En el actual contexto electoral, no solo importa quiénes pasan a segunda vuelta, sino también quiénes deciden no participar. El ausentismo no es un dato menor. En la segunda vuelta de 2021 alcanzó cerca del 25%, en una elección que se definió por poco más de 44,000 votos. Es decir, la decisión —o la no decisión— de miles de ciudadanos terminó siendo determinante.
El resultado es conocido. La elección de Pedro Castillo abrió un periodo de inestabilidad política, debilitamiento institucional y deterioro de la gestión pública. Cuadros técnicos fueron desplazados, la incertidumbre se instaló y el país dejó de avanzar al ritmo que pudo haber alcanzado. Más allá de las intenciones, el costo fue real: cinco años marcados por la improvisación, la confrontación política y la ausencia de reformas de fondo.
Hoy, ante un eventual escenario similar, con la posibilidad de que Roberto Sánchez dispute una segunda vuelta, el riesgo no es menor. No se trata solo de una candidatura más, sino de la posibilidad de retomar una agenda que ya mostró sus límites. Sánchez fue parte de ese gobierno. Conoce desde dentro lo que ocurrió. Y precisamente por eso, cabe preguntarse si, en una eventual presidencia, buscaría avanzar en propuestas que entonces no pudieron concretarse.
Entre ellas, una mayor intervención del Estado en la economía, el impulso de empresas estatales, la revisión de reglas de juego y cuestionamientos a la autonomía del Banco Central de Reserva del Perú. No son temas menores. Abrir esos frentes implica elevar la incertidumbre, afectar la inversión y poner en riesgo pilares que han sostenido la estabilidad macroeconómica del país durante décadas.
El impacto no sería abstracto. Menor inversión significa menos empleo, menor crecimiento y menos recursos para financiar obras y servicios públicos. En un país con enormes brechas sociales, debilitar las bases que generan esos recursos no es una opción idónea.
Frente a ello, preocupa el discurso de quienes optan por no elegir. Aquellos que, en nombre de la “dignidad” o la “conciencia”, deciden no tomar partido. Es una posición comprensible desde lo personal, pero problemática en lo colectivo. Porque la historia reciente demuestra que la indiferencia también decide.
Dante Alighieri reservó en su Divina Comedia un lugar para los indiferentes: el Antiinfierno. Aquellos que, en vida, no tomaron posición. Para él, eran los más despreciables, condenados a correr eternamente sin rumbo, picados por avispas y moscones. La metáfora es dura, pero ilustra bien el costo de no asumir una decisión cuando esta es necesaria.
“En política, no elegir también es elegir. Y en contextos como el actual, esa elección puede inclinar la balanza hacia escenarios que luego son difíciles de revertir.”No se trata de afinidades personales ni de simpatías. Se trata de evaluar, con pragmatismo, qué está en juego.
El Perú enfrenta una decisión que trasciende a los candidatos. Está en juego la estabilidad, la inversión, el crecimiento y, en última instancia, la posibilidad de generar bienestar para millones de peruanos.
La indiferencia, en este caso, no es neutral. Tiene consecuencias. Y, como ya ocurrió, esas consecuencias pueden marcar el rumbo del país por años.

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