
—¿Cómo le digo a mi familia que a los cincuenta años me volví gay de golpe?
—Le puedo asegurar que nadie se vuelve homosexual de repente. En todo caso, son temas que estuvieron tapados durante décadas. Que no tuvieron lugar para expresarse y que, en determinado momento, no se pueden seguir reprimiendo.
Las palabras del terapeuta me golpean. ¿Cómo no reconocer su verdad? En el fondo, llevo cuarenta años lidiando como puedo con este tema. En realidad, más tiempo. Ya en el jardín de infantes me gustaba vestirme de mujer, aunque los problemas se hicieron evidentes en la pubertad. Hoy los adolescentes tienen margen para expresar su sexualidad con más libertad, pero antes era muy difícil. A mí, ni mis padres, ni el colegio, ni el club me hubiesen perdonado.
Además, mi homosexualidad nunca fue tan abierta ni contundente, y creo que por eso arrastré esta situación durante tantos años. Algunos chicos tienen claro que quieren ser pianistas o médicos desde la infancia. La mayoría no tenemos esa suerte y caminamos entre la neblina. Con la sexualidad me pasó algo de eso. Pero este proceso que estoy viviendo hace dos años me está comiendo vivo. No puedo más de la angustia, aunque es evidente que tampoco podía seguir tapándolo.
No entiendo qué me pasó, cómo fui deslizándome por la pendiente hasta llegar acá. Al principio, fue la necesidad de dejar de ser tan correcto —y de estar con alguien diferente— lo que me llevó a empezar a engañar a mi mujer con prostitutas después de tantos años de fidelidad. Me justificaba diciendo que necesitaba oxigenarme y para no correr el riesgo de enamorarme de otra persona, decidí que era mejor recurrir a una profesional. Pero eso desató una pulsión contenida que ya no tuvo marcha atrás.
Aunque en aquel momento no lo sabía, había en juego una búsqueda mucho más profunda. Enseguida me di cuenta de que eso no me alcanzaba.
Me acuerdo perfectamente del jueves que vi a Nicky por primera vez en el bar. Era una mujer hermosa, de una belleza imponente. A los pocos minutos me di cuenta de que tenía nuez, no pasó mucho tiempo. Fue un golpe tomar consciencia de que me había sentido tan atraído por otro hombre, aunque estuviese vestido de mujer. Algo se movió en mi interior, a tal punto que días después volví a cruzar mis propios límites y fui a buscar una chica trans a los bosques de Palermo. Después de tener sexo con ella sentí una mezcla de alivio y desasosiego.
No era exactamente lo que buscaba pero era por ahí. No era la estación definitiva, pero sí la ruta. De alguna manera, algo en mi interior me empujaba con una fuerza imparable en esa dirección. ¿Cómo podía estar pasándome algo así? ¿A mí, que siempre había pensado que las cosas eran claras y ordenadas, blancas o negras?
Estoy por entrar nuevamente al consultorio del terapeuta y tengo sentimientos encontrados. Quiero que me ayude, y también siento pánico de las consecuencias que intuyo. “Ayudame, no quiero que me ayudes”, diría Alejandra Pizarnik.
Después de hablar de generalidades durante buena parte de la sesión, me sorprendo al escucharme contándole que estoy movilizado por una travesti. ¿Qué dirían los clientes de mi estudio si se enterasen? Mi reputación y el trabajo de toda la vida se derrumbarían. Pienso en la reacción de mi esposa al contarle y siento que colapso. Y directamente ni me animo a imaginar cómo sería hablarlo con mis hijos. Simplemente no puedo, me resulta imposible de tolerar.
—¿Se da cuenta de que esto no puede traer ningún tipo de bienestar a mi vida?
Después de un largo silencio, mi analista me contesta:
—Es que no acordamos buscar su bienestar, sino su verdad.
Me paro como puedo, lo saludo, y me voy del consultorio temblando. Me quedo pensando en las palabras del terapeuta. Y sí, el bienestar sin verdad es solo anestesia, evasión. ¿Pero existe algo más aterrador que aceptarse a uno mismo?
Vivimos escapando de ciertas situaciones para no pagar costos altísimos, sin darnos cuenta de que al no hacerlo termina siendo aún más costoso. ¿Seré capaz de soportar el precio de esa verdad? Porque en el fondo, no sé si quiero cambiar de vida; solo quiero dejar de sufrir. ¿Pero es posible uno sin lo otro?
Los días pasan y el dolor sigue creciendo. Siento que no puedo, que me voy a morir. ¿Hasta dónde se pueden hacer esfuerzos para evitar ser quiénes somos? Preferiría tener cáncer antes que enfrentar este quilombo. ¿De verdad voy a hacer tanto despelote solo para poder coger con quien quiero y sentirme coherente? ¿No sería mejor aguantar las contradicciones y no hacerles tanto daño a las personas que más amo, y a mí mismo?
De nuevo estoy acostado en el diván. Le explico a Gabriel todas las razones por las que siento que no puedo seguir adelante. Sería suicidarme, destruir mi vida. Cruzar el Rubicón es una historia conmovedora pero yo no soy Julio César. A mí la realidad me va a despedazar.
Entonces escucho palabras que no puedo creer que salgan de mi boca:
—¿Usted no puede ayudarme a volver a ser heterosexual?
Ya está, lo dije, pero no me siento aliviado. Algo me corroe el alma, como cuando Meryl Streep deja ir a Clint Eastwood en Los puentes de Madison.
Después de una larga pausa, me contesta.
—Yo no puedo ayudarlo a ser quien no es. Si quiere, puedo ayudarlo a trabajar para que viva dignamente con lo que es.
La emoción me desborda y me pongo a llorar como un chico. Después de un largo rato las lágrimas van disminuyendo. Siento la paz que genera la verdad.
La paz de sentir que no tengo que tapar ni sostener más nada. La de saber que finalmente voy a poder ser quien soy.
***
No hay mayor sufrimiento que no poder ser uno mismo.
Renunciar a nuestras fantasías y aceptarnos puede ser aterrador, pero es menos doloroso que no hacerlo.
*Juan Tonelli es escritor y speaker, autor del libro “Un paraguas contra un tsunami”. www.youtube.com/juantonelli
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