Desde el corazón de Camerún, en medio de la selva africana, Agustina Tapia, una veterinaria mendocina de 32 años, dedica su vida al rescate y cuidado de primates. Desde hace dos años trabaja en Ape Action Africa, un santuario donde cuida a simios, chimpancés, gorilas, babuinos y mandriles, víctimas del tráfico ilegal de fauna y la caza furtiva.
Su historia es la de una pasión cultivada desde la infancia, que la llevó a instalarse a más de 9.600 km de su hogar; con escalas previas en el Amazonas y Sierra Leona, donde dio sus primeros pasos en esta especialización.
“Desde muy chica me gustaron mucho los animales silvestres y todo lo relacionado con la ciencia”, recordó Agustina en diálogo con Infobae. “Mis papás siempre me incentivaron. Me regalaban libros sobre contaminación, calentamiento global, microscopios. Veíamos documentales de National Geographic, Discovery Channel, Animal Planet“, contó.
Su fascinación por los primates también surgió en la infancia. “Según mi mamá, desde que era muy chiquita decía que quería trabajar con chimpancés. Y hasta me compraron un peluche porque quería estar con ellos”, relató.

Eso la llevó a inscribirse en la carrera de veterinaria en la Universidad Juan Agustín Maza, donde inmediatamente se diferenció de sus compañeros de cursada. Mientras ellos mostraban interés por curar animales domésticos, Agustina se había planteado otros desafíos. Fue así como consiguió una pasantía en el Ecoparque de Mendoza, el antiguo zoológico de la provincia, y tuvo su primer contacto con chimpancés.
Una vez graduada, su primer trabajo fuera de la Argentina fue en el Amazonas, en 2022, donde la convocaron para un proyecto de conservación de fauna silvestre. “Estuve allí unos meses. Durante esa estadía, vi una convocatoria en Sierra Leona, en el santuario de chimpancés Tacugama, donde buscaban un veterinario joven. Apliqué, me seleccionaron y ese año me fui a trabajar con ellos”, detalló.
Esas dos experiencias le sirvieron para que en 2023 volvieran a contratarla del Ecoparque para el traslado de monos aulladores hacia el centro de rehabilitación La Esmeralda, en Santa Fe. “Fue un proyecto muy lindo. Ahora esos monos ya fueron liberados, lo que es una gran satisfacción para todos”, remarcó.
Sin embargo, Agustina sabía que en Argentina su trabajo tenía un techo y que, si quería especializarse en grandes simios, debía volver a África. “Conocía todos sus santuarios, sabía en qué países estaban y qué especies albergaban. Entraba a la página de la Alianza por Primates Africanos y me leía todos los centros de rescate. Me decía: ‘Este está en Camerún, este en el Congo, este en Kenia’. Mi sueño era trabajar en alguno”, recordó.

Por eso, cuando la llamaron de Ape Action Africa, en Camerún, no lo dudó. “Tenía la oportunidad de trabajar con chimpancés y gorilas en su hábitat natural”, señaló Agustina, quien desde hace dos años tiene a su cuidado a más de 300 animales.
Su labor incluye atención clínica, cirugías, controles de salud y seguimiento de enfermedades. “Nos encargamos de todo lo que es la medicina clínica y quirúrgica. Hacemos controles sanitarios, suturas de heridas, tratamientos y cirugías como vasectomías en babuinos o colocación de chips anticonceptivos en hembras de chimpancés y gorilas“, explicó.
Los procedimientos médicos suele hacerlos bajo anestesia total, ya que no cuenta con condicionamiento operante (un entrenamiento que permite hacer controles sin sedación). “No tenemos suficiente personal ni tiempo para entrenar a los primates. Por eso, cuando hacemos extracciones de sangre o cualquier otra intervención, los anestesiamos”, detalló.
Además, con el resto del equipo -compuesto por otros dos veterinarios y dos enfermeros- se encarga de monitorear la alimentación y el comportamiento de los primates. “Cada mañana, administramos medicamentos a los animales que lo necesitan. Se los damos escondidos en comida, como bananas, pan con palta o pan con leche“, contó.

Los primates rescatados en el santuario provienen, casi en su totalidad, del tráfico ilegal de fauna y la caza furtiva. “Cuando un bebé chimpancé o gorila es traficado, es porque al menos diez adultos murieron tratando de protegerlo”, señaló. “Los cazadores matan a los adultos para vender su carne en el mercado negro, una práctica conocida como bushmeat, y luego trafican a las crías como mascotas exóticas“, agregó.
Agustina explicó que los principales compradores de estos primates suelen estar en China, Emiratos Árabes y Europa. “Algunos terminan en coleccionistas privados o en zoológicos clandestinos, donde los visten o los entrenan para el entretenimiento”, denunció.
“Hay estudios que indican que un gorila bebé puede costar hasta 250.000 dólares en el mercado negro”, mencionó. Sin embargo, “los cazadores locales que los capturan suelen recibir dos pesos con cincuenta y rara vez saben para quién trabajan”.

También están los primates que llegan al santuario tras ser rescatados de condiciones de maltrato en mercados, hogares privados o circos ilegales: “Algunos fueron vendidos como mascotas y, cuando crecieron y se volvieron incontrolables, los abandonaron o los entregaron a las autoridades”.
Según Agustina, el impacto de la deforestación en África también juega un papel clave: “La tala indiscriminada de árboles, principalmente para la exportación ilegal de madera a China, destruye el hábitat natural de los primates. Sin selva, los animales migran a aldeas en busca de alimento y terminan en conflictos con los humanos“.
Además de ser un desafío profesional, el trabajo que realiza Agustina en medio de la selva también implica un sacrificio a nivel personal. “Tengo un monoambiente con cama, sillón, escritorio y baño privado”, describió sobre el hospedaje que le dieron dentro del santuario. Pero el acceso a servicios es limitado. ”Tenemos electricidad de 18:30 a 21:30, el resto del día no. No hay agua potable, tomamos agua de pozo o compramos agua mineral", admitió.
Sobre la alimentación, contó que “hay un grupo de cocineras que nos preparan la comida, nos sirven en un tupper y nos la llevamos a nuestra habitación”.
Las enfermedades también son una preocupación. “Para venir acá me vacuné contra fiebre amarilla, neumococo, meningococo, hepatitis, tétanos y rabia“, dijo. “Y como la malaria aún no tiene vacuna, tomo medicación preventiva para reducir el riesgo de contagio”, agregó.
Lejos de su familia y rodeada de tantas carencias, Agustina admite que extraña lo cotidiano. “Cuando vuelvo a Argentina, lo que más disfruto es abrir la canilla y tomar un vaso de agua o darme una ducha larga con agua caliente. Son cosas que acá no tengo”, reconoció.
Su familia, aunque preocupada por su integridad, siempre la apoyó: “Mi papá me dice: ‘Si naciste para esto, hacelo’. Aunque en el fondo sé que es muy duro y sacrificado”, admitió.

Mirando a futuro, Agustina planea especializarse aún más. “Quiero hacer una maestría o doctorado en fauna silvestre, enfocado en grandes simios. Tienen muchos problemas cardíacos, similares a los humanos, y quiero aportar desde la medicina”, relató. Esas opciones de estudio existen únicamente en Estados Unidos o Sudáfrica.
“Antes de especializarme, quería vivir la realidad del rescate. No quería quedarme solo con la teoría. Quería meter las manos en el barro, entender el tráfico ilegal, la deforestación y la fragmentación del hábitat desde el campo“, concluyó.
Hoy, en el corazón de África, Agustina cumple su sueño de la infancia, trabajando para salvar a los primates que tanto la fascinaron desde niña. Su valentía demostró que la vocación y el esfuerzo pueden generar un impacto real, incluso en los entornos más remotos del mundo.
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