
La reciente creación del Colegio Profesional de Artistas del Perú ha generado un debate que oscila entre posiciones previsibles. De un lado, quienes celebran el reconocimiento institucional de una actividad históricamente precarizada; del otro, quienes denuncian una posible amenaza a la libertad creadora. Ambas posturas, aunque atendibles, parten de una misma premisa donde el problema consistiría en decidir si el arte debe o no ser regulado. Sin embargo, antes de responder esa disyuntiva convendría formular una pregunta distinta, ¿qué revela sobre nuestra época el hecho mismo de sentir la necesidad de clasificar institucionalmente al artista?
Desde luego, toda profesión requiere mecanismos de organización y representación, pero cuando aquello que se institucionaliza es precisamente una práctica que ha vivido cuestionando las definiciones establecidas, la discusión deja de ser únicamente jurídica o administrativa y se convierte en una pregunta acerca de la manera en cómo una sociedad comprende la creación.
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Más que un acontecimiento legal, la creación de un colegio profesional constituye un gesto epistemológico. Clasificar nunca significa únicamente ordenar una realidad preexistente; implica producir una forma específica de comprenderla. Toda clasificación fija fronteras, define pertenencias y establece las condiciones desde las cuales un sujeto puede ser reconocido como tal. Por tanto, lo que aparece en juego es la pretensión de hacer inteligible la creación artística mediante categorías institucionales.
Foucault mostró que el poder opera menos por prohibición que por producción de categorías; por ende, gobernar consiste también en organizar el campo de lo visible y lo enunciable. El loco, el delincuente o el ciudadano no designan simplemente individuos; son posiciones históricas producidas por determinados dispositivos de saber y poder. La pregunta, entonces, deja de ser quién hace arte para convertirse en otra más inquietante ¿qué condiciones históricas hacen posible que una sociedad necesite producir la figura oficial del artista?
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En el Perú esta interrogante adquiere una complejidad particular. De acuerdo con Cornejo Polar, nuestra cultura se constituye desde una heterogeneidad irreductible, donde múltiples sistemas simbólicos coexisten sin integrarse plenamente en una unidad. La literatura escrita, las tradiciones orales, las lenguas originarias, las expresiones populares y las prácticas comunitarias responden a racionalidades distintas que conviven en tensión permanente. Así, pensar al artista como una categoría homogénea supone la posibilidad de reducir esa diversidad a una identidad suficientemente estable como para representar una experiencia común.
No se trata de negar la importancia de las instituciones ni de desconocer la necesidad de organizar determinados ámbitos profesionales. La paradoja aparece cuando la clasificación pretende abarcar una práctica cuya historia ha consistido, una y otra vez, en desplazar las categorías desde las cuales cada época definía qué podía reconocerse como arte. Buena parte de las grandes transformaciones artísticas comenzó precisamente allí donde un registro dejó de resultar suficiente.
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En este punto, Bourdieu sostiene que toda clasificación cultural constituye, al mismo tiempo, una jerarquía. Ninguna institución distribuye legitimidad desde un lugar neutral, al establecer quién pertenece al campo legítimo, produce inevitablemente aquello que permanece fuera de él. Clasificar nunca implica únicamente describir una realidad; significa también distribuir reconocimiento. Esta idea va aún más lejos con la reflexión de Rancière, donde toda comunidad organiza un reparto de lo sensible, es decir, una distribución que determina qué puede ser visto, quién puede hablar y qué experiencias adquieren existencia pública.
Desde esta perspectiva, clasificar al artista no constituye solamente un procedimiento administrativo. También configura un determinado régimen de visibilidad sobre la creación y establece las condiciones desde las cuales ciertas prácticas serán reconocidas como arte mientras otras permanecerán en los márgenes. Quizá allí resida el aspecto más significativo de este debate, el horizonte cultural que la ley revela, más que la conveniencia o inconveniencia de su aprobación.
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Vivimos en una época que parece experimentar una creciente dificultad para convivir con aquello que resiste la clasificación. Tal vez por eso el arte continúa siendo indispensable, no porque permanezca fuera de toda institucionalidad, sino porque recuerda constantemente que ningún orden de reconocimiento consigue agotar aquello que pretende nombrar.

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