Clara Sibbald atiende el teléfono desde el único rincón de la isla dónde hay wifi. Habla desde Rusinga, en el lago Victoria, en Kenia, al centro este de África. Está en un barcito que además tiene otro lujo: electricidad. Después de lavarse el pelo con bicarbonato, aloe vera y agua del lago, caminó poco más de una hora para llegar ahí. Su hogar es la casa de una familia de la comunidad luo, en la zona de Kaswanga. “Llegué a la isla por primera vez una noche cerrada de marzo, cuando sólo los relámpagos iluminaban el cielo. No se veía nada”, anticipa sobre el presente de sus 23 años de vida.
Su aventura, sin embargo, empezó un poco antes. “Conocí África en el 2018. Me fui dos semanas de vacaciones a Sudáfrica, con mi amiga Margarita González Balcarce. Hicimos lo típico: un parque y la ruta jardín. Pero nos quedamos con ganas de volver”, apunta Clari –o “Pochi”–, que es la cuarta de cinco hermanos. Pasó su infancia en el Valle de Punilla, Córdoba, y su adolescencia en San Isidro.

“África siempre me interesó y no sé porqué. Pero hay cosas de mi vida que me vinculan desde hace años, como muchas de mis pinturas y dibujos. E incluso tomé clases de danzas africanas”, detalla para explicar esa conexión que no tiene una raíz evidente.
Fueron esas ganas de volver las que la llevaron a tomar un nuevo vuelo a Johannesburgo, en diciembre del año pasado, cuatro días después de recibirse de psicopedagoga. Una vez más con su amiga Margarita, pero esta vez, con la premisa de permanecer en Sudáfrica lo máximo que estuviese permitido: tres meses.

“Dejé en Buenos Aires mi trabajo como psicopedagoga y baby sitter. Me encantaba lo que hacía. Me dolió mucho separarme de una chiquita en particular. La familia me pidió que retomara en marzo, pero algo muy adentro mío sabía que no volvería… Renuncié para que no se quedaran esperando”, recuerda Clara, que habla muy bien inglés.
Sudáfrica incluyó tres das -los primeros- en el Parque Kruger y después, ¡a recorrer el país en carpa decidiendo sobre la marcha! Gracias a la aplicación Work Away, las amigas consiguieron un primer voluntariado. ¿De qué se trata esta modalidad de viaje? Alojamiento y comida muy económicos –o a veces gratis– a cambio de trabajo en hostels o en sitios vulnerables, por ejemplo. Trabajaron dos semanas con una familia inglesa que estaba de vacaciones. Y después en una escuela de Nizele, una zona rural de la comunidad Xhosa en Transkaai, dónde muchos hablaban sólo la lengua local.

“Llevaba un mes y medio en Sudáfrica y ya sabía que quería más. Me sentía en casa. Entonces llamé a mis papás y les dije: ‘Creo que no vuelvo’. Ellos me apoyaron. Intuyo que de alguna manera se lo imaginaban”, cuenta Clari. Entonces buscó un nuevo voluntariado y sacó pasaje para Kenia. El 10 de marzo se despidió de su amiga –”la mejor del mundo para compartir un viaje”–. A la misma hora, desde Johannesburgo, una voló para Buenos Aires y la otra, para Nairobi. Sentía euforia y miedo: sabía poco y nada de su próximo destino.

Bienvenida a lo desconocido
“Cuando llegué a Nairobi… ¡Ay!”, exclama Clari riendo de aquel aterrizaje forzoso. Esperaba un aeropuerto dónde comprar un chip para su teléfono y cambiar plata, pero se encontró con sólo un par de empleados de migraciones. Nada más. “¡¿Dónde estoy?!”, pensó sobre Kenia, que sí es adentrarse en lo más profundo de África.
“No había wifi, así que no me quedó otra que usar los datos del celular y llamé a Unelker, mi único contacto en la ciudad: una keniata amiga de una amiga que me recibiría en su casa. Me tomé un Uber y la conocí. Ella me acompañó a hacer los trámites pendientes y sacar el pasaje en bus de Nairobi a la isla dónde me esperaban para el voluntariado”, relata Clara y agrega que en Kenia casi no usan tarjeta de crédito. El dinero en efectivo –la moneda es el chelín– se deposita en un número de teléfono para operar desde ahí.

A las seis de la mañana del día siguiente se tomó el colectivo, que tardó once horas en llegar a Mbita. La esperaba Víctor, el director de la escuela en Rusigna Island donde haría su voluntariado como psicopedagoga. En moto y cargando su mochila gigante, llegó de noche a su actual hogar en Kaswanga.

“Vivo en la casa de una familia luo. Jane es la cabeza y dueña de la escuela. Su marido era el director y falleció hace dos años. Tiene 14 hijos, pero ya son grandes y viven en la ciudad para trabajar. Siete son biológicos y los otros, de la anterior esposa de su marido. Con ella viven sus nietos, porque vienen a la escuela. Ahora muchos están con sus padres, por el cierre que obligó la pandemia dos semanas después de mi llegada. Pero ella recibe a otros nietos, que son huérfanos”, detalla Clari.

Agrega que al llegar a la casa se encontró además con una voluntaria coreana y otra albanesa. Después llegó una francesa, Bora, y se hicieron muy amigas. Pero ya se fueron todas. “Estamos muy aislados y sin casos de Covid-19. Pero como hay en Nairobi y Mombasa, las fronteras están cerradas. Ahora se habilitó la circulación interna y tenemos miedo que la enfermedad llegue a la isla”, se lamenta.

¿Qué hizo cuando su plan inicial de voluntariado quedó trunco? “Me reinventé. Vine a ayudar, ¡tenía que pensar qué hacer! Entonces me integré a un proyecto agroforestal que consiste en plantar 500 mil árboles en un año para abastecer a la isla con leña, frutas y vegetales. Además, me sumé a las tareas del hospital y voy tres veces por semana”, comenta y aclara que, de todas maneras, mucho tiempo se le va entre las tareas cotidianas de la casa: cocinar, lavar, sembrar y trabajar la tierra.

“Algunos, como yo, tenemos letrina en un cubículo de chapa y somos afortunados. Pero no todos tienen. Me baño con un balde y agua de lluvia o del lago. Hacemos varios viajes en burro para traerla con bidones grandes”, señala Clara.
En la comunidad todos hablan su lengua tribal: luo. Pero algunos, además, suajili e inglés, los idiomas principales de Kenia. Todos tienen varios nombres. Muchos llevan uno en ingles, uno luo y otro por la hora en que hora nacieron. “Jane, por ejemplo, se llama además Otieno. Nació a la noche. Además, a muchas mujeres se las llama por el nombre del primer hijo: Mabin es la mamá de Bin. Y varios varones se llaman Aboy, porque es un halago que sean hombres y así se dice en inglés. O por el pueblo de origen: Nasembo es de Sembo”, apunta Clara, que suena fascinada por la tierra que la recibió.

Cuenta que la isla tiene 16 kilómetros de largo y la atraviesa una calle principal de tierra, desde donde salen caminos que suben a los montes. Clara se maneja caminando y le gustaría tener una bici, pero averiguó y no hay ninguna cerca. Muchas veces logra que alguien la lleve o la traiga en moto. Los pueblos son apenas caseríos de una cuadra o dos, con un rincón para comprar lo básico y un puesto de chapa con electricidad. “Sólo hay un supermercado en Mbita, que vendría a ser lo más grande. Pero no vende shampoo –las mujeres usan el pelo rapado o trenzado de peluquería– ni chocolate, por ejemplo… ¡Y yo soy fanática!”, cuenta y agrega que Homa Bay sí es ciudad y queda a cuatro horas. Señal de teléfono sólo hay en algunos lugares y no la usa porque es demasiado cara.

Los aprendizajes
“Soy la única blanca en la isla. Es difícil. Si bien me siento una más y en muchos aspectos soy parte… Por ahí voy caminando y que me gritan: ‘¡Musungu!, ¡Musungu!’ que quiere decir ‘blanca’. Nunca paso desapercibida y eso no es fácil. Si hago algo, todos se enteran. A mucho les explico: ‘Mi nombre es Clara. Me gusta que me llamen así; no por mi color de piel’. Se los digo en luo y entonces ahí me respetan. Estuvo bueno aprender el idioma de ellos. Puedo mantener una conversación corta”, asegura.

Clara agrega que se acostumbró a no tener baño ni electricidad, y que la dicha pasa por el aprendizaje, además de la belleza del lugar. “Hay un proverbio africano, Ubuntu, que dice: hace falta una comunidad para criar a un niño. Eso me fascina. Nadie logra nada solo. Todos van juntos para el mismo lado. Ese espíritu me invita a quedarme. La manera de vivir cargada de ritmo, amor y solidaridad. Acá se enojan ¡y bailan! Bailan para todo”, reflexiona Clari y cuenta que una amiga alguna vez le dijo: “Vos tenés alma africana”.

¿Más lecciones? Las resume después de un suspiro: “Aprendí a no dar nada por sentado y vivir el presente. No se cómo ni cuando voy a volver a Buenos Aires, ni qué voy a hacer después, pero sé que hoy soy muy feliz acá. Descubrí que puedo ser resiliente y fiel a mi misma. Es una cultura tan diferente que muchas veces me tengo que plantar y decir que no. Eso me ayuda a crecer. Así como ejercitar la aceptación: ver tanta vulnerabilidad y entender que no tengo herramientas para todo. Pero puedo dar mi granito de arena. Al fin y al cabo, lo que compartimos es lo que importa”.
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