
Las aplicaciones que dejan de responder siguen siendo uno de los problemas más frecuentes en Windows 11 y pueden afectar tanto a usuarios domésticos como a quienes trabajan o estudian desde su computador.
Cuando un programa se congela, no solo interrumpe la tarea que se está realizando, sino que también puede obligar a reiniciar el equipo y provocar la pérdida de información. Sin embargo, el sistema operativo de Microsoft ofrece varias formas de forzar el cierre de estas apps sin necesidad de apagar el PC por completo.
En términos simples, una aplicación congelada es aquella que deja de responder a los comandos del usuario. No se minimiza, no se cierra y, en algunos casos, bloquea otras funciones del sistema. Este comportamiento suele estar relacionado con un uso excesivo de recursos, como la memoria RAM o el procesador, aunque también puede deberse a errores de software, conflictos con controladores o fallas puntuales del propio programa.

Según especialistas en soporte técnico, uno de los detonantes más comunes es la ejecución simultánea de demasiadas aplicaciones en segundo plano. Aunque muchas de ellas parecen ligeras, al acumularse pueden generar un cuello de botella que termina afectando incluso a programas básicos. En otros casos, una actualización defectuosa o un controlador desactualizado puede provocar que una app colapse de forma inesperada.
Antes de entrar en los métodos para cerrar estas aplicaciones, es importante entender que Windows 11 prioriza la estabilidad del sistema. Por eso, cuando una app deja de responder, el sistema intenta mantenerla activa el mayor tiempo posible para evitar daños o pérdida de datos. El problema surge cuando esa espera se prolonga y el usuario queda sin margen de acción.
El método más recomendado para cerrar una aplicación congelada es el Administrador de tareas. Esta herramienta permite ver en tiempo real qué programas están activos y cuántos recursos están consumiendo. Para abrirla, se puede usar el atajo de teclado Ctrl + Shift + Esc, presionar Ctrl + Alt + Delete y elegir la opción correspondiente, hacer clic derecho en la barra de tareas o acceder desde el menú rápido con Windows + X.

Una vez dentro del Administrador de tareas, basta con buscar el nombre del programa que no responde en la pestaña “Procesos”. Al seleccionarlo y hacer clic en “Finalizar tarea”, Windows cerrará la aplicación de inmediato. Si esto no funciona o el proceso no aparece de forma clara, se puede acceder a la pestaña “Detalles” y utilizar la opción “Finalizar árbol de procesos”, que cierra todos los procesos asociados a esa app.
Este método no solo sirve para cerrar programas bloqueados, sino también para detectar qué aplicaciones están consumiendo demasiados recursos. Reducir la carga de RAM o CPU cerrando procesos innecesarios puede ayudar a prevenir futuros bloqueos.
Otro recurso clásico es el atajo Alt + F4. Este comando intenta cerrar la aplicación de forma ordenada, permitiendo que el sistema guarde el estado del programa si es posible. Es una opción útil cuando la app responde parcialmente, pero no siempre resulta efectiva si el software está completamente congelado. En esos casos, el cierre desde el Administrador de tareas suele ser inevitable.
Para usuarios más avanzados, Windows 11 también ofrece la posibilidad de forzar el cierre de aplicaciones desde el Símbolo del sistema. Al escribir “cmd” en el menú de inicio y ejecutar la terminal, se pueden utilizar comandos específicos para finalizar procesos. El más común es “taskkill /im nombre.exe”, reemplazando “nombre.exe” por el ejecutable del programa. Si se requiere un cierre inmediato y forzado, se puede añadir el parámetro “/f”.

Por ejemplo, para cerrar Google Chrome de forma agresiva, el comando sería “taskkill /im chrome.exe /f”. Aunque este método es efectivo, se recomienda usarlo con precaución, ya que cierra el programa sin guardar cambios.
Más allá de saber cómo cerrar aplicaciones congeladas, los expertos aconsejan prevenir estos fallos manteniendo el sistema actualizado, revisando los programas que se inician junto a Windows y evitando la sobrecarga innecesaria de recursos. Una gestión adecuada del software y de los procesos en segundo plano puede marcar la diferencia entre un sistema fluido y uno propenso a bloqueos constantes.

Conocer estas herramientas permite actuar con rapidez cuando una aplicación deja de responder y evita recurrir a soluciones drásticas como apagar el computador desde el botón físico, una práctica que puede generar más problemas a largo plazo.
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