
Hace unos meses, cuando los tres presidentes de quizás las más prestigiosas universidades de Estados Unidos y del mundo, Harvard, MIT y Pensilvania, tuvieron que declarar ante una comisión de la Cámara de Representantes, quedé absolutamente aterrado con sus respuestas al tema del antisemitismo en sus campus.
Estos campus, y muchos otros de universidades públicas y privadas de Estados Unidos, habían sido utilizados como escenario de protestas que no se veían desde la guerra del Vietnam. Lo malo de lo que estaba sucediendo era que las protestas eran francamente antisemitas, avalaban el terrorismo de Hamas e, incluso, defendían la desaparición de Israel.
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Las tres presidentas de estas universidades, Claudine Gay, de Harvard; Elizabeth Magill, de Pensilvania, y Sally Kornbluth, de MIT, fueron citadas al Congreso de Estados Unidos para aclarar una sola cosa: si las directivas de la universidad avalaban o estaban en contra del discurso antisemita y racista de los que protestaban tapándose la cara. Ni siquiera tenían la valentía de mostrarse.
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Al final no fueron capaces de hacerlo y, escudándose en la libertad de expresión, fueron muy tibias frente al tema y, aunque no afirmaron estar de acuerdo con lo sucedido, no lo rechazaron con claridad y contundencia. Dos de ellas, Gay y Magill, renunciaron al poco tiempo, pero un secreto a voces se destapó: muchas universidades, y no solo en Estados Unidos, se han convertido en una caja de resonancia contra el mundo occidental y en un escenario de adoctrinamiento donde no hay libertad de cátedra y los puntos de vista distintos y las ideas contrarias no son aceptadas.
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Esa no fue la experiencia que tuve en las universidades a las que asistí en Estados Unidos: Kansas, entre 1979 y 1981; Texas, entre 1981 y 1984, y Harvard, del 91 al 92. Recuerdo las clases de Civilización Occidental, en las cuales los valores de nuestra cultura se estudiaban incluso desde posiciones contrarias. No solo era estudiar a Sócrates o a Santo Tomás era también estudiar a Marx, Rosa Luxemburgo o Emma Goldman. Hoy, esa cátedra se acabó por ser euro céntrica; es decir, por defender los valores de la cultura occidental.
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Las universidades se fueron al otro extremo y acogieron esa doctrina woke en la cual todo blanco es esclavista, todo latino es discriminado y víctima, el capitalismo es un sacrilegio explotador y la civilización occidental debe eliminarse. En Stanford, durante las protestas, los estudiantes coreaban, “hey hey ho ho Western Culture got to go” -la cultura occidental se debe ir- y, la verdad, lograron al final crear esa nueva doctrina progresista inmersa en las universidades donde todo se estudia desde el ángulo de la opresión, donde se reinterpreta la historia y donde la política de la cancelación del otro, de quien piensa distinto, se normaliza.
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En muchas cátedras, en especial las de ciencias sociales, los profesores conservadores no llegan a ser el diez por ciento y en Harvard el número es aún menor, el 3 por ciento. Sí, 3 es la cifra correcta. Es decir, en Harvard no hay libertad de cátedra si se es conservador. En una encuesta del 2023 el 77 por ciento de los profesores se consideraba liberal o muy liberal, que allá significa de izquierda, y el 20 por ciento, moderado. Esa no es una universidad, es un centro de indoctrinación.
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Lo mismo sucede en muchas universidades del mundo, no nos digamos mentiras, pero en Estados Unidos es mucho más evidente, y hoy, con la llegada de Donald Trump al poder, es políticamente muy relevante. Este nuevo gobierno comenzó a frenar los subsidios y las ayudas a las universidades que siguieran ese modelo de indoctrinación que, sin duda, fue lo que generó esa explosión de manifestaciones antisemitas del año pasado.
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Diferentes estudios de los centros de investigación sobre el medio oriente en estas universidades mostraron una tendencia absolutamente antisemita. La academia en este tema, como en muchos otros de ciencias sociales, no era libre, tenía una ideología impuesta que luego era transmitida a los jóvenes estudiantes. Las estadísticas de profesores de Harvard son similares en muchas otras universidades y esto conlleva a un estudiantado que no tiene elementos para comparar, que no recibe las dos miradas de un tema, luego, no es libre para decidir su opción de mundo.
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Las encuestas sobre el tema son muy evidentes. En la revista especializada Inside Higher Ed una encuesta muestra que el 50 por ciento de los académicos se autocensuran y el 62 por ciento evita usar términos que pueden ser considerados ofensivos. La pregunta es, ¿ofensivos para quien? Así está la libertad académica en Estados Unidos.

¿Y los estudiantes? No es mejor la situación. Si el joven es conservador solo el 39 por ciento se cree libre de poder expresarse y, además, el 37 por ciento de los estudiantes de las universidades Ivy League, las más prestigiosas y costosas, consideran que es aceptable interrumpir “siempre” o “a veces” a un orador. La política de la censura y de la cancelación es ya un elemento intrínseco en la educación superior de Estados Unidos.
Esto es lo que el gobierno de Donald Trump pretende corregir con su política de cancelar ayudas y subsidios si las universidades no eliminan esa cultura. Algunas ya aceptaron las condiciones, pero Harvard ha decidido no hacerlo. Alega la libertad académica, cuando en el ranking de FIRE (Foundation for Individual Rights in Education)* esta de última en el derecho a la libre expresión.
Obviamente el respaldo a Harvard viene de quienes odian a Trump y de quienes pretenden preservar ese modelo de educación excluyente y racista. La meritocracia no debe existir y la diversidad, la inclusión y la igualdad deben ser el modelo a seguir, así generen cancelación, censura y otro tipo de racismo. No importa.
Vamos a ver si Harvard aguanta, pero, por el bien de la diversidad y la libertad académica, ojalá tenga que cambiar ese modelo excluyente de educación del que hoy se enorgullecen, sus estudiantes y sus ex alumnos. Yo, como ex alumno, no, y espero que cambie radicalmente ese modelo educativo.
*Fundación para los Derechos Individuales en la Educación
** Fui becario de la Fundación Nieman en 1991, luego de mi secuestro, en la Universidad de Harvard. Allí estudié un año.
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