor demanda para fortalecer sus valores.
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Quienes asumimos la responsabilidad de representar intereses y lograr puentes de entendimiento debemos ratificar nuestro compromiso, sosteniendo las reglas democráticas como única forma de encontrar caminos de entendimiento y pacificación, aun manteniendo las diferencias.
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