
A un año de la muerte de Antonio Gasalla, el círculo más cercano eligió el reencuentro íntimo y la preservación de recuerdos personales como la mejor forma de honrar su memoria. Sin homenajes públicos ni ceremonias, Marcelo Polino y la familia del artista priorizaron el gesto simple y genuino de compartir objetos, historias y instantes que definen un legado más allá de los escenarios.
“Son muchos los momentos que extraño con Antonio, sin duda la primera son las charlas telefónicas, porque nosotros vivíamos uno en una esquina y otro en la otra y hablábamos todos los días. Veíamos la tele, él en su casa, yo en la mía, y nos matábamos de risa de lo que veíamos en la tele. Eso es lo que más extraño, el llamadito diario”, recordó a Teleshow Marcelo Polino, periodista y conductor, al cumplirse un año de la muerte de Antonio Gasalla, su gran amigo y maestro.
La ausencia física se traduce en pequeños gestos cotidianos que, para Polino, marcan la diferencia: “Lo más chiquito, que no es poquito, pero por ahí, bueno, el escenario, el trabajar con él su última temporada y ver la ropa de los personajes con los que trabajamos la última temporada es también muy emotivo”.

El reencuentro de Marcelo Polino con la casa de Antonio Gasalla a un año de su fallecimiento
—¿Qué impresión te causó volver a la casa de Antonio Gasalla?
—Fue muy movilizante porque yo no había entrado nunca más a la casa de Antonio, desde que falleció. Como tres años. Porque él estuvo internado mucho tiempo. Mañana cumple un año de su fallecimiento.
—¿Te llevaste algún recuerdo de la casa?
—La familia se había llevado unas cosas para regalarme de vestuario, de teatro, dos vestuarios de finales muy lindos , que estaban muy bien conservados, espectaculares, mu estilo Antonio.
—¿Te los probaste?
—Sí, él era muy delgado, cuando empezó, porque yo peso sesenta y tres kilos y me quedaba perfecto.
—¿Cómo fue ese reencuentro con la familia?
—Me armaron el look ahí con el hermano, en la casa, fui invitado especialmente, todo fue muy emotivo, pero también hubo muchas risas. Compartimos alegría, nostalgia, cosas lindas, cosas no tan lindas.
—¿Qué va a pasar con la casa de Antonio?
—El piso de arriba está alquilado. Ahora su piso están desarmándolo. No sé si el destino final será la venta o el alquiler, como el de arriba. No, no hablamos de eso, para nada.

—Difícil enfrentar ese proceso...
—Es tremendo, porque empezás a desempolvar y ves cosas que te agarra.... además no te querés deshacer de nada. Yo me acabo de mudar antes de irme a Mar del Plata y tenía hasta los álbumes de casamiento de mi mamá, la abuela. Digo: “¿Qué hago con todo esto?”.
—¿Qué destino tendrán los vestuarios y objetos de Antonio?
—Hay mucho vestuario que sé que le van a mandar a Leo Cifelli, para el Museo del Teatro Cervantes. Parte del vestuario también va a ir a la Casa del Teatro, por eso se van a contactar con Linda Peretz. Más allá del vestuario de show, las cosas que han quedado de él también van a ir para la Casa del Teatro.
—Compartieron escenario y debe haber sido una experiencia imborrable para vos...
—El escenario, el trabajar con él su última temporada y ver la ropa de los personajes con los que trabajamos la última temporada es también muy emotivo.

Los amigos
—¿Antonio era una persona reservada?
—Antonio siempre fue un pisano muy reservado. No era de contar. Contaba muchas cosas de su mamá y de su infancia, y de cuando quería ser actor. Él estudió primero odontología, hasta que un día se plantó y le dijo al papá que no quería seguir estudiando. Básicamente recuerdos de cuando era joven. Después te contaba de las giras, de las anécdotas, de cuando fue a trabajar a diferentes países, de cuando estuvo en Miami, en Cuba, en España. Siempre era un libro de anécdotas.
—¿Vos le contabas cosas íntimas tuyas?
—Sí, nos contábamos cosas de la vida. Vivíamos muy la diaria. Íbamos a comer a Babieca por ahí una vez a la semana o cada quince días. Él me enseñó todo lo que yo sé de escribir monólogos. Me hizo comprar un grabador, un cuaderno. Yo iba a la casa y me decía: “Bueno, vamos a pasar por la historia de tu vida”. Me enseñó a contarla. y me indicaba, esa frase cortala... ahora leela con tu tono, respirá, hacé una pausa. Así pasábamos tardes enteras así. Tengo todo guardado, todas las grabaciones y todos los cuadernos de esa época. Así que fue un maestro para mi.

El círculo de amistades y la personalidad de Gasalla
—¿Cómo empezó tu relación con Antonio?
—Yo lo conozco a él, cuando trabajaba como una especie de manager de Alejandra Pradón. Cuando ella trabajaba con él. Y yo un día lo llamo para reclamarle que Pradón, quería más letra o algo en el programa, y me sacó cag....me dijo: “No me llames nunca más”.
Después pasaron un montón de años y nos encontramos, eramos del mismo barrio y me invitó a su casa. Después de toda esa pelea, voy a la casa, me abre la puerta y me dice: “No, Polino, no vamos a ir a cenar”. Bueno, me voy, le digo. No pasá solo vamos a tomar algo. Él era muy bravo, bravo de carácter.
—¿Hubo peleas entre ustedes?
—Nunca, no. Ya cuando le encontrabas el lado sensible, que para un pisciano, imaginate. Ya me reía. Nunca discutimos.

—¿Qué le gustaba hacer a Antonio fuera del teatro?
—A él le gustaba comprar muebles antiguos y los mandaba a restaurar. La casa tenía tipo museo, es una belleza su casa. Por ahí había visto un mueble en Uruguay y lo compraba, hacía los trámites para traerlo. Entonces, como que no sé si era su hobby, pero era su debilidad el tema de la decoración de su casa y eso me encantaba.
—¿Era una persona sociable?
—Era muy divertido, muy genio, pero también era un tipo muy solitario. No se lo invadía, muy poca gente entraba a su casa. De los que yo conozco, Nacha Guevara, Leonor Benedetto. Cuando compró el piso de arriba, lo inauguramos con la Benedetto, nos invitó a comer, los cubiertos era como Casa Foa, era todo divino. Y después nunca entró nadie más. Después vino la pandemia, se enfermó.

Más amigos...
Gerardo Romano, que en uno de sus divorcios vivió en una casa de Antonio. Estaba refaccionando una casa para poder salir, y como no la habían terminado, se separó y se fue a vivir unos meses a la casa de Antonio. La Borges también, Graciela estuvo muy pendiente siempre. Susana también estuvo muy generosa. Susana Giménez me llamaba a mí para preguntarme cómo estaba. Habíamos organizado todo un encuentro para que ella pudiese verlo en la clínica y fue dos días antes que ella llegara de Uruguay. No llegó a verlo, pero habíamos organizado todo para que ella pudiese ir en avión y que no se supiera.
—¿Recordás el momento en que ya no te reconocía?
—La última vez que hubo como un dejo de reconocimiento fue cuando al poquito tiempo que lo internaron, porque ya no podía vivir solo. Te acordás que le otorgaron el Martín Fierro a la trayectoria... yo se lo llevé. El sobrino le mostró en el teléfono el video de la ceremonia y estaban los paneos mientras yo hablaba cuando estaba con Susana en el celular y dijo: “Ay, Susana, hicieron como un plano de mí”, dijo: “Mirta”. Pero no sabía ni de qué era, si era un cumpleaños, un festival o Martín Fierro. Ahí ya no tenía. Y después de eso ya nunca más nos reconoció.
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