El asesinato de Martin Luther King: el FBI tras sus pasos, una premonición y un tiro que nunca se supo de dónde salió

El líder de la lucha por los derechos civiles fue asesinado a los 39 años. El presunto homicida confesó el crimen y se desdijo de inmediato

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Luther King fue el líder
Luther King fue el líder más visible en la lucha por los derechos civiles de la población afroamericana en Estados Unidos: logró congregar a 250.000 personas en una marcha a Washington D.C.

“Estoy cansada”, dijo Rosa Parks. Tenía 42 años, volvía de una jornada larguísima de su trabajo como costurera y, antes de advertir que estaba cansada, dijo tres veces que no. Parks era afroamericana y acusaba el cansancio de esa tarde y de toda una vida: eso a lo que se negaba era a la obligación de cambiarse de asiento en un colectivo, en Montgomery, Alabama, para cederle el que ocupaba a un estadounidense blanco. Era diciembre de 1955 y la discriminación a la población negra estaba sostenida en políticas concretas de Estado.

Los niños afroamericanos no podían ir a las mismas escuelas que los blancos; muchos almacenes, bares y otros locales ostentaban un cartel en su puerta que decía “Sólo personas blancas”; los salarios eran considerablemente peores para los afroamericanos ante igualdad de tareas, y además accedían a puestos menos calificados; votar no era un derecho para esa población.

Ese era el escenario de la población afroamericana ante el que Rosa Parks, una tarde cualquiera, dijo basta. La encarcelaron, pero su hartazgo y su lucha se iban a encadenar con la pelea de una de las figuras más importantes de la lucha por el fin de la segregación y la conquista de los derechos civiles para la población afroamericana: Martin Luther King.

El 1º de diciembre de 1955, la tarde que Parks dijo que no, no y no, faltaban 4.508 días para que una bala asesina destrozara el mentón y el cuello de uno de los líderes espirituales y políticos que cambiaron la historia del siglo XX. Nadie podía sospechar todavía que lo matarían a sus jóvenes 39 años.

Rosa Parks, activista, fue encarcelada
Rosa Parks, activista, fue encarcelada tras no actar las normsa racistas en un autobús. Detrás suyo, Luther King. Juntos lideraron un boicot de más de un año a los colectivos

Nacido para predicar

Martin Luther King fue, desde el primer día de su vida, Martin King Jr. Era el hijo de Martin King, un pastor de la iglesia bautista cuya comunidad de feligreses crecía en Georgia, en el sur de los Estados Unidos. Su bisabuelo había sido esclavo en los tiempos en los que toda esa franja geográfica del país apelaba a la explotación laboral extrema para llevar a cabo su actividad agrícola, ganadera y minera. Esas raíces esclavas, como la de tantos otros miles de afroamericanos, marcaron la vida de su familia.

Lo de Luther como segundo nombre llegó cuando Martin tenía 5 años. Toda la familia viajó a Europa y Martin padre, en Alemania, conoció de cerca la obra y el pensamiento de Lutero: el padre de la Reforma protestante -y uno de los impulsores de que un sacerdote pudiera formar una familia- lo conmovió. Así que se agregó su nombre y se lo puso también a Martin Jr. La impronta religiosa se hacía cada vez más grande en su vida.

Tan grande fue esa impronta que, aunque entró a la universidad a los 15 años sin haber terminado el secundario -porque un examen de nivelación y aptitudes consideró que ya estaba listo-, su destino fue la formación como ministro de la misma iglesia en la que predicaba su padre. A Martin Luther King Js. lo esperaba la vida pastoral. Y, desde ese lugar, convertirse en el vocero de una lucha anclada en las mismísimas raíces de la conformación de la sociedad norteamericana.

El boicot que lo hizo popular

La tarde que Rosa Parks se cansó del todo, Martin Luther King Jr. llevaba un año como pastor bautista. El encarcelamiento de Parks habilitó un hartazgo y una necesidad colectiva de poner un límite a la segregación, que tenía impacto cotidiano en la población con raíces africanas. MLK, como empezó a ser nombrado en los medios de comunicación, encabezó un boicot a los autobuses de Montgomery que se extendió por 382 días.

Luther King creció en una
Luther King creció en una familia religiosa y formó su comunidad de seguidores a partir de su actividad pastoral Crédito: Wikimedia/ Cleveland Plain Dealer - sourcefrontback, Public Domain, https://commons.wikimedia.org/w/index.php?curid=38506228

Hubo, durante toda esa protesta no violenta que implicaba que los afroamericanos no tomaran colectivos, arrestos -MLK fue uno de los encarcelados-, amenazas de muerte, explosivos que aparecieron en las casas de los mayores referentes del boicot, y una decisión irrevocable de esa población discriminada: no levantarían la medida hasta que se les permitiera subir a cualquier colectivo y sentarse en cualquier asiento. Algunos llegaron a caminar hasta 30 kilómetros para llegar a sus trabajos: ni ese esfuerzo los doblegaba. El boicot terminó cuando terminó la separación de los colectivos en sectores diferenciados para blancos y negros.

La del boicot a los autobuses de Montgomery sería la primera gran intervención pública de MLK, que encabezaba una de las cinco organizaciones que, a lo largo de todo Estados Unidos, lideraban la lucha por los derechos civiles de la población afroamericana. La discusión más frecuente al interior de esas organizaciones solía ser si las protestas debían ser pacíficas o más radicales: Luther King siempre militó por la no violencia, inspirado explícitamente en Mahatma Gandhi. Esa mirada sobre el conflicto que denunciaba le valió ser el contrapunto de Malcolm X, otro gran referente de los afroamericanos, que también moriría asesinado a tiros.

La no violencia como método

Después del boicot, la figura de MLK sólo creció. Su púlpito se convirtió en un altavoz desde el que contagiar a su comunidad para que se sumara a la lucha. Protagonizó marchas pacíficas en todo el país y su figura se fue agrandando al punto tal de que se convirtió en un referente que se reunía con el Presidente norteamericano -John Fitzgerald Kennedy o Lyndon Johnson, por ejemplo- para impulsar y negociar leyes que mejoraran el escenario de su comunidad.

Su insistencia con la no violencia le valía popularidad entre buena parte de la comunidad afroamericana, aunque no en toda: quienes estaban incluso más extenuados por la segregación impulsaban métodos más radicales. Cada vez ganaba más respeto en la opinión pública que no se identificaba directamente con su causa pero sí con sus métodos. Y la convocatoria a las manifestaciones que encabezaba era cada vez más creciente.

MLK y Malcolm X, dos
MLK y Malcolm X, dos líderes de la comunidad afroamericana que lucharon por los derechos civiles. Library of Congress/Marion S. Trikosko/Handout via REUTERS

Esa crecimiento volcánico de su importancia era de doble filo: a medida que se sumaban de a miles las personas que lo seguían, también se engrosaba la lista de personas que querían verlo arruinado. O muerto. En los estados del sur, donde la tradición esclavista y, por definición, racista tenía mucho más pregnancia, MLK era una amenaza para los defensores de un statu quo completamente segregacionista. Y también parecía serlo para el FBI: según se supo tras su asesinato, al menos desde 1961 ese organismo empezó a seguir de cerca sus movimientos.

El Bureau Federal de Investigaciones estaba en manos de su líder histórico, J.D. Hoover, conocido por su persecución a determinados líderes, su manejo personalísimo del organismo que había prácticamente inventado y su conservadurismo político recalcitrante.

“Tengo un sueño”

El 28 de agosto de 1963, menos de tres meses antes del asesinato de JFK en Dallas, Martin Luther King Jr. congregó a unas 250.000 personas en Washington D.C. y pronunció uno de los discursos más importantes de la historia estadounidense. En el Lincoln Memorial, frente al Capitolio, dijo esa frase que quedó asociada a su figura para siempre: “I have a dream” (“Tengo un sueño”).

En la Marcha por la Libertad y el Trabajo, MLK pidió por el fin del racismo y la igualdad civil y económica. Aseguró que su sueño era el de un país en el que los hijos de los esclavos y los hijos de los dueños de los esclavos se sentaran a la misma mesa, un país en el que los afroamericanos tuvieran sus derechos como ciudadanos garantizados, desde el voto hasta el acceso a la educación, y estuvieran a salvo de la desmesura policial con la que eran tratados.

JFK junto a los líderes
JFK junto a los líderes de la lucha por los derechos civiles en una reunión en el Salón Oval. REUTERS/Library of Congress

Kennedy ya estaba comprometido con impulsar leyes que contemplaran mejoras para la población afroamericana, algo que finalmente se alcanzó en 1964 y 1965, tras su homicidio.

Cerca de los trabajadores

Luego de esas conquistas, la lucha de MLK encontró nuevas causas. La justicia social y la igualdad de oportunidades para el desarrollo económico fueron sus nuevos motores. Aseguraba que cada ciudadano, sin importar su etnia, debía tener acceso a un trabajo digno, con un ingreso mínimo que asegurara su subsistencia en buenas condiciones. Eso empezó a acercarlo mucho más a los movimientos sindicales y a los trabajadores, así como a las organizaciones que nucleaban a la población más pobre.

A eso se sumó el estallido de la Guerra de Vietnam. Ante ese escenario bélico, Luther King definió al Estado norteamericano como “el mayor productor de violencia del momento”, algo que generó especial malestar en instituciones que ya lo miraban de reojo desde hacía tiempo. Su convocatoria a marchas pacíficas para repudiar la invasión norteamericana fue constante, aunque también le valió el repudio de quienes insistían cada vez más con que había que radicalizar la lucha.

La muerte al acecho

En enero de 1968, MLK visitó Memphis para conocer de cerca las condiciones de los trabajadores de sanidad y de limpieza de esa ciudad de Tennessee. Esos trabajadores ganaban 40 centavos de dólar por hora, cuando lo que se exigía era un salario mínimo de 2 dólares por hora, y continuaba la segregación.

Los trabajadores blancos, por ejemplo, tenían acceso a que el empleador les pagara el traslado desde la casa al trabajo y viceversa si las condiciones climáticas lo requerían. Pero los afroamericanos no. Además, seguían sosteniéndose diferencias salariales y de acceso a los mejores puestos de trabajo.

El motel Lorraine, donde MLK
El motel Lorraine, donde MLK fue asesinado, hoy es un espacio dedicado a su memoria y a su lucha. REUTERS/Karen Pulfer Focht

Luther King volvió a Memphis el 3 de abril de ese año. Se estaba llevando a cabo una huelga de esos trabajadores, que ya llevaba varias semanas, e iban a preparar una gran manifestación para hacer cumplir sus exigencias. Llegó a la ciudad contrariado: el vuelo que lo llevaba había salido con retraso porque había sufrido una amenaza de bomba directamente relacionada con su presencia allí.

El discurso que dio en la iglesia a la que había sido invitado resulta premonitorio. Esa tarde dijo que había subido a la cima de la montaña y que, allí, Dios le había mostrado la Tierra Prometida. Que claro que ansiaba la longevidad -en ese momento, él y su esposa, sobre todo su esposa, criaban a cuatro hijos- pero que si por algún motivo no la alcanzaba, sabía que todos los estadounidenses iban a lograr ver la Tierra Prometida por la unión entre hermanos. Que eran días difíciles para él -esa misma mañana lo habían amenazado de muerte- pero que estaba feliz porque él había logrado ver esa Tierra Prometida y estaba seguro de que todos sus compatriotas accederían a ella.

Un disparo indescifrable y una condena exprés

El tiro de rifle que mató a MLK entró por el mentón y le destrozó el cuello. El roce con la aorta resultó letal. Fue hacia las seis de la tarde del 4 de abril, al día siguiente de su último discurso. Luther King estaba en el balcón del motel Lorraine, en el que se alojaba y que hoy es un espacio dedicado a su memoria en Memphis. Lo acompañaban algunos de sus colaboradores más cercanos. Intentaron reaminarlo durante una hora pero no hubo manera: el disparo había sido certero.

Tras el asesinato, hubo una
Tras el asesinato, hubo una marcha encabezada por la viuda de MLK: participaron 50.000 personas. La pareja había tenido cuatro hijos (AP)

Los desmanes que desencadenó el asesinato del líder más visible de la lucha por los derechos civiles de los afroamericanos tuvieron un saldo de alrededor de 50 muertos. La desesperación, la furia y la tristeza se sintieron en todo Estados Unidos. Hasta que MLK habló en Washington sobre el sueño que tenía para su comunidad y su patria, nadie desde Abraham Lincoln había dicho algo tan certero sobre cómo había que construir el destino de ese país. Había sido en 1863, tras el final de la Guerra de Secesión. A Lincoln también lo asesinaron.

Dos meses después del tiro que mató a Luther King, un hombre fue arrestado en Heathrow, el aeropuerto londinense. James Earl Ray, un ex convicto, fue capturado y extraditado muy rápidamente. Habían seguido su pista por Portugal y sabían que viajaría al entonces territorio de Rhodesia. Bajo presión, confesó el asesinato. El abogado que lo asistía le recomendó que lo hiciera para salvarse de la pena de muerte, que seguramente sería ejecutada a través de la silla eléctrica. Apenas tres días después, se desdijo.

Aseguró que era parte de una conspiración mucho más grande, que no había sido el autor material del crimen ni mucho menos el instigador. Nada de eso fue tomado en cuenta y fue condenado a 99 años. Después de una fuga que duró tres días, le sumaron un año más a la condena.

Exigió un nuevo juicio hasta el final de su vida. Incluso un año antes de morir se reunió con uno de los hijos de MLK, que, convencido como el resto de su familia de que el asesinato de su padre había sido un plan mucho más grande que el de “un lobo solitario”, apoyó esa solicitud. Pero el nuevo juicio nunca llegó y James Earl Ray murió en 1998, condenado por asesinar a Luther King.

Luther King es uno de
Luther King es uno de los grandes protagonistas de la historia estadounidense representados en los memoriales de Washington D.C.. (Calla Kessler/The New York Times)

Las pericias balísticas sobre el rifle Remington que se encontró en las inmediaciones del motel Lorraine nunca lograron demostrar que Ray lo había disparado ni siquiera que había sido el arma homicida. La Policía informó con contradicciones el lugar desde el que presuntamente se habría producido el disparo. Nunca se supo, ni se investigó, cómo un hombre con los escasos recursos de Ray había tenido los medios para una fuga por distintos países sostenida a lo largo de los meses.

El Estado federal empezó a investigar una posible conspiración pero rápidamente cerró el caso. Nunca quedó claro hasta dónde había llegado el espionaje del FBI sobre MLK, ni sus acciones sobre la investigación (o el encubrimiento) del homicidio. El cadáver de MLK fue despedido en la iglesia bautista de Atlanta en la que su padre había sido pastor y en la que él había crecido. Con los años, fue trasladado a un parque que le rinde homenaje, en el que desde 2006 también descansan los restos de su esposa, la activista Coretta Scott King.

Pasó más de medio siglo desde su asesinato y aún hay dudas sobre qué ocurrió realmente. De lo que no hay dudas es de las transformaciones que ese pastor impulsó para que su país se pareciera cada vez más a la Tierra Prometida con la que soñaba.