Las mujeres de Silvio Soldán: el amor a su madre, los escándalos con Süller y Rímolo y la joven que intentó matarlo

Cumple 90 años una de las figuras indiscutibles de la radio y la televión. El repaso por su pasado y presente sentimental

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Silvio Soldán y Marta Moreno

Una madre. Un pueblo. Un escenario. Así podría resumirse la historia de Silvio Soldán, el hombre que, con su voz de terciopelo y su sonrisa intacta, atravesó medio siglo de televisión argentina. Pero su verdadera historia no comienza en los sets ni en los aplausos: se escribe en las calles polvorientas de Colonia Belgrano, ese rincón santafesino donde todo comenzó un 26 de marzo de 1935.

Con una voz que supo ser el hilo de oro de la radio y la televisión argentina, y una vida marcada por amores fallidos, traiciones y un apego indeleble a su madre, es mucho más que un conductor: es un sobreviviente.

Su infancia tuvo los contornos ásperos de la ruralidad. Hijo único de Augusto, un hombre de manos curtidas que fue peón, albañil y “lo que sea”, y de Genoveva Adelina Teruggi, más conocida como Tita, una mujer que crió a su hijo con la fiereza de una madre loba: boyera, mucama, operaria de una fábrica de medias. “Ella fue mi primera mujer”, repite Silvio, sin ironía, sin rubor.

No lo dice en tono de provocación, sino como quien revela un secreto sagrado. Entre madre e hijo existió un lazo que nada pudo romper. Ni los años, ni las mujeres, ni las tragedias. En la adultez, cuando el éxito le permitió al fin tener un hogar propio, lo primero que hizo fue construir una casa para ella. Al lado. Tan cerca como para oírla si lo llamaba en la madrugada.

Tita Soldán respondió todo

No había un solo día en que no cruzara a verla. Entraba sin tocar el timbre. Ella hacía lo mismo. Compartían café, recuerdos, problemas. Un ritual sagrado. Una complicidad total. “He tenido problemas con mis parejas por ser tan apegado a ella, pero siempre hice lo que me dictó el corazón”, afirmó alguna vez. Y ese corazón, siempre, lo guiaba a Tita, quien falleció a los 102 años.

Pero el amor no siempre tuvo la forma de una madre. También hubo mujeres. Muchas. Algunas pasajeras. Otras intensas. Todas, al final, distantes. “Al principio tenía éxito por mí y después no sé si fue por la fama. Me he levantado muy buenas minas. Con el trabajo en la radio y la televisión se acrecentó esta cuestión. Las mujeres saben cómo llegar y cómo marcar el camino para hacernos la tarea más fácil”, destacó sobre el secreto del éxito en o que refiere a las conquistas.

La primera historia profunda fue con Marta Moreno, una locutora de voz inconfundible, protagonista del esplendor radial de los años 60. Fue la única con la que se casó. No en la Argentina –todavía no existía el divorcio– sino en Uruguay, país al que viajaron juntos para formalizar una unión que parecía destinada a durar. Marta era una estrella. Su voz era inconfundible en Odol Pregunta, además del programa que ambos hicieron en radio, Nosotros en su hogar. Juntos criaron a un hijo adoptivo, Silvio Augusto.

Pero esa historia de amor se fue apagando. Incluso Marta quedó en el olvido mediático, ya no se la nombra. “Era una mujer hermosísima y muy consagrada, pero lamentablemente está completamente olvidada. No tiene el reconocimiento que merece”, destacó el conductor. Hoy, ella vive con su hijo, quien carga con una sombra dura: una enfermedad mental sin cura. “Está bien, está tranquilo, pero tiene una enfermedad mental y es muy difícil. Eso no tiene cura desgraciadamente. Se puede mejorar, pero curarse es imposible”.

Marta Moreno -tras la puerta-,
Marta Moreno -tras la puerta-, la primera mujer de Silvio Soldán, en una antigua publicidad de Rexina

En 1972, Silvio comenzó a conducir el programa televisivo Grandes valores del tango, ícono de la cultura en lo que respecta a la difusión del género en el país, en el que se presentaban los más variados artistas y permaneció en el aire, con diferentes variantes, hasta el año 1992.

Fue en esa época donde se encontraba conviviendo con una mujer cuya historia de amor se terminó el día en que intentó matarlo. “Apareció con una pistola. Un revolver, un 22 corto, no sé cómo se llama. Yo no sé nada de armas. Me quería matar a mí y después se quería matar ella. Fue un día miércoles. El programa empezaba 20.30. Yo siempre llegaba dos horas antes; ese día llegué sobre la hora. Me cambié y salí al aire. Nadie se dio cuenta absolutamente de nada”, reveló y aclaró que era “una chica macanuda, la recuerdo muy bien, al margen de la pistola. Fue un arrebato, qué sé yo”.

Silvio Soldán y Silvia Süller,
Silvio Soldán y Silvia Süller, en la entrega de los 9 de Oro

La segunda gran historia fue un torbellino mediático: Silvia Süller. Una vedette explosiva, un personaje que redefinió la farándula argentina. Se conocieron en el estudio de Grandes valores. Él era el conductor. Ella, su secretaria. El flechazo fue inmediato, eléctrico, y el vínculo, pasional. Siete años juntos, cargados de sexo, escándalos y una popularidad que los desbordaba.

“Cada vez que peleábamos, lo esperaba casi desnuda en lo alto de la escalera”, contó ella años después. “Tardaba medio segundo en perdonarme”, decía entre risas. Pero la pasión no bastó. Un día, todo se quebró con una llamada demoledora. “Me preguntó si a la tarde iba a estar. Le dije que sí. Y entonces me dijo: ‘Ah, porque te va a llamar mi abogada. Nos vamos a separar. No puedo vivir con una mujer que se lleve mal con mi madre. Y entre las dos, me quedo con ella’”.

Silvia Suller en Grandes Valores del Tango

Silvia Süller jamás lo superó. “Ahora estoy feliz, pero estuve muchos años de mi vida llorando. Un día me miré al espejo y me pregunté si me quería morir, porque iba a eso. No paré de llorar un solo día”.

Nunca se llevó bien con Tita. La atacó en todos los programas que pudo. Soldán, en cambio, la defendió hasta el final. “Mi madre siempre fue amable con ella. Le invitaba a tomar café. Pero nunca fue agresiva”. De hecho, según destacó el conductor, en medio de la batalla mediática de la blonda vedette, un día la mujer la encaró y le consultó por qué se refería en duros términos a ella. La respuesta fue tan simple como: “Porque así hago la plata”.

Tras ello, llegaría lo que parecía el fin del escándalo. Después del amor tórrido y mediático con Süller, que terminó en llanto, insultos y abogados, él se mostraba sonriente otra vez. A su lado, una mujer misteriosa, de sonrisa milimétrica y cabellera dorada, lo abrazaba frente a las cámaras como si el pasado no existiera. “Es la paz que me merezco”, decía él. Pero la paz duró poco. Lo que comenzó como una historia romántica terminó en rejas, traiciones y titulares policiales.

Se hacía llamar Giselle, pero su nombre real era Mónica María Cristina Rímolo. Él la presentaba con cariño: “la doctorcita”. Rubia, siempre bronceada, con los labios impecablemente pintados y un discurso técnico que incluía homeopatía, nutrición y psicología. Ella ofrecía tratamientos para adelgazar, fórmulas “mágicas” y terapias alternativas en su clínica de Belgrano. Nadie cuestionaba nada. Tenía el aura de las “mujeres de la tele”. Y él, una leyenda de la pantalla chica, la respaldaba con su sola presencia.

Silvio Soldán y Giselle Rímolo

Me deslumbró desde un primer momento. Fue fuerte. Una chica que me decía que era universitaria y después se supo que no era. Me había dicho que tenía 22 años y tenía cerca de 30. Decía que era psicóloga, y no lo era. Decía un montón de cosas que no eran... incluso decía que era rubia”, confesó con crudeza Soldán, muchos años después, cuando la verdad ya no podía ocultarse.

A fines de 2001, mientras el país se incendiaba entre cacerolas y saqueos, otro derrumbe ocurría en privado. Un equipo periodístico, haciéndose pasar por pacientes, entró con cámaras ocultas a la clínica de Rímolo. Las imágenes fueron demoledoras: Giselle diagnosticaba, recetaba y vendía tratamientos médicos sin ningún título habilitante. En televisión solía hablar con tono calmo sobre las propiedades de sus pastillas para adelgazar. Detrás de escena, vendía sustancias prohibidas sin prescripción.

Las denuncias se multiplicaron. El caso llegó a la justicia. El 6 de noviembre de 2001, Rímolo fue detenida y trasladada a la cárcel de mujeres de Ezeiza, acusada de asociación ilícita, estafas reiteradas, ejercicio ilegal de la medicina, tráfico de medicamentos y presunto homicidio por la muerte de una paciente: Lilian Díaz.

Soldán, fiel a su estilo, no huyó. No se escondió. Siguió amándola, al menos en público. La visitó cada día de reclusión. Llevaba bolsas con alimentos, ropa y cartas. Respondía a los medios con serenidad, aunque ya para entonces el mundo se le caía a pedazos. Su abogado, Miguel Ángel Pierri, asegura que perdió millones tratando de sostener una relación que ya estaba contaminada por la mentira.

Silvio Soldán junto a Giselle
Silvio Soldán junto a Giselle Rímolo (NA)

Cada vez que estoy mal y tengo ganas de morirme pienso en cuánto me amás”, le escribía ella desde su celda. “Te seguís jugando por mí porque sabés cuál es la verdad –nuestra verdad– y te seguís jugando por nuestro amor auténtico”. Era abril de 2002 y la pasión carcelaria todavía ardía.

Pero la cárcel transforma, y en Rímolo despertó otra clase de fuego. A su salida, tras pagar una fianza de 300 mil pesos que costeó Soldán, la mujer que le había jurado amor eterno se convirtió en su peor enemiga.

Rímolo cambió el relato. Dijo que Soldán era su socio, que cobraba el 70% de las ganancias de la clínica, que estaba al tanto de cada procedimiento. En cada entrevista, su discurso era más venenoso. En cada nota, más furioso. “Él sabía todo”, aseguraba. Y su estrategia funcionó.

En 2004, ambos fueron detenidos. Soldán estuvo preso 60 días. Salió sobreseído. Pero el daño estaba hecho.

Silvio Soldán aseguró estar en
Silvio Soldán aseguró estar en pareja con una mujer 30 años menor (Crédito: Candela Teicheira)

A Rímolo la justicia no le creyó. En 2012, fue condenada a nueve años de prisión, sentencia ratificada por la Corte Suprema en 2017. La “doctorcita trucha” había estafado a cientos de personas, algunas con consecuencias irreversibles. Pero más allá de las víctimas médicas, hubo una víctima pública, emocional, simbólica: Silvio Soldán.

“Las rubias me pueden, siempre fueron mi debilidad, eso es sabido, aún así lo pagué muy caro, así que ahora quizá cambie de color”, afirmó alguna vez sobre su predilección por cierto tipo de mujeres.

Hoy, tras una vida de flashes, traiciones, hijos, balas, divorcios y desamores, el conductor parece haber hallado un remanso. Está en pareja con Susana, una mujer 30 años menor, reservada, amante del bajo perfil. “Nos conocimos porque ella me siguió durante años. Era una admiradora. Me mandaba regalos para mis cumpleaños. Iba adonde yo trabajaba. Me siguió tanto que al final me enganché, y me enganché totalmente”.

No conviven. Cada uno en su casa. “Y estamos muy bien así”. No hay planes. No hay promesas. Pero sí, por primera vez, hay una sensación inédita. “Creo que es la primera vez que me siento querido. De verdad”.