Hamlet, transformando el mundo desde el escenario

Lo que está ocurriendo hoy con Hamlet desde Perú no es una interpretación más

Guardar

Hay obras que se ven.

Y hay obras que te transforman por dentro.

Hamlet, de William Shakespeare, es una de las piezas más complejas jamás escritas: poder, traición, duda, muerte. Un príncipe enfrentado no solo a un crimen, sino al peso de existir en un sistema que ya no reconoce como propio.

Pero lo que está ocurriendo hoy con Hamlet desde Perú no es una interpretación más.

Es una intervención.

La versión dirigida por Chela De Ferrari en Teatro La Plaza toma ese texto universal y lo coloca en los cuerpos, las voces y la presencia de jóvenes actores peruanos con síndrome de Down — entre ellos Jaime Cruz, Manuel García, Cristian Alarcón, Ximena Rodríguez, Diana Gutiérrez.

Y en ese gesto, algo se transforma.

No el texto.

El sistema.

Tuve la increíble oportunidad de asistir a una de las primeras funciones en 2019, en Lima.

Y lo que vi fue realidad, fue verdad, fue belleza.

Fue una pregunta que no se podía esquivar: ¿Quién decide quién puede representar lo universal?

Hoy, esa misma obra está recorriendo el mundo.

Actualmente, el elenco se presenta en Nueva York, en el Polonsky Shakespeare Center, como parte del circuito internacional que ha llevado esta obra a escenarios en Europa y América Latina.

Estamos hablando de centros culturales donde se define el canon contemporáneo.

Y ahí están ellos.

Ocupándolo.

Lo que ocurre en escena es difícil de explicar con lenguaje técnico.

Porque no se trata solo de actuación.

Se trata de presencia.

Cada gesto, cada silencio, cada palabra resignifica Hamlet.

Lo desplaza del conflicto individual al conflicto estructural: ser visto, ser escuchado, ser reconocido en un mundo que históricamente ha decidido quién importa.

Esto no es solo inclusión.

Es una reconfiguración cultural.

Es el momento en que un grupo de jóvenes peruanos —desde el arte— empieza a transformar las reglas no escritas de quién tiene acceso a los espacios de legitimidad global.

Y hay algo profundamente poderoso en esto.

Porque no están pidiendo permiso.

No están adaptándose al sistema.

Están obligando al sistema a adaptarse.

Estoy seguro de que lo que me transformó en esa sala en Lima en 2019 es lo mismo que hoy está impactando a audiencias en Nueva York, en Europa, en cada ciudad donde esta obra se presenta.

No es solo empatía lo que generan, es algo aún más poderoso, es reconocimiento.

En un mundo que sigue operando con categorías estrechas de talento, capacidad y valor, esta obra hace algo radical: expande el campo de lo posible.

Y por eso —más allá del teatro— esto es tan transformador.

Porque cuando se redefine quién puede estar en escena, también se empieza a redefinir quién puede estar en el poder, en la economía, en la toma de decisiones.

Lo que está ocurriendo con Hamlet no es solo un logro artístico, es un acto político, cultural y simbólico de enorme escala.

Y sí, hay que decirlo con claridad: es algo que debe llenarnos de orgullo.

Un orgullo enorme ver a estos jóvenes peruanos no solo representar a Perú, sino transformar, desde el arte, la conversación global sobre talento, dignidad y posibilidades.

Porque al final, la pregunta de Hamlet siempre fue existencial: ¿ser o no ser?

Ellos ya respondieron.

Y lo hicieron ocupando el escenario del mundo.