
A las 5.30 de la madrugada, cuando la ciudad todavía dormía entre luces de neón apagadas y murmullos de colectivo, Carlos Masoch, conocido en los micrófonos como Douglas Vinci, dejó este mundo. Tenía 72 años. Su muerte no es solo la de un hombre: es la de un tiempo, de una estética, de un modo de entender el arte y la radio como territorios por conquistar a fuerza de ironía, irreverencia y pasión.
“Partió hacia el infinito y más allá Carlos Masoch (a) Douglas Vinci, amigo y compañero de vida, radio, aventuras, trapisondas y locuras”, escribió su amigo entrañable Lalo Mir desde las redes sociales, en un mensaje que condensó décadas de historia compartida. “Artista todo terreno. Gran pintor y mejor dibujante. Y magnífico comediante”, agregó, antes de cerrar con una despedida que suena a bendición herética: “¡Hasta siempre Reverendo, el Eterno sea contigo!”
Porque Douglas Vinci no fue solo un seudónimo. Fue un personaje. Una creación sonora. Un avatar lisérgico que habló desde un púlpito imaginario en el aire de la mítica Rock & Pop, predicando sátiras políticas y parábolas pop. Era el alma subversiva de Aquí Radio Bangkok, el programa que marcó a fuego a una generación y que aún hoy resuena en las memorias de quienes sintonizaron su frecuencia entre 1987 y 1989.
Rock & Pop, entonces una idea recién nacida, tenía su base en un edificio de la avenida Leandro N. Alem. En ese hervidero de jóvenes artistas, diseñadores y sonidistas, Masoch ocupaba un cuartito mínimo, justo al lado de la fotógrafa Andy Cherniavsky. Allí hacía de todo: afiches, tapas de discos, arte para revistas. Compartía espacio y espíritu con Pipo Lernoud, Tom Lupo, Lalo Mir. Todos estaban tejiendo sin saberlo el nuevo entramado de la cultura joven postdictadura.

Masoch ya era un artista con trayectoria. Más de medio siglo de muestras lo respaldan. Pero fue en la radio donde encontró su forma más salvaje. En su columna de arte en la revista Twist y Gritos, dirigida por Lupo, ya se notaba esa mezcla de crítica e ironía que luego estallaría al aire. Pero fue con la irrupción de Radio Bangkok donde todo se volvió fuego.
El 23 de abril de 1987, Lalo Mir y el entonces disc jockey y periodista Bobby Flores encendieron por primera vez los micrófonos del programa. Junto a ellos, Quique Prosen –musicalizador y luego director de la radio–, los operadores Guillermo García y Alberto el Chino Chinen, y el ya mutado Reverendo Vinci. En poco tiempo, Bangkok se convirtió en una liturgia contracultural: noticias delirantes, humor corrosivo, una selección musical exquisita, y una puesta sonora que convertía el caos en forma de arte.
Vinci comenzó grabando sus segmentos, pero pronto descubrió en el teléfono su verdadera herramienta. Llamaba, improvisaba, deliraba. Ocupaba tanto espacio en las grabaciones que Lernoud, entonces su jefe en las revistas, le planteó una disyuntiva brutal: o seguía en el periodismo gráfico o se dedicaba a la radio. Eligió el éter.
Su voz, entre profética y absurda, fue la de un país que aprendía a reírse de sí mismo mientras intentaba entender de qué estaba hecho su presente. El Reverendo Vinci predicaba desde Groenlandia, desde el Vaticano, desde un satélite ficticio. Las noticias eran tan inverosímiles como posibles. El oyente decidía: ¿ficción o realidad? No importaba. Era 1988. Nadie hablaba todavía de fake news. Pero él ya jugaba con la posverdad.
Fue también parte de Tuttifrutti, Radio Pirado, Animal de Radio, Circo SuperPop. Siempre bajo la misma lógica: jugar hasta el límite con los formatos. Inventar espacios donde nadie más veía posibilidades. Reírse del absurdo con una precisión quirúrgica. Su humor no era el de las carcajadas fáciles, sino el de la inteligencia filosa, cargada de referencias culturales, política camuflada, poesía disfrazada de disparate.
Douglas Vinci fue, en esencia, una idea que caminaba por el mundo con voz propia. Su nombre real era Carlos Masoch, pero su creación lo trascendió. En la muerte, como en la radio, eligió el horario en que los cuerpos duermen y las almas hablan. El arte, la radio, la amistad, la disidencia, el riesgo: esos fueron sus materiales.
Hoy queda su legado. Y una pregunta que suena como un eco: ¿Dónde se archiva una voz como la de Douglas Vinci? Tal vez, en el infinito y más allá.