
Tras una contienda electoral mucho más competitiva de lo vaticinado por las encuestas y luego de cuatro días de recuento de votos, el candidato demócrata Joseph Biden se convertirá en el 46to Presidente de los Estados Unidos el 20 de enero próximo. El experimentado “Joe” fue electo Senador a los 29 años, reelecto en seis ocasiones, y vicepresidente entre 2009-2017.
Este cambio, tanto del partido gobernante como del liderazgo, traerá consigo algunos virajes. Pero también habrá muchas continuidades. Aunque tomarán forma política, institucional y de comunicación distintas, estas continuidades están ancladas en una serie de consensos básicos entre la dirigencia y establishment estadounidenses. Vale la pena recordar que a Biden le tocará convivir con una de las Cortes Supremas de Justicia más conservadoras de la historia, así como también un Senado que parecería perfilarse a mantener una mayoría republicana (tal vez esto no se confirme hasta diciembre de este año).
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Si bien Biden buscará diferenciarse de su predecesor y retomar lo que queda en pie del legado de Obama, que es también el suyo (por ejemplo la reincorporación al Acuerdo de París), las dificultades de administrar la crisis sanitaria y socioeconómica que atraviesa en lo doméstico, y la relación con las grandes potencias “rivales” en el frente externo, seguirán siendo grandes desafíos para Biden, como lo fueron para Trump.
Durante la presidencia de Mauricio Macri se desarrolló un vínculo maduro e inteligente con los Estados Unidos, un socio estratégico de nuestro país. Tanto con el presidente Obama como con el presidente Trump, se buscó construir un camino de cooperación en muchas áreas de mutuo interés, encontrando los lugares donde se podía acordar y respetando aquellos donde había diferencias. Es decir, sin alineamientos automáticos ni confrontaciones infundadas.
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Por eso la Argentina necesita seguir buscando un horizonte en su vínculo con los Estados Unidos, independientemente de la victoria de Biden, o de lo que hubiese sido la reelección de Trump. La “grieta”, en su acepción más autorreferencial, a veces nos impide ver más allá del debate cortoplacista acerca de nuestras alternativas de vinculación con Washington. Pero allí existe una agenda común de objetivos bipartidistas en materia de política exterior y seguridad nacional, que son fundamentales y trascienden la visión de los gobiernos de turno: la defensa de la libertad y los valores democráticos, el estado de derecho, la lucha contra el terrorismo, el diálogo interreligioso, el desarrollo pacífico de la energía nuclear, entre otras.
Un eje de ese consenso es, también, la condición de los Estados Unidos como líder hemisférico. Las dos instituciones multilaterales continentales más relevantes, la Organización de Estados Americanos (OEA), liderada por el hábil Luis Almagro, y el Banco Interamericano de Desarrollo (BID), con la flamante presidencia de Mauricio Claver-Carone, vuelven a emerger como espacios centrales para el diálogo y la cooperación en base a intereses comunes. La primera, en términos de valores democráticos, derechos humanos y seguridad. La segunda, en clave de fortalecimiento de la integración regional y de financiamiento de infraestructura para el desarrollo.
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La nueva administración, posiblemente más proclive al abordaje “institucionalista” de sus vínculos internacionales, encontrará en estas dos organizaciones herramientas con mucho potencial para el vínculo con América Latina. Sin dudas que no son las únicas, pero se destacan por su identidad hemisférica y carácter multilateral, lo que las coloca en un lugar estratégico.
Nuestro país enfrenta el desafío de construir en este nuevo marco bilateral, hemisférico y subregional, los consensos necesarios que le permitan potenciar un relacionamiento virtuoso y con beneficios. La Cumbre de las Américas a celebrarse en 2021 ofrece un horizonte concreto en este sentido. La pregunta es si seremos capaces de articular una agenda concreta para que el vínculo con los Estados Unidos redunde en un continente más próspero, democrático y seguro de cara al futuro.
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El autor es secretario de Relaciones Internacionales del PRO, presidente de la Fundación Argentina Global y ex secretario de Asuntos Estratégicos de la Nación.
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