
Cuando Juan Cruz Buteler Piuma (30) pisó las Islas Malvinas por primera vez en 2014, entró, finalmente, en la historia más íntima y dolorosa de su familia. Había escuchado el relato de su abuelo, Gustavo Piuma Justo, centenares de veces: lo contaba en almuerzos familiares, en entrevistas y cada 2 de abril, para el Día del Veterano y de los Caídos en la guerra. Pero recién cuando caminó por los montes la isla Gran Malvina, cuando vio los restos del Mirage Dagger que su abuelo piloteó durante el conflicto bélico y cuando atravesó el mismo trayecto que él recorrió —arrastrándose, y con el cuerpo herido después de haberse eyectado del avión para salvar su vida— entendió, en carne viva, lo que significaba esa historia.
“Ahí le puse imagen a todo. También caí en la cuenta de lo que él había hecho. Fue un quiebre en mi vida, una experiencia que no voy a olvidar jamás”, resume Juan Cruz en charla con Infobae. Tenía 19 años y estaba cursando las primeras materias de la carrera de Administración de Empresas cuando su tío lo llamó para sumarlo a una travesía con destino simbólico: volver a las islas, 32 años después de aquel 21 de mayo de 1982, fecha en que su abuelo fue abatido en un combate aéreo. Lo habían dado por muerto. En Tandil, a su esposa y sus cuatro hijos les dijeron que había caído combatiendo. Días más tarde, un llamado le devolvió la vida.
Gustavo y su nieto tenían una relación entrañable. “Cuando mi tío organizó el viaje, él dijo: ‘Quiero que venga Juan Cruz’. Me tenía mucho cariño”, cuenta. “El ‘Tata’, como lo llamábamos, siempre fue un abuelo superpresente. A mí me enseñó a nadar y, a los 11 años, me llevó a conocer Disney: nos subimos a todas las montañas rusas”, recuerda.
Tiempo después, mientras Juan Cruz estudiaba en la Universidad de Buenos Aires (UBA), el departamento de Recoleta donde vivía Gustavo se convirtió en su segunda casa. Por la cercanía con la facultad, dormía allí varias veces por semana. Esos días, cuenta ahora, compartían largas charlas en las que el relato de Malvinas se repetía una y otra vez. “En la casa tenía colgado un cuadro de madera con restos del avión, que le había regalado el periodista Santo Biasatti. Yo lo veía todo el tiempo y siempre le pedía que me contara la historia. La escuché mil veces”, dice.


Un antes y un después
En mayo de 2014, a sus 70 años, Gustavo Piuma Justo regresó a Malvinas junto a uno de sus hijos, también llamado Gustavo, tres de sus nietos —Juan Cruz, Diógenes y Lucas— y su cuñado y amigo, Alberto Fonrouge. Primero viajaron hasta Río Gallegos y, desde allí, un avión que venía de Chile los llevó hasta Puerto Stanley (Puerto Argentino). “Cuando llegamos, mi abuelo estaba movilizado, pero no al nivel que veríamos con el correr de los días”, cuenta Juan Cruz, que todavía recuerda la hostilidad del clima. “Había mucha niebla, viento y un frío que te penetraba los huesos. En todo momento tuve una sensación de nostalgia y tristeza”, describe.
Al día siguiente, ya en Port Howard, en la isla Gran Malvina, Gustavo y los suyos se alojaron en la casa de una isleña que había montado un pequeño museo en su jardín con objetos encontrados en lo que décadas atrás fue el campo de batalla. “Apenas llegamos nos dijo: ‘Tengo algunas cosas de la guerra atrás’. Imaginate la sorpresa de mi abuelo cuando reconoció el asiento eyectable del Mirage Dagger que piloteó, su paracaídas, su traje anti -G y un pedazo del ala de su avión. Estaba eufórico. Hasta se probó el traje: ‘Este es el mío’, decía”, cuenta su nieto.
Seis años después del conflicto bélico, Gustavo escribió a máquina su vivencia en un texto de diez páginas al que tituló “Experiencia de guerra de un piloto de caza”. Según detalló, el 21 de mayo de 1982, volaba como parte de la escuadrilla “La Ratón”, integrada por el Capitán Donadille y el Primer Teniente Senn. La misión era atacar fragatas británicas en el estrecho de San Carlos; pero en el trayecto, los interceptaron aviones Harrier y un misil impactó en el Mirage Dagger que piloteaba. Pudo eyectarse, pero el golpe lo desmayó.
Al despertar, recordó, sangraba por la boca y nariz, había perdido el casco, la máscara de oxígeno y el reloj. Tenía hundido el esternón, una lesión en la columna, un ojo cegado por un golpe y un pie y por lo menos dos costillas, fracturados. Herido y sin poder caminar, estuvo 28 horas intentando sobrevivir hasta que fue rescatado.
Según Juan Cruz, en su regreso a Malvinas, Gustavo no solo pasó por la “casa de chapa” donde se refugió hasta que lo encontraron, sino que también llegó hasta una de las alas del Mirage Dagger que quedó incrustada en el monte. “Yo podría estar entre estos fierros retorcidos”, dice que le dijo su abuelo.
Ese momento marcó un antes y un después en el viaje. Desde allí, decidieron reconstruir juntos el trayecto que Gustavo había hecho en 1982, malherido y solo, para sobrevivir. “Caminamos desde el ala del avión hasta la ‘tapera’ a la que se arrastró. Nosotros lo hicimos a pie, pero él lo hizo con fracturas, reptando por el suelo y con un frío... Ahí tomé conciencia de lo que pasaron los soldados que no tenían abrigo suficiente. Eso es algo que mi abuelo solía destacar: ‘Yo iba calentito en un avión, pero hubo camaradas que pasaron meses a la intemperie en el monte’”, cuenta.

La visita al Cementerio de Darwin
La parte más emotiva del regreso a Malvinas, sin embargo, se dio cuando fueron al Cementerio de Darwin, el lugar donde descansan con honor los caídos en combate. “Fue el único momento en que lo vi llorar a mi abuelo. Dejó rosarios en algunas tumbas, se arrodilló frente a una cruz blanca y se quedó rezando como una hora”, recuerda su nieto.
Después del viaje, algo cambió en Juan Cruz. Si bien siempre tuvo una relación cercana con su abuelo y lo admiraba profundamente, dice que comenzó a verlo con otros ojos. “Empecé a sentir que era un héroe, aunque a él no le gustaba esa palabra. Siempre decía: ‘Héroes son los que no volvieron’”, cuenta. En lo personal, regresar de Malvinas también fue un cimbronazo para él: “Me agarró una crisis muy fuerte y casi dejo la carrera para meterme en la Escuela de Aviación Militar. Después de meditarlo, decidí seguir estudiando Administración de Empresas y me dediqué a volar por hobby: soy planeador y piloto privado”.
Gustavo Piuma Justo murió en diciembre de 2022, mientras Juan Cruz estaba de viaje en Estados Unidos. Su último contacto fue un sueño que el ex brigadier le compartió por mensaje de voz: estaban pescando juntos. “Me pidió que volviera, que me instalara en Argentina y emprendiera algo acá. Fue lo último que me dijo, ya con una voz muy deteriorada. Yo guardé todos esos audios. Lo fui escuchando apagarse”, cuenta.
Pero antes de partir, abuelo y nieto tuvieron un encuentro cara a cara. Fue en el hospital, apenas una semana después de que a Gustavo le detectaron el cáncer de pulmón. “Estaba bárbaro, lúcido, fuerte. Nos dimos un abrazo largo. En ese momento tuve la sensación de que no iba a volver a verlo. Pero él, como siempre, me habló firme: ‘Cuidate, buen viaje’. Tenía una fortaleza increíble”, dice.
Hoy Juan Cruz conserva cada una de esas memorias como un legado que trasciende lo personal. “Lo único que puedo hacer es transmitirlo”, dice y se despide: “Malvinas une generaciones, clases sociales, ideologías. Por eso, recordar a mi abuelo es también honrar a todos los que estuvieron ahí”.
Fotos/Gentileza de Juan Cruz Buteler Piuma.
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