70000 Tons of Metal: a bordo de la fantasía final del heavy

61 bandas y más de tres mil fanáticos de 80 países se congregaron en el mayor crucero de música pesada en busca de su propia forma de felicidad. La era del cotillón, el culto a los ancestros, la infiltración nazi y un extraño sentido de familia sobre las aguas del Caribe

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Video: Trollfest, Emperor, Stratovarius y más en 70000 Tons of Metal 2025

(DESDE EL CARIBE – ENVIADO ESPECIAL) Aidan es un heavy de Vancouver, Canadá, pelo largo atado en una colita. Dice que tiene 45 años. No tiene motivos para mentirme, pero no le creo, por lo menos, no al comienzo: hay canas en su barba y las arrugas en su cara son hondas y anchas. Luego, sus arrugas se entienden: trabaja en una grúa en un sitio de construcción, ocho horas por día a veces, solo en una cabina, a ocho grados bajo cero y a diez metros del suelo. No tiene hijos, tampoco pareja; solo la música machacante que suena casi todo el día en su cabeza.

Ahorró durante dos años para llegar hasta aquí. La fantasía elemental de un trabajador de guantes de cuero de escapar del frio y de la soledad y vivir sus vacaciones en un crucero hacia el Caribe lo hace feliz. Pero, en este caso, es distinto. No es ese cliché de daikiris. “Vine por la comunidad, man”, me dice, “por gente como vos, copada, buena onda”. Sé que habla sin ironía. Nos conocimos hace cinco minutos aquí en el largo caracol de pasajeros en el dock de embarque de Royal Caribbean en el Port of Miami, pero hay un entusiasmo en su cara y en su voz que es el que siente cualquier ser humano cuando tiene lo que más desea en el momento en que más lo desea.

No volveré a ver a Aidan en el resto del viaje, en los cuatro días y noches que siguen, entre los bares o en el casino o en el buffet del almuerzo y la cena, en los ascensores repletos o en las charlas casuales en los seis jacuzzis a bordo. Se perderá entre los pasajeros, entre las latas de cerveza frente a las torres de sonido. Aquí, la comunidad de la que Aidan habla no se trata de hacer cháchara con extraños, de compartir la fila en el bar o por las toallas para la pileta, sino de volverse uno con la frecuencia, con la onda.

La onda latas de medio
La onda latas de medio litro en el jacuzzi central del crucero

Los otros heavy a lo largo del caracol humano que hacen fila en el embarque, tres mil de ellos, vestidos con sus chalecos de parches, esperan con sus maletas carry on y sus pasaportes, se toman selfies unos con otros, apuran con disimulo las últimas golosinas de marihuana medicinal que compraron el día anterior en Miami, charlan con el que tienen al lado, sintiendo la anticipación. Más de mil de ellos se habían congregado la tarde anterior en una playa de South Beach para la tradicional fiesta previa al crucero; parecían una flota de cuervos que cubría la arena al ser vistos desde arriba, desde la casita del guardavidas. Jugaban a juegos con cerveza entre parlantes portátiles a todo volumen, se abrazaban y lloraban de la emoción al ver el atardecer, con lágrimas borrachas y a la vez genuinas. Luego, limpiaron todo con bolsas de consorcio.

Vienen de 80 países del mundo. Más o menos, un 30 por ciento de ellos son alemanes; escapan del frío del otro hemisferio del mundo, pleno invierno europeo. Hay otros evadidos de la nieve, más canadienses, norteamericanos, escandinavos. Otro 30 por ciento son latinos -colombianos, portorriqueños, mexicanos- en busca de más calor. Hay, por lo menos, cinco argentinos más. Así, atraviesan el check-in y suben por las escaleras mecánicas. Gritan al llegar a la cima, para anunciar que llegaron.

Luego, corren a su camarote en los 338 metros de eslora y las más de 154 mil toneladas del Independence of the Seas para dirigirse por una tarde a Ocho Ríos, Jamaica, y luego regresar. Algunos llorarán a la vuelta al ver la cuenta del bar en sus tarjetas de crédito; una cerveza a bordo vale, como mínimo, ocho dólares. Así y todo, valdrá la pena.

Heavy por definición: Oscar Dronjak,
Heavy por definición: Oscar Dronjak, guitarrista y líder de Hammerfall

70000 Tons of Metal, creado hace 19 años por el promotor suizo Andy Piller, es un crucero y un festival de heavy metal. Es un festival de heavy metal a bordo de un crucero, inusual y extravagante como suene, envuelto en el packaging de una vacación de lujo de Royal Caribbean -un camarote compartido cuesta casi dos mil dólares, sin contar el pasaje a Miami-, con 61 bandas y 122 shows que ocurren desde las 10 AM hasta las 5 AM, sin detenerse, para navegar desde el 30 de enero hasta el 3 de febrero últimos. En el crucero, cada banda toca dos veces en diversos escenarios: bajo cubierta en un lounge estilo Las Vegas, en una pista de patinaje sobre hielo con una acústica notable, en un teatro muy similar al Ópera o al Gran Rex en Buenos Aires o bajo el rayo del sol o la noche, entre el viento, con un jacuzzi frente al escenario, lleno de gente todo el tiempo.

Tengo 42 años. No soy alguien impresionable. Soy un cronista de policiales, para empezar. También soy un heavy, desde mi infancia. Tengo un tatuaje de Slayer en el brazo derecho. A veces, saludo a desconocidos con los cuernos de Ronnie James Dio. Vi casi todo en materia de metal. Viajé por el mundo en busca de la experiencia del metal. Pero lo que 70000 Tons of Metal propone -el equivalente de Disneyworld para un adulto amante de la música pesada- es notable no solo como la experiencia que es, sino por el fenómeno que representa y por la conversación cultural que propone: sobre la cubierta de un crucero al Caribe, o bajo ella, de todos los lugares, el heavy se discute a sí mismo.

Stratovarius: Timo Kotipelto y Jens
Stratovarius: Timo Kotipelto y Jens Johansson

Hay otros festivales en el mapa, como Wacken Open Air en Alemania, Hellfest en Francia, de mucho mayor calibre. Aquí no tocan Metallica, Judas Priest, o Iron Maiden. Pero un festival masivo supone intemperie, chapotear en el barrio, frio, calor, filas eternas por una botella de agua o una hamburguesa, el escenario a cuadras de distancia, ser uno entre cien mil personas. La comodidad, aquí, es, bueno, la comodidad de un crucero de Royal Caribbean.

Los músicos están aquí, todo el tiempo. Son pasajeros. Derrick Green, cantante de Sepultura, entrena sus deltoides en el gimnasio y saluda con el puño y una sonrisa. Peter Baltes, el histórico bajista de Accept, la gloria original del heavy metal alemán, es una leyenda, el creador de un tono memorable, una pared de música pesada. Está aquí para tocar los himnos de 40 años o más junto a Udo Dirkschneider, el histórico cantante de Accept. Sonríe también a quien le hable, con un café y una porción de torta para la merienda. Le hace feliz charlar con extraños sobre su técnica, sobre el dominio de su mano derecha y sobre cómo construyó ese tono. Y esa es la sensación: 70000 Tons of Metal se trata de intimidad.

Emperor es una de las principales bandas en el circuito global ahora mismo, una de las bandas fundadoras del black metal moderno, algo exquisito y a la vez feroz, hecho de misterio y de una intensidad expresiva máxima. Nunca tocaron en Buenos Aires. Aquí, uno puede verlos a cuatro metros de distancia, rodeado de menos de 500 personas. Lo mismo ocurre para otros grandes nombres, de casi todo tipo de música heavy, clásicos del power metal como Stratovarius, Sonata Arctica, Hammerfall, Symphony X, visionarios del metal extremo como Arcturus y Samael, clásicos del death metal como Incantation o Suffocation, bandas que son la métrica del desprecio del ser humano por sus oídos.

Cósmico imperial: Emperor en el
Cósmico imperial: Emperor en el escenario a cielo abierto

Amigos en la era del cotillón

El respeto al otro es total; es la regla. Cada año, en el primer día del festival, tras citarse en Facebook, los pasajeros y pasajeras LGBTQ deciden reunirse en un bar, hacer saber su presencia. Cuelgan su bandera allí, brindan y charlan. Un escandinavo de piernas largas y piel casi rosa mira la bandera y pone cara de asco. Se calla la boca porque no puede decir nada. Si es un homofóbico, si es un transfóbico, se la tendrá que aguantar. Quienes participaron de esa reunión fueron parte de la primera fila en el Royal Theater para el primer show realmente significativo en el crucero: Twilight Force.

Oriundos de Falun, Suecia, son un grupo de power metal sinfónico y ultravirtuoso sin ningún tipo de sutileza. Hay un dragón en la portada de casi todos sus discos. Sus canciones, que transcurren en un mundo de fantasía épica similar a los de Dungeons & Dragons, se llaman “Amanecer de la Estrella del Dragón”, “Espada del Trueno”, “Larga Vida al Rey”. Encima, se disfrazan: el tecladista, Daniel Beckman, es un brujo y los guitarristas, Galen Stapley y Bradley Hall, son un elfo y un hobbit. Kristin Starkey, su segunda cantante, una contralto, es una bruja con cuernos de carnero. Pero la atmósfera en el Royal Theater que conjuran es excitante.

Hay algo honesto, joven, en lo que plantean; Alessandro Conti, su cantante, vestido casi como Aragorn en El Señor de Los Anillos, sostiene esa nota con fuerza, se eleva, entre los duelos de solos y el beat del doble bombo que avanza todo el tiempo. Son capaces de provocar en un adulto heavy una reconexión con lo que lo hizo amar al metal cuando era un chico. Solo hay que dejar de juzgar y comenzar a creer: al día siguiente, más de cien de esos fanáticos hicieron fila para jugar una partida del popularísimo juego de cartas Magic The Gathering con los Twilight Force.

Galen Stapley, elfo y guitarrista
Galen Stapley, elfo y guitarrista de Twilight Force

“Lo que no es hace únicos es que, a pesar de que usamos disfraces, somos totalmente serios”, afirma Starkey en un camarote del Independence of the Seas: “Es genuino. Es sincero”. “Es fácil no darnos una chance a primera vista. Todos aman a Tolkien, pero si ponés guitarras heavy metal sobre sus historias, de repente. no te creen tanto”, apunta Beckman.

-Hay una fantasía de escape implícita en su música. El metal mismo, en buena parte, lo es.

Starkey: Y esa fantasía de escape es increíblemente importante. Hay muchas cosas horribles que pasan en el mundo hoy. A veces, quiero estar en un lugar que no tenga nada que ver con el mundo, donde vas a ser elevado, no herido.

Los fanáticos en la línea de frente del concierto de Twilight Force llevaban espadas de cotillón propias del juego Minecraft, hachas y mazas medievales inflables. Las alzaban al cielo con una mezcla de éxtasis y tontería hilarante, capaces de reírse de sí mismos. para unirse aún más con la fantasía. Había decenas de estas armas de cotillón. Sería aún más ridículo todavía al día siguiente, en el primer gran show en la cubierta del jacuzzi: Trollfest es una banda noruega de folk metal, jodona, pero áspera al fin. Se disfrazaron de flamencos rosas para salir al escenario. No solo ellos; muchos en el público también lo hicieron, flamencos rosas por doquier bajo el sol camino a Jamaica, que danzan con el tono podrido de una guitarra y un escandinavo que berrea en un micrófono. Y es una fiesta, solo que con metal.

El arsenal: cotillón y daikiris
El arsenal: cotillón y daikiris en el jacuzzi central

No es algo nuevo para el movimiento, acostumbrado a discutir más consigo mismo que con el resto del mundo; la tendencia del disfraz y el cotillón ocurre hace varios años, principalmente en festivales como el Obscene Extreme en la República Checa.

El choque cultural, para mí, es notable, porque me choca: soy latinoamericano, vengo de V8 y de Argentina, donde el heavy metal es de la calle, es un fenómeno de la clase trabajadora, algo serio, adusto. Puede ser fantástico, grotesco, podrido, todo lo que uno quiera, pero hay una seriedad imposible de discutir. Un festival de bandas, mucho menos, tiene que ser una experiencia de lujo. Supongamos que Piller, el productor general de este evento, intentara crear un evento así para Latinoamérica. Si logra vencer esa barrera, entonces tendrá un éxito.

El miedo al ridículo tampoco existe en 70000 Tons of Metal. Hay gente disfrazada por doquier, de cualquier cosa. Intento entender por qué. Jane es canadiense también. Trabajaba en una funeraria, ahora es albañil. Dice que gana mejor. Le pregunto por los disfrazados, con el agua al cuello en la pileta principal. “Es gente que se siente marginada, social, económica, afectivamente marginada, simple como eso, solo que tienen una forma de expresar su marginación diferente a la tuya”, dice Jane.

No es una alucinación: Jostein
No es una alucinación: Jostein Austvik de Trollfest, vestido como flamenco rosa

Antwan es oriundo de Georgia, Estados Unidos, no debe tener más de 30 años. Anda por todos lados con un pene de plástico de 30 centímetros de largo. “Jeff”, se llama su dildo. Todos se lo piden por su nombre. Arrebatárselo para golpear a otros mientras tocan las bandas es como un juego de guerra aquí.

-¿Por qué andás con un pene de plástico?, le pregunto a Antwan en un baño, mientras los brasileños Krisiun masacran a metros de distancia con los martillos death metal de su histórico disco Conquerors of Armageddon. Me hace sentir como un idiota por preguntar algo tan obvio. Su respuesta es:

-¿Por qué no?

Thorben, de Noruega, un hombre casi en sus 60, se disfraza de vikingo con un casco con cuernos de cotillón, hecho de goma. Es otra celebridad aquí. Todos lo saludan. “Vengo desde 2018”, dice Thorben, con el mismo caso. Nunca lo vi sobrio en toda mi estadía en el crucero. Pero todos aquí parecen sus amigos. Es más que el ebrio del pueblo: es un amigo. Lo abrazan con honor, como si fuese el presidente. Y ese es el otro secreto en 70000 Tons of Metal: su sentido de comunidad. Hay sexo, desde luego, de todo tipo, con casi 40 por ciento de mujeres y poco más de 60 por ciento de varones. Solo hay que saber buscarlo; los jacuzzis son un buen lugar para empezar. Pero, más que nada, se trata de amistad.

Las ventas del propio merchandising del festival superan al de las bandas. Los habitués se llaman a sí mismos marineros, sobrevivientes. El propio productor Piller es como una celebridad; todos le conocen la cara, hablan de él en los grupos de Facebook en torno al evento. Ningún otro productor de espectáculos en el metal logra esto. Su padre murió el año pasado a los 89 años. La foto de Edgar Piller puede verse en la última página del programa.

Atardecer en South Beach: la
Atardecer en South Beach: la fiesta previa al 70000 Tons of Metal

Cecilia es una argentina aquí, una de pocas. “Ash” es su apodo. Todos los que la saludan o preguntan por ella le dicen así. Ama el metal virtuoso y épico. Trabaja en sistemas, en un banco.

Uno, al ver un argentino aquí, solo puede pensar en la dificultad del dólar.

-¿Cuándo empezás a ahorrar para venir?

-¡Todo el año! Vengo desde 2019. Es mi cuarta vez en el crucero.

-¿Por qué venís?

- Porque es costumbre, es familia, por el ambiente. No importan las bandas. Comer es lo de menos. A veces, no da el tiempo para comer. Corrés de un escenario a otro. Comparto el camarote con gente que conocí acá en el barco, somos cuatro.

-En Argentina, el heavy metal es una cultura de la calle. Nada tiene que ver con un crucero, con una experiencia de lujo.

-¿¡Por qué!? Hay de todo. Uno asume que el metal sí o sí es de la calle. Al pensar así, nos discriminamos a nosotros mismos.

Udo Dirkschneider y el autor
Udo Dirkschneider y el autor de esta nota en el casino del Independence of the Seas

Julio es de Santiago de Chile, también un profesional, un universitario. Su aliento a cerveza y ron me perfora el teléfono. También su efusividad. Julio, también, venció esa barrera hace tiempo. “Esto es un festival cinco estrellas, hermano, comida ilimitada. En Chile no vas a tener esto hermano, bebiendo, diez bandas, cincuenta bandas. Tienes que hacer esta experiencia una vez en la vida”, dice en el casino, frente a un tragamonedas, con total convicción.

A pocos metros de distancia, Udo Dirkschneider posa con quien se lo pida. Es una absoluta leyenda, la voz que cuarenta años atrás cantó Balls To The Wall. Claro que le pedí una foto. Del otro lado del barco, Emperor interpreta su disco In The Nightside Eclipse, una de las marcas más altas de la historia del black metal y del heavy en general, editado hace 30 años. Hay 17 platillos en la batería de Trym Torson. Ihsahn, su cantante, está intacto: tenía 19 años cuando escribió ese disco. Nada se siente viejo, vetusto, refritado porque sí. Lo que generan es sobrecogedor. Es música más allá de la raza humana, inteligencia sin vida, una forma cósmica de maldad, la prueba de que el heavy metal es arte.

Cabra: Leif Eidling, creador y
Cabra: Leif Eidling, creador y principal compositor de Candlemass

Los cráneos crucificados de tus ancestros

El metal no tiene el problema del edadismo, propio del resto de la música en la actualidad; no tiene esa enfermedad loca por la juventud donde cualquiera a los 35 es viejo o descartable. Respeta a sus antepasados y los eleva casi a una forma de divinidad, como si fuera el vudú haitiano y en las religiones chamánicas, porque esos ancestros son maestros que crearon algo y lo enseñaron y así su creación perduró en el tiempo. Hay bandas nuevas brillantes aquí, Stormruler de Saint Louis, Missouri, black metal melódico, gélido, que impresiona por su arrojo, su precisión y velocidad, con un concierto aclamado que llenó el lounge tipo Las Vegas. Pero esas bandas nuevas respetan a los dioses, a los heavies viejos que jamás se rindieron. Mappe Björkman es uno de ellos.

Björkman fundó Candlemass hace 40 años en Estocolmo, Suecia, junto a su principal compositor, el bajista Leif Eidling. Crearon una institución del doom metal, lento, épico y asfixiante, que tomó el guante arrojado por Black Sabbath. Su disco debut, Epicus Doomicus Metallicus, una placa inequívoca que define al doom, tiene un cráneo crucificado en la portada, uno de tantos emblemas del movimiento. Björkman se lo tatuó en la mano derecha. Johan Längqvist, el cantante que grabó ese disco, regresó a la banda cinco años atrás. Lars Johansson, su otro guitarrista, sigue allí desde 1987 y su monumental disco Nightfall. Los vi en el Royal Theater. No habría más de 500 personas, unidas por el heavy y separadas entre sí, ante tipos más allá de sus 60 que tocaban con la belleza y el abandono que solo se le permite a veinteañeros. Nunca perdieron su mística. Candlemass todavía es cool.

En otro camarote con balcón frente al mar, en un día de sol pleno, a más de 21 nudos de velocidad, Björkman y Längqvist buscan una respuesta a algo inexplicable.

Björkman y Längqvist, guitarra y
Björkman y Längqvist, guitarra y voz de Candlemass

Björkman: Tenemos 40 años de carrera, pero nunca nos vendimos. Siempre hicimos algo que creíamos era bueno para nosotros y nuestros seguidores. Se trata, al fin y al cabo, de guitarras distorsionadas. Y después de 40 años, hay una audiencia en nuestros shows que ni siquiera había nacido cuando salieron nuestros primeros discos. Están ahí. Padres que vienen con sus hijos. Vienen adolescentes. Ese es el mayor respeto que podés tener. Hay que cuidarlo.

-Ustedes son vitalicios del heavy. ¿Cuántos como ustedes murieron en el camino?

Björkman: Toca Udo, tenemos que ir a verlo.

Längqvist: Me lo pregunto a mí mismo cada tanto. El día que no podamos dar un buen show, no lo haremos más.

-Todavía está ese sonido. Lo buscaron toda su vida.

Björkman: No sabíamos qué íbamos a hacer desde el comienzo. Hacíamos algo que estaba totalmente bajo del radar, si lo comparábamos incluso a otras bandas suecas. Nadie hacía doom metal. Y estaba esta otra banda, en Chicago, llamada Trouble, que hacía lo mismo que nosotros. Conseguimos su primer disco, Psalm 9.

Längqvist: ¡Era heavy!

Björkman: Nos conectaron los fans, los locos de este tipo de música. Tocamos en Chicago en 1988 y los conocimos allí. Nos hicimos amigos. El sonido viene, también, de cómo tocan otros.

Tono absoluto: Rick Wartell y
Tono absoluto: Rick Wartell y Bruce Franklin, guitarras de Trouble

Trouble está a bordo en el crucero, la otra gran banda del doom metal moderno junto con Saint Vitus, una banda cristiana, irónicamente. Sus guitarristas, Bruce Franklin y Rick Wartell, son vitalicios también, soldados del sonido que buscaron durante todas sus vidas. Björkman se sentará en una butaca para ver a sus viejos amigos y colegas interpretar su clásico LP The Skull en la pista de patinaje, a oscuras, con doble amplificación, cuatro paredes Marshall con cuatro cabezales JCM-800, un abuso al oído que le rinde justicia a la música. Suffocation lo hizo bajo el sol, una de las bandas más influyentes del death metal contemporáneo a casi cuarenta grados de temperatura. Terrence Hobbs, guitarrista, es el único miembro original, junto a Derek Boyer, su bajista, un músico magnético de ver, con su bajo sin cabeza casi a la altura de sus tobillos. Pero las canciones son letales, no importa quiénes las toquen, “Funeral Inception”, “Jesus Wept”, “Liege of Inveracity”, cosas que hace tres décadas marcaron el camino.

John McEntee, guitarrista, cantante y líder de Incantation, encontró la misma forma para sobrevivir; una tranfusión de sangre fresca, es el único canoso en una banda de treintañeros. Es imposible decir que McEntee es un refrito de sí mismo, con una serie de discos excelentes editados en la última década como Sect of Vile Divinities. En todo caso, toda una subcultura refrita a McEntee. A mediados de los 90, LPs ultrapodridos como Mortal Throne of Nazarene u Onward to Golgotha eran demasiado pesados como para ser apreciados de inmediato; hoy, Incantation son la nueva normalidad del death metal, hay tantas bandas que suenan como ellos hoy.

Caribe descompuesto: Incantation, clásico death
Caribe descompuesto: Incantation, clásico death metal

“Ese era el punto cuando hicimos esos discos. Queríamos separar a los caretas y enseñarle a la gente cuál era la verdad”, dice McEntee, en esa forma adorable que tienen ciertos metaleros de pelearse con enemigos imaginarios. “Al principio, no gustaba, pero pasó un año y todos los entendieron. Otros lo hacían más fácil de escuchar. Nosotros queríamos que fuese brutal pero en otra forma, crudo, oscuro. A mí me tomó semanas entender a Posssesed con Seven Churches, hasta que hice un click. En los 90s, muy pocos estaban inspirados por nosotros, era muy underground. Después, a mediados de los 2000, comenzó a pasar. Al principio era rarísimo escuchar algo que yo hubiese escrito. Lo sigue siendo”. Hoy, McEntee sabe que es su momento, que logró ese status de ancestro, que le corresponde esa reverencia heavy, aunque no lo diga en voz alta.

-Nunca tiraron la toalla en toda su carrera. Nunca. Fueron más estrictos que nadie. Hubiese sido fácil darlos por sentados.

McEntee: Me importa un carajo si me respetan o no. Es death metal. ¿Cómo te vas a preocupar por eso? No puedo dar por sentado el lugar que tengo, por otra parte. No puedo llamar a alguien un fan. Esa persona es alguien que nos apoya. En Argentina tocamos en Río Gallegos en 1999, nadie había hecho eso. Era una locura. Me regalaron un cenicero con unos pingüinitos de souvenir.

Terrence Hobbs y Derek Boyer,
Terrence Hobbs y Derek Boyer, guitarra y bajo de Suffocation

Los infiltrados

Tal vez es injusto preguntarle a McEntee por esto, pero las formas más crudas del metal extremo suelen atraer a nazis, a la ultraderecha fascista. Históricamente, se encerraron en sus propias escenas, con bandas feas y malas, mediocres. En los últimos años, esa ultraderecha dentro del metal comenzó a atreverse un poco más. No necesitan mucho para hacer saber su presencia. A veces, alcanza un parche de una banda nazi entre decenas de otras en un chaleco, con ciertas opiniones homofóbicas y antisemitas, teorías conspiranoicas y llantos contra lo woke, donde los varones blancos son las grandes víctimas del mundo. Pueden verse algunos en el crucero, disimulados a simple vista. Son la minoría, poquísimos aquí, pero están.

-Esta gente se esconde detrás de la libertad de expresión.

McEntee: Es una situación difícil, porque creo en la libertad de expresión.

-¿Esa libertad también incluye a los discursos de odio?

McEntee: Debería. Es el derecho de la gente a expresar sus opiniones. No debería llevar a la violencia. Podés estar en desacuerdo. Si lo quieren decir, entonces que se aguanten las consecuencias.

Twilight Force es más tajante al respecto, a pesar del mundo del fantasía en el que existen: “Cualquier forma de discurso de odio no debería tener espacio en ningún lugar, en el metal o en ningún lado. Sin embargo, a los fascistas los señalan. Ya no le sale gratis”, afirma Daniel Beckman.

Andy Piller, cabeza de 70000
Andy Piller, cabeza de 70000 Tons of Metal, foto de 2021

Andy Piller, el verdadero capitán del barco, da su conferencia de prensa tradicional en el último día. Se lo ve ajado, cansado, en palabras de Bilbo Baggins, poca manteca untada sobre demasiado pan. Pero está ahí, frente a la prensa. Una ráfaga de viento cerca de la costa de Cuba le movió el escenario principal. Todavía lleva el luto por su papá en las ojeras. “Siempre decimos en joda que el crucero es las Naciones Unidas del metal en el mar. Hay gente de 80 países”, asegura. El récord previo había sido de 74 sellos de pasaportes: “Es gente de diferentes razas, religiones, de países que están en guerra entre ellos, que vienen a esta fiesta en el mar. Toda nuestra familia se reúne aquí una vez al año”. Habrá un crucero en 2026, del 29 de enero al 2 de febrero: el destino será Labadee, en la costa de Haití.

Hay grandes muertos en la historia del metal. No puede haber 50 años de movimiento sin lápidas de los pioneros al costado del camino, sea por la droga, por el alcohol, por la enfermedad o por el simple paso del tiempo; Dio y Cliff Burton de Metallica, Lemmy Kilmister y Animal Taylor de Motörhead, Paul Di Anno de Iron Maiden, Ragne Wahlquist de Heavy Load, Mark Shelton de Manilla Road. Y los grandes se desvanecen. Iron Maiden tal vez enfrente su gira final; Nicko McBrain, su baterista, dejó de tocar el año pasado. Rob Halford de Judas Priest sube al escenario apoyado un bastón. Pero todavía quedan algunos originales en pie, incapaces de caer.

Allá afuera, en el viento caribeño, Udo Dirkschneider grita en la cubierta superior el metal de Accept, vestido con su camisa militar, sus Ray Ban Clipper y sus guantes calados de cuero. Tiene 72 años. Pero su voz de cuchilla todavía está allí; su alarido suena apenas un poco más baja que 40 años atrás. Resiste, como un coronel Kurtz en la frontera de la cultura humana, testarudo, loco, desafiante.

Udo Dirkschneider, todavía en pie
Udo Dirkschneider, todavía en pie

fotos y video: Federico Fahsbender

nota: los nombres de los pasajeros fueron alterados para proteger su privacidad.