
No está de más empezar esta reflexión diciendo que lamentamos profundamente el hallazgo del cuerpo sin vida de Santiago Cancinos, un adolescente trans de Salta, y que deseamos profundamente que Tehuel sea encontrado con vida, de manera urgente.
Pero estas noticias, la aparición del cuerpo de Santiago y la desaparición de Tehuel, nos plantean una hipótesis que debe ser investigada y una realidad que debe ser combatida con políticas públicas, de manera urgente.
Vivimos en una cultura donde los cuerpos a los que se les asigna el sexo “mujer” al nacer son considerados, de manera más o menos consciente, propiedad de los varones. Tanto es así que, desde chiquitxs, tanto a las mujeres cis como a los varones trans nos enseñan a jugar con elementos que nos adiestran para encajar en esa función: la de servir y pertenecer al otro.
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Las jugueterías son la mejor prueba de esta realidad. Basta con mirar el “lado rosa” del salón de ventas: cocinitas, planchitas, escobitas, sets de belleza, para quienes nacimos “nenas” para esta sociedad.
Esta gran campaña de marketing de los roles y funciones que nos asignan al nacer, a partir de un dato en particular, que nada tienen que ver necesariamente con nuestros deseos, nuestros sueños y nuestros anhelos (¿por qué alguna característica física tendría que tener que ver con esto?), genera una programación interna de la que es difícil escapar, aún con todo el “empoderamiento femenino” de los últimos años.
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Los juguetes, los cuentos, los dibujitos, los libros, las películas, la familia, la escuela y tantos otros elementos y espacios, en mayor o menor medida, emiten el mensaje. Y ahí está, dentro nuestro, de todes. Con más o menos fuerza. Nuestros cuerpos son de ellos.
Cuando es con más fuerza, nos encontramos con las peores consecuencias de esta educación binaria y patriarcal: los femicidios, travesticidios y transfemicidios que ya conocemos. Pero hay otras, muchas otras, entre ellas, las violaciones correctivas. Aquellas ejecutadas para enseñarnos a ser las “mujeres” que tenemos que ser. Aquellas para las que fuimos programadas tan minuciosamente. En su versión más moderada está la frase: “¿Sabés qué necesita esta mina? Una buena…”.
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Las mujeres lesbianas, bisexuales y algunas personas no binarias y los varones trans, entre otres, sabemos de ellas. Algunes las vivimos, algunes no las sobrevivimos. Otres hemos tenido que convivir con la amenaza expresa o tácita de padecerlas. Pero las conocemos.
Ojalá sea una hipótesis equivocada, pero desde nuestra experiencia, la de portar cuerpos asignados como mujeres que han decidido rebelarse a algunos de los mandatos que los acompañaban, por lesbianas, por bisexuales, por trans, por la expresión de género o por cualquier otra razón, no podemos dejar de pensar: ojalá no les haya pasado.
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