
El cineasta australiano Adam Elliot, reconocido por su estilo único en la animación en stop motion, celebró un logro histórico en México con su más reciente película, Memorias de un Caracol.
Según datos de la Cámara Nacional de la Industria Cinematográfica (CANACINE), hasta el 30 de marzo, la cinta acumuló 87.2 millones de pesos en taquilla y atrajo a 1.4 millones de espectadores, consolidándose como un fenómeno en el país.
En un mensaje compartido a través de sus redes sociales, el director expresó su gratitud hacia el público mexicano: “Gracias México por ser nuestro país más grande y exitoso hasta ahora para Memorias de un Caracol en el cine”.
Más de 1.3 millones de mexicanos han ido a ver la película en casi 700 cines. ¡Wow! Gracias por apoyar el cine independiente y la animación para adultos”, mencionó el cineasta el pasado 1 de abril.
Una historia conmovedora que conecta con el público
La película narra la vida de Grace, una niña solitaria con una fascinación por los caracoles y los libros. La trama se centra en su separación de su hermano gemelo Gilbert, quien tiene la peculiaridad de escupir fuego, lo que desencadena en ella una profunda tristeza.
Sin embargo, su vida da un giro cuando entabla una amistad con Pinky, una anciana excéntrica que le enseña a encontrar esperanza incluso en los momentos más oscuros.
La película, que requirió más de ocho años de producción, combina elementos de tragedia y comedia, un sello distintivo del trabajo de Adam Elliot. Según la distribuidora Cine Canibal, responsable de llevar la cinta a México y América Latina, la obra es “conmovedora y divertida”, características que han resonado profundamente con el público.
El 18 de marzo, el propio Adam Elliot compartió en sus redes sociales que la cinta había alcanzado el primer lugar en taquilla en México, un logro significativo para una producción independiente.
Este éxito local se suma al reconocimiento internacional que la película ha recibido desde su estreno mundial en el Festival Internacional de Cine de Animación de Annecy 2024, donde fue aclamada como una de las mejores películas animadas del año. Además, obtuvo nominaciones tanto a los Globos de Oro como a los Premios Oscar en la categoría de Mejor Película Animada.
La conexión emocional con los espectadores

El impacto emocional de la película ha sido evidente en las reacciones del público, quienes han compartido mensajes de agradecimiento y admiración hacia el director en redes sociales. “Gracias por retratar tan bellas historias de personas raras para personas raras” y “Esta película es una curita al corazón” reflejan cómo la obra ha tocado fibras sensibles en los espectadores.
Para Adam Elliot, esta conexión no es casualidad. En declaraciones recogidas por la revista cultura española AUX Magazine, el director explicó que busca crear personajes universales con los que cualquier persona pueda identificarse, independientemente de su origen.
“Sin oscuridad, la luz no significa nada. En la vida real todos tenemos subidas y bajadas, días buenos y días malos”, afirmó, destacando que sus películas intentan capturar esa dualidad inherente a la experiencia humana.
El estilo visual de Adam Elliot es inconfundible, marcado por líneas desiguales que reflejan su condición médica, una enfermedad fisiológica que le provoca temblores.
Este enfoque artesanal y orgánico se manifiesta en cada detalle de sus películas, donde el stop motion se convierte en una herramienta para explorar mundos únicos y profundamente personales.
En el caso de Memorias de un Caracol, la elección del caracol como símbolo central no fue casual. Según explicó el director, su fascinación por estos animales comenzó en su infancia, cuando los coleccionaba en acuarios.
“Los caracoles siempre me han fascinado. Hay algo en el simbolismo de su concha, la espiral, que representa la vida. Siempre avanzan poco a poco, y eso tiene un significado profundo para mí”, declaró.
Además, Elliot destacó que el stop motion es un arte que le permite tener un control creativo total, algo que considera esencial para dar vida a sus historias. “Es un arte muy difícil, pero también muy meditativo. Podemos jugar a ser dioses, definir el aspecto de nuestros personajes y crear cualquier mundo que queramos”, afirmó.
El director no es ajeno al reconocimiento internacional. En 2003, ganó el Premio de la Academia al Mejor Cortometraje Animado por Harvie Krumpet, y desde entonces ha continuado explorando temas universales a través de su particular estilo. Otros de sus proyectos destacados incluyen Mary and Max (2009), su primer largometraje, y Ernie Biscuit (2015).