
Me defino como parte de la gran familia minera, entre otras variables porque nací en el último campamento minero de Chile, muy cercano al lugar donde ocurrió el mayor milagro de la minería en la historia del mundo: el rescate de los 33 mineros de Atacama.
El origen de mi familia está en esta zona, por la vocación de mi abuelo, minero, y de mi abuela, de nacionalidad argentina, dueña de una pensión para trabajadores del sector. Desde este espacio geográfico, y desde niño, fui acuñando algunos conceptos: yo no compraba en un supermercado o emporio, sino en una pulpería; asistía al cine de la comunidad, con dimensiones arquitectónicas muy modernas para la época, proporcionado por la corporación minera; y posteriormente a un estadio de fútbol que, con el tiempo, llegó a tener capacidad para albergar a toda la comunidad, algo insólito.
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Es decir, percibía una gran inversión y una interacción con la cosmovisión minera, primero de capitales norteamericanos y posteriormente estatal. En ese mismo sentido, otra de mis pasiones —la aeronavegación comercial— se conectaba con esta historia, pues la aerolínea que surcó durante décadas los cielos de Chile y América Latina se creó al alero de dicho campamento.
Pero más allá de esa cotidianidad, en mi mente quedaban algunas ideas: que un profesional con el que interactuaba mi padre podía descubrir la cantidad o ley de mineral de un cerro, predecir el tamaño de un pozo para estimar el tiempo invertido en un sondaje, o simplemente definir cuál era la herramienta necesaria para llegar a ciertas profundidades. Era un mundo aparte, mientras yo, en ese tiempo, pedaleaba entre los mismos cerros.
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Todos estos “insights” daban vueltas en mi cabeza, y sentía que disfrutaba de un espacio muy independiente del resto del país. Con los años entendí que se trataba del gran efecto multiplicador de la minería y de la riqueza cabal de la zona.
Al ingresar al colegio, repasaba los textos de historia y se evocaban los años gloriosos del comienzo del siglo XX con la industria del salitre, y el nombrado “camino fracasado al desarrollo de un país llamado Chile” con el descubrimiento del salitre sintético. Fue, de manera inconsciente, que empecé a contrastar mi historia con los sílabos de la asignatura de Historia. En mi mente se instalaba la idea de que podía repetirse. De manera ingenua, pensaba: ¿y esa capacidad y soporte físico y de servicios que apoyan una faena minera, no podían llevarse a otro lugar? Sin quererlo, yo hablaba de exportar.
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Muchos años después, tras haber intentado la formación universitaria vinculada a la minería, casi por ósmosis ingresé a estudiar Ingeniería Comercial en una zona muy cercana a Perú. De manera inmediata, se incorporaba la semilla del comercio exterior.
Integración minera binacional
En mi época laboral, tuve la gran oportunidad de ingresar al organismo que promueve las exportaciones de Chile al mundo. Comencé a acercarme a algunas especialidades y estándares definidos como “modelos de exportación”, donde las empresas proveedoras de las denominadas industrias de exportaciones tradicionales se convierten en una base exportadora, un arrastre.
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Fue el momento en que pude ratificar cómo la red de proveedores de la minería —bienes y servicios— era viable de internacionalizar. A la par, se empezaba a acuñar una mecánica: la “inteligencia de mercado”, es decir, identificar lo requerido en otras latitudes de una determinada oferta productiva, la mayoría de las veces exportable. De manera colateral, esta red de proveedores, al atender un cliente externo, incluso podía apostar por una inversión con la correspondiente absorción de mano de obra.
Todos estos postulados estaban envueltos en la influencia de la escuela española, vertiente que rige la misión de la mayoría de los organismos de promoción de exportaciones de América Latina, centrada en las etapas secuenciales de un proceso de exportación: prospección, penetración y consolidación. Un camino algorítmico a partir de las señales de mercado, o de manera más directa, aprovechar las oportunidades que se presentan.
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Vamos con un ejemplo transversal: una necesidad de alta demanda, el manejo de relaves o desperdicios mineros. Efectivamente, un desafío ambiental que enfrentan todos los países. Chile ha ido solucionando el problema en su entorno: una loca geografía (200 kilómetros entre cordillera y mar), la aplicación de tecnología e ingeniería, el conocimiento acumulado por años, y la interacción con pueblos originarios instalados en el territorio.
¿La misma técnica es replicable en Argentina? El soporte de procesos puede ser el mismo, y también existe una gran similitud: las comunidades de pueblos originarios son las mismas, los diaguitas, principalmente en el territorio donde se concentran las mayores reservas mineras. Pero, ¿son aplicables en la pampa húmeda?
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Una fórmula de éxito no es replicable en su totalidad. Necesitamos las visiones de ambas partes, es decir, un trabajo binacional. La mirada debe ser compartida y amalgamarse en un nuevo concepto. Hoy, cuando los minerales críticos son el pivote para el desarrollo de una nueva etapa de la humanidad, esta integración genera las condiciones para nuevos exportadores, en un espacio equilibrado de comercio exterior, con sinergia de conocimiento.
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