
Desde tiempos antiguos hasta experimentos contemporáneos, la conexión entre música y comida fascinó a artistas, científicos y amantes de la gastronomía. Aunque la música suele considerarse un telón de fondo para disfrutar una comida, investigaciones y prácticas están cambiando esta perspectiva. Este vínculo sugiere que el sonido no solo acompaña, sino que puede transformar la experiencia sensorial de comer.
Música y comida: una relación histórica y sensorial
La relación entre la música y la comida tiene raíces profundas en la historia, desde trucos culinarios medievales hasta recetas experimentales del siglo XX. Un ejemplo destacado proviene de la Edad Media, cuando los chefs ingleses escondían aves cantoras en pasteles, inspirando el famoso verso infantil “Sing a Song of Sixpence”. Este ingenio buscaba asombrar tanto como alimentar.
En el siglo XX, el futurismo italiano llevó la combinación de música y comida a terrenos radicales. En su provocativo libro The Futurist Cookbook, los autores incluyeron recetas que fusionaban sonido, movimiento y sabor. Una de estas propuestas, “carne cruda desgarrada por trompetas”, requería alternar entre soplar un instrumento y masticar carne impregnada de licor. Otra receta, “ensalada polirrítmica”, demandaba que los comensales giraran un manubrio que producía música mientras comían, mientras los camareros bailaban al compás generado.
La experimentación continuó en el siglo XX con propuestas más accesibles, como el Special Effects Cookbook de 1992, que contenía instrucciones para crear alimentos que “cantan, silban y hablan”. Sin embargo, no todas estas recetas cumplieron las expectativas. Por ejemplo, una torta que debía silbar durante la cocción se mantuvo en silencio cuando el canal de YouTube Jim’s Kitsch Kitchen intentó replicarla en 2024.

Ciencia detrás del “sazonado sonoro”: cómo el sonido moldea el gusto
La influencia de la música en la percepción del sabor no es un fenómeno puramente anecdótico. Investigaciones han señalado un vínculo directo entre sonidos específicos y sabores. En 2010, un estudio de la Universidad de Oxford reveló que los cinco sabores básicos pueden asociarse con diferentes tonos e instrumentos musicales. Según este trabajo, tonos altos y el piano evocan dulzura, mientras que los tonos graves y los instrumentos de metal se asocian con sabores amargos y umami.
En 2018, otro estudio publicado en el Journal of the Academy of Marketing Sciences exploró cómo el volumen de la música en restaurantes afecta las decisiones alimenticias de los comensales. Según este trabajo, la música alta tiende a provocar mayor estrés y estimulación, llevando a los clientes a optar por alimentos menos saludables.
El concepto de “sazonado sonoro” se basa en esta premisa. En un experimento relacionado, se pidió a los participantes que probaran caramelos de toffee mientras escuchaban pistas diseñadas para destacar ciertos sabores. Los resultados indicaron que las canciones seleccionadas intensificaban las notas dulces o amargas, dependiendo del diseño sonoro.
Algunos investigadores especulan que esta conexión puede relacionarse con la sinestesia, un fenómeno en el que los sentidos se mezclan. Aunque la sinestesia es rara, personas con esta condición han descrito cómo los sonidos evocan sabores. “Me encanta escuchar piano porque sabe a chocolate con leche”, explicó un usuario en Reddit en 2021, mientras se debatía sobre este tema. Sin embargo, este efecto también podría estar presente, de forma más sutil, en personas sin sinestesia.

Aplicaciones contemporáneas: música para potenciar recetas
Inspirados por el “sazonado sonoro”, algunos proyectos modernos buscan integrar música y gastronomía de formas innovadoras. La empresa de pastas Barilla colaboró en 2024 con Cristobal Tapia de Veer, compositor de la música de White Lotus, para crear la experiencia Al Bronzo Soundtrack. Esta colección de siete pistas fue diseñada para complementar recetas específicas, como rigatoni con tomates y panceta, o bucatini con ingredientes ahumados.
Los resultados fueron mixtos pero intrigantes. Los comensales que probaron la experiencia reportaron que ciertos elementos, como los tomates, parecían más dulces al escuchar campanillas en la pista del rigatoni. Otro participante percibió un toque más pronunciado de pimienta negra cada vez que un sonido de sacudidor resonaba, recordando un molinillo de especias.
Además de estas experiencias inmersivas, Barilla también desarrolló listas de reproducción en 2021 para principiantes en la cocina, sincronizadas con los tiempos de cocción de sus pastas. Aunque menos experimentales que Al Bronzo Soundtrack, estas playlists mostraron cómo la música puede ser una herramienta tanto pedagógica como sensorial.
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