
Van al supermercado, y para acceder a las ofertas les preguntan si “tienen la aplicación”. Deben pedir o confirmar una cita médica, y resulta que no se puede sin el “token”. ¿Cómo resolverlo, si en algunos casos ni siquiera poseen un teléfono inteligente?
La mayor obra social de la Argentina -destinada justamente a esa franja etaria— solicita que los asociados tengan una aplicación en su teléfono. Si consideramos que el 90 por ciento de los afiliados son personas que cobran una jubilación mínima, y que en muchos casos carecen de celulares de nueva generación, uno se pregunta cómo podrán responder a este requisito.
En los trámites, cada vez es más frecuewnte ver a las personas mayores acompañadas por sus hijos o nietos, o en otros casos por un vecino solidario. Esto no es malo en sí, pero ¿se puede depender siempre de un tercero?
Hace muy poco una mujer que solo tenía un celular para hacer llamadas preguntaba cómo hacer para solicitar un turno en una dependencia médica. “No puedo comprarme otro teléfono”, decía. Alguien que estaba cerca de ella le sugirió un procedimiento alternativo como para suplir esta carencia.
— ¿Alguno de sus nietos tiene celular nuevo?
—Sí, mi nieta.
— “Su nieta puede bajarse la aplicación, con sus datos, los de usted, y cuando a usted le pidan el token la llama y se lo pregunta”
Un señor mayor en la cola de un banco se preguntaba cómo depositar una cantidad de billetes en su cuenta. Alguien que vio su desconcierto se animó a guiarlo paso a paso, con lo cual esta persona pudo hacer la operación, pero estas intervenciones no siempre van a ser bienvenidas, ya que las numerosas estafas hacen que nos hayamos vuelto desconfiados, y con razón, lamentablemente.

Muchas veces el personal de vigilancia se ha convertido en asesor ad honorem de los usuarios que no siempre encuentran a algún empleado bancario disponible. Acá también hay que apreciar que la solidaridad y el respeto por los mayores no ha desaparecido del todo.
Cabe decir que muchas sucursales bancarias ya tienen a un empleado permanentemente en el hall, donde están los cajeros automáticos y se hace hoy en día la mayoría de los trámites, que se ocupa precisamente de asitir a todos los que lo necesitan.
En muchos bancos atienden con bastante paciencia a los adultos mayores en problemas. Pero no en todas partes se encuentra la misma amabilidad. Será necesario pensar en un entrenamiento especial para todas las personas que en sus tareas de atención al público van a verse enfrentadas a adultos mayores.
Otra mujer de más de sesenta años, familiarizada sin embargo con algunos procedimientos bancarios y de otra índole que requieren estar inscripto en línea, se quejaba de la cantidad de claves que hay que recordar. “¿Dónde las anoto para no perderlas, puedo confiar en las sugerencias de Google o es mejor poner mis propias claves?”.
¿Será necesario recordarles a algunos impacientes que estos adultos construyeron el país en el que vivimos? Y hoy quizás se encuentran excluidos, perdidos frente a una pantalla, en un banco, en un hospital, en oficinas gubernamentales. Ya no pueden acceder a los servicios que ayudaron a crear, tras toda una vida de trabajo, sacrificio y dedicación.
Es cierto que la tecnología también facilita la vida de los adultos mayores. Son innumerables los beneficios que pueden obtener de ella, tanto dentro como fuera del hogar, pero demasiados servicios les exigen un dominio de lo virtual que no todos poseen.
Una carta del lector, publicada por un medio español, expresa esta preocupación. “Estamos condenando a la invisibilidad a una generación que no creció con pantallas y a todos aquellos que, por elección o necesidad, reivindican el trato humano. La eficiencia no debería estar reñida con la cortesía ni con la inclusión. Una sociedad que olvida lo analógico corre el riesgo de volverse tan fría como un algoritmo”, dice Marc Mestre Solé en El País digital.
“Hemos llenado el mundo de innovación, pero estamos vaciando nuestros corazones”, sintetiza esta idea un internauta anónimo. ¿Será entonces el momento de humanizar la tecnología?
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