
Pensar en el Perú hoy es desalentador. La corrupción persistente, la ineficiencia de los servicios públicos, el avance de la criminalidad y su impacto directo en la economía de millones de personas alimentan la percepción de que la democracia es distante, frágil o incluso inútil. Este clima de frustración lleva a algunos ciudadanos a concentrar todas sus expectativas en elegir mejor al próximo presidente y aspirar a un Congreso mínimamente decente, mientras que otros perciben que el país avanza por un camino de degradación sin retorno. Sin embargo, no agotan todas las formas posibles de mirar al país: junto a este panorama, también existen experiencias ciudadanas positivas que sostienen prácticas democráticas en la vida cotidiana.
El desencanto es permanente. Hoy, una vez más, el escenario presidencial, lleno de sospechas, es un ejemplo y esfuma la ilusión de una parte de la población que tuvo cierto nivel de esperanza de que un nuevo mandatario pudiera enfrentar con firmeza la delincuencia. Estas decepciones refuerzan la desconfianza hacia la política y consolidan la sensación de que el sistema no funciona.
El descontento lo recoge el Informe Perú: Percepción Ciudadana sobre Gobernabilidad, Democracia y Confianza en las Instituciones del INEI. El reporte correspondiente al semestre abril–septiembre de 2025 muestra que la percepción ciudadana sobre la utilidad de la democracia para que los derechos sean respetados cayó de 60,8% a 58,8% en comparación con el mismo periodo del año anterior. Se trata de una disminución que, aunque moderada, confirma una tendencia de desgaste sostenido en la confianza democrática.
En este contexto, en el que sin duda es necesario seguir exigiendo a las autoridades soluciones concretas y viables a los problemas del país, resulta igualmente importante identificar espacios de la vida social desde los cuales sea posible contribuir. Un ejemplo de ello es el de un grupo de jóvenes en Tumbes que practica calistenia y decide involucrarse activamente en su comunidad, dialogar con las autoridades locales y recuperar espacios públicos para que otros jóvenes encuentren en el deporte una forma de encuentro y cuidado.
Así como este caso, existen otros que se retratan en la serie documental Reportaje a la Democracia del Instituto Pro Libertad. Allí también se muestra, por ejemplo, la cogestión de los manglares en esta región, impulsada por asociaciones de extractores artesanales en coordinación con el Estado, como un ejercicio concreto de participación democrática, gobernanza local y cuidado del bien común.
La serie recorre seis departamentos del país que se ubican por debajo del promedio nacional en la percepción de la democracia como un sistema útil: Moquegua (56,7%), Lambayeque (55,1%), Puno (50,2%), Tumbes (42,1%), Huancavelica (39,9%) y Lima Metropolitana (56,1%). Aun así, en estos territorios se identifican historias de líderes, comunidades y organizaciones que, desde distintos enfoques, contribuyen a fortalecer la democracia.
El proyecto evidencia que la democracia no se limita al ámbito electoral o institucional, sino que también se construye desde experiencias concretas de organización y acción colectiva. Además, visibiliza la gestión comunitaria de los recursos naturales como una forma de corresponsabilidad democrática.
Asimismo, pone énfasis en procesos de inclusión y empoderamiento de poblaciones históricamente excluidas: el trabajo de organizaciones que promueven los derechos de personas LGBTIQ+, migrantes y afrodescendientes; el rol central de las mujeres en la construcción democrática, a través de iniciativas educativas y económicas; y la formación de juventudes interesadas en incidir en la gestión pública y en los espacios de toma de decisiones.
Estas experiencias fortalecen valores democráticos fundamentales como la participación, el respeto por los derechos humanos, la corresponsabilidad y la vigilancia ciudadana. Su importancia se vuelve aún mayor en contextos electorales, donde la desconfianza y el desencanto suelen abrir espacio a salidas autoritarias o simplificadoras.
Reconocer, valorar y replicar estas experiencias ciudadanas no implica negar la gravedad de la crisis política actual, sino comprender que el futuro democrático del país no se juega únicamente en las campañas electorales. También se construye —o se erosiona— en las comunidades, en las organizaciones y en las decisiones cotidianas de quienes, pese a todo, siguen apostando por una democracia viva, cercana y posible.

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