
Contrario a lo que se puede pensar, los estudiantes son inquilinos preciados por buen número de propietarios en ciudades con universidad. El motivo es que buena parte de los riesgos que estos ven asociados a alquilar su vivienda -impagos, daños u okupaciones- quedan neutralizados por este perfil de arrendatario. Pagan religiosamente y no suele tratarse de estancias muy duraderas, elogia el sector. Según la inmobiliaria Live4Life, el 90% de los inquilinos de habitaciones en grandes ciudades españolas tienen entre 18 y 25 años.
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El respaldo económico de las familias de los estudiantes es el principal factor que explica este cambio en el mercado. Los jóvenes suelen presentar una mayor garantía de pago y suelen firmar contratos temporales que, en la mayoría de los casos, finalizan al concluir el curso académico. Esto facilita la recuperación del inmueble por parte del propietario y reduce los posibles problemas a la hora de recuperar la vivienda.
De 800 a 2.200 euros
Por su parte, los estudiantes muestran pocas exigencias a la hora de alquilar. Priorizan viviendas funcionales, bien ubicadas, sin grandes lujos y con flexibilidad en las fechas de salida. La mayoría no pasa meses buscando la mejor opción, ya que consideran la vivienda un lugar de paso donde dormir y comer durante su etapa universitaria. Por todo esto, el estudiante joven ha superado la etiqueta de “riesgo” y representa, para una mayoría, tres valores fundamentales: solvencia, brevedad en la estancia y fiabilidad.
Lo reafirmó recientemente una inversora que alquila habitaciones. Calificó como “pepita de oro” poder extraerle 2.200 euros a una vivienda que antes costaba íntegra 800 euros. Los estudiantes, celebra, “tienen muy bajo riesgo de impago porque los padres siempre pagan”. En su caso, compró la casa, la reformó para que pasara de cuatro a cinco dormitorios y comenzó a cobrarlos de forma individual. Visto desde el otro lado, una vivienda en la que antes cuatro estudiantes podían vivir por 200 euros cada uno, ahora en esos mismos metros cuadrados conviven cinco y abonan -sus padres- más del doble.
El dilema del segundo año
Comprar una vivienda no está al alcance de una mayoría, y de hecho esa mayoría va perdiendo recursos. Eso sí, quien se lo puede permitir ha dejado de considerar el alquiler como una opción. Invertir en suelo, para un hogar, no para un techo y un casero. El caso que cuenta Business Insider tiene como protagonista a una profesional del sector inmobiliario en Carolina del Sur, sin apuros económicos pero no por ello dispuesta a perder dinero.
LeAnne Carswell se encontró en la situación de tantos padres. Su hijo terminó el instituto y se dispuso a comenzar sus estudios en una escuela técnica vinculada a la Universidad de Clemson. Para ello, necesitaba un alojamiento apropiado, que en primer lugar fue una residencia del campus, con un coste significativo y sin retorno, explica Carswell en el mencionado medio de comunicación.

Tener una habitación más la comida superaba los 7.000 euros. Para el segundo año, había que tomar una decisión. Sobre todo, a raíz de que su hijo le dijera que numerosos alumnos, entre ellos sus amigos, estaban reservando una plaza en bloques residenciales para estudiantes cerca de la universidad, con un precio del equivalente a entre 850 y 1.000 euros al mes y ya sin un comedor. El gasto se disparaba.
“Le dije que no iba a pagar eso”
El coste no significaba además autonomía o independencia del joven, que compartiría espacio. Por todo, la madre se negó: “Le dije que no iba a pagar eso”. Pero, por otro lado, tampoco podía dejar a su hijo sin un lugar en el que vivir o lejos de las personas que le hacían más fácil o llevadera o divertida su experiencia universitaria. Su ‘familia’ en el campus.
De modo que, experta en el sector inmobiliario, habló con colegas y estudió el mercado antes de tomar una decisión que pudiera satisfacer a su hijo, pero también a ella, en absoluto dispuesta a tirar dinero o pagar lo que consideraba un abuso. Carswell “había oído de gente que era propietaria de inmuebles mientras sus hijos estudiaban”. Así que, pudiéndoselo permitir, tiró del hilo.
Y la búsqueda finalizó en Pendleton, una localidad próxima al campus de Clemson, donde se presentó la ocasión de adquirir una vivienda adosada de reciente construcción. La propietaria anterior, una entrenadora deportiva, la puso en venta tras apenas cinco meses, completamente amueblada, debido a un traslado laboral. Carswell la compró por 227.000 dólares (algo más de 195.000 euros) en efectivo.
Alquila una de las habitaciones
El inmueble dispone de tres dormitorios, dos baños más un aseo, garaje para un coche y una superficie de 142 metros cuadrados. La casa permaneció desocupada varias semanas, hasta que el hijo de Carswell concluyó el curso y pudo instalarse en la nueva residencia. Poco después, un compañero del instituto, también estudiante en Clemson, alquiló una habitación por 775 dólares al mes (666 euros).
La tercera habitación, de menor tamaño, no se ha alquilado aún, pero Carswell valora esa opción para el futuro, sabiendo eso sí que no recibirá la misma cantidad por tratarse de una estancia más pequeña. En cualquier caso, está satisfecha con la operación, si bien no ha decidido el destino del inmueble tras la graduación de su hijo.
Una de las posibilidades es vendérsela a su hermana, que tiene dos hijos. Su certeza es que haber comprado ese espacio le hará, si no ganar, que es lo más probable, cuando menos no perder dinero o no en tal cantidad como anticipaba cualquier otra opción. “Buscaba no perder 10.000 euros al año durante los próximos tres o cuatro años, lo que le llevara terminar la carrera”, afirma.
“Espero obtener ganancias, o al menos recuperar la inversión cuando lo venda”, confía Carswell a Business Insider.
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