
En los últimos días ha circulado ampliamente en redes sociales el fragmento de una entrevista en la que se cuestiona la capacidad del Instituto del Mar del Perú (IMARPE) para monitorear nuestro océano. Se afirma que no cuenta con instrumentos para medir variables esenciales como la temperatura, la salinidad o el oxígeno, que carece de embarcaciones para realizar investigación científica y que buena parte de la información que utiliza proviene simplemente de organismos internacionales.
No mencionaré al entrevistado ni el espacio donde se difundieron esas declaraciones. No porque no merezcan ser respondidas, sino porque considero que esta es una buena oportunidad para acercarnos a una institución que la mayoría de peruanos conoce de nombre, pero cuyo trabajo pocos comprenden en toda su dimensión. Después de todo, es difícil valorar aquello que no se conoce.
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Cada vez que se anuncia una temporada de pesca de anchoveta, cuando se advierte sobre un posible Fenómeno El Niño o cuando el Estado debe tomar decisiones que involucran al principal ecosistema marino del país, hay una institución cuyo trabajo suele pasar inadvertido para la mayoría de ciudadanos. Ese es el IMARPE, una entidad científica que desde hace más de seis décadas estudia uno de los mares más productivos del planeta y genera información clave para su aprovechamiento sostenible.
Su labor va mucho más allá de recomendar una cuota de pesca. Sus investigadores estudian las condiciones físicas, químicas y biológicas del mar peruano, evalúan la distribución y abundancia de los recursos hidrobiológicos, analizan el impacto de la variabilidad climática sobre los ecosistemas y producen información que sirve de base para decisiones públicas que involucran la seguridad alimentaria, la economía nacional y la conservación de nuestros recursos.
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Por eso resulta necesario hacer algunas precisiones.
Se ha dicho que el IMARPE no monitorea el mar porque no cuenta con una amplia red de boyas oceanográficas. Esa afirmación parte de una idea equivocada sobre cómo funciona hoy la investigación oceanográfica. Las boyas ya están desplegadas en el océano y forman parte de redes de observación que se complementan con distintos sistemas internacionales. El mar está sembrado de este tipo de instrumentos y la cooperación entre entes científicos es precisamente lo que permite ese monitoreo. El monitoreo moderno combina campañas científicas, perfiles oceanográficos obtenidos con equipos especializados, estaciones costeras, sensores instalados en embarcaciones, imágenes satelitales, modelos numéricos y redes internacionales de observación. Así trabajan los principales institutos oceanográficos del mundo y el Perú no es la excepción.
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También se ha sostenido que el IMARPE no puede medir temperatura, salinidad u oxígeno en el mar. En realidad, esas variables forman parte de las observaciones que realiza de manera permanente durante sus campañas de investigación. Esa información permite comprender cómo cambian las condiciones del océano y cómo esos cambios influyen en la distribución de especies como la anchoveta, el jurel, la caballa, la pota y muchas otras de importancia económica y ecológica.
Otra afirmación señala que el IMARPE simplemente descarga información de la NOAA y la presenta como propia. Esa apreciación desconoce cómo funciona la ciencia en la actualidad. La cooperación internacional y el intercambio abierto de datos son prácticas habituales entre instituciones científicas de todo el mundo. Utilizar información proveniente de organismos internacionales no reemplaza el trabajo de campo que realizan los investigadores peruanos. Lo complementa, lo fortalece y permite integrar observaciones locales con sistemas globales para obtener diagnósticos más precisos.
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Eso no significa afirmar que todo funciona perfectamente. Sería irresponsable hacerlo. El Perú necesita invertir más en investigación científica marina, fortalecer el presupuesto destinado al IMARPE, modernizar parte de su infraestructura y ampliar sus capacidades de observación. Esa necesidad ha sido reconocida desde hace años por especialistas del propio sector. Sin embargo, una cosa es señalar las limitaciones que aún existen y otra muy distinta sostener que el país no monitorea su mar o que el principal instituto científico marino carece de capacidad para hacerlo.
Quizá uno de los mayores activos del IMARPE sea precisamente aquello que pocas veces se aprecia desde fuera. Sus recomendaciones no descansan en la opinión de una sola persona ni en un único dato. Detrás de cada informe existe el trabajo de equipos multidisciplinarios conformados por biólogos, oceanógrafos, ingenieros pesqueros, estadísticos, especialistas en acústica y otros profesionales que analizan la información obtenida antes de formular recomendaciones técnicas. Ese rigor explica, entre otras cosas, por qué en distintos momentos de nuestra historia reciente también se han recomendado cuotas reducidas, cierres de temporadas o medidas de protección cuando las condiciones biológicas así lo exigían, aun cuando ello significara costos económicos para el propio sector pesquero.
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Las instituciones científicas, como cualquier institución pública, deben estar abiertas al escrutinio y a la crítica. Eso fortalece la transparencia y contribuye a mejorar su trabajo. Pero esa crítica siempre será más útil cuando se sustente en evidencia y en un conocimiento adecuado de cómo funciona la investigación científica.
El Perú posee uno de los mares más ricos del planeta. Comprenderlo exige décadas de investigación, observaciones permanentes, campañas en altamar y profesionales altamente especializados. Conocer el trabajo del IMARPE no significa renunciar al espíritu crítico. Significa reconocer el valor de una institución que, con fortalezas y desafíos, constituye uno de los principales pilares científicos para entender, proteger y aprovechar responsablemente una riqueza que pertenece a todos los peruanos.
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