
Hace unas semanas, un buen amigo me mostró con orgullo y mucha satisfacción un informe estratégico que había preparado en cuestión de minutos con apoyo de la inteligencia artificial. A lo largo de varios minutos, me detalló los diferentes prompts que había utilizado para lograr un mejor análisis, haciendo énfasis en que no se trataban solo de órdenes simples sino de un conjunto de especificaciones que había perfeccionado a lo largo de semanas de prueba. Es así como con mucha satisfacción me dijo que se había vuelto más productivo: “Antes me tomaba entre dos y tres días hacer un informe”.
Mientras lo escuchaba, fue inevitable no cuestionarme acerca de lo que entendemos hoy como productividad. Durante más de treinta años de trayectoria en distintas empresas e industrias, así como en el ámbito académico, he visto cómo se han construido carreras profesionales, logrado ascensos u obtenido algún reconocimiento con base en el procesamiento rápido y adecuado de la información, a la proactividad, a la disponibilidad para atender contratiempos, y por supuesto al lograr hacer las cosas de manera eficiente en el mejor tiempo posible. Esto último era conocido como productividad, y más que una forma de medir el desempeño era una forma de enfatizar quién generaba más valor.
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Pero esta lógica, que primó durante décadas, está cambiando. Hoy, muchas tareas que antes demandaban un tiempo considerable, concentración e incluso experiencia (hacer informes como en el caso de mi amigo, realizar síntesis de documentos; recopilar información para un benchmarking; entre otros), se resuelven con una facilidad que hace pocos años era impensable. Es así como la pregunta ya no es cuánto podemos producir sino cuál es el verdadero valor de lo que generamos.
Si antes la productividad era el sello distintivo de unos pocos, ahora forma parte de un estándar y es lo mínimo que se podría esperar de un profesional que aspira a mantenerse competitivo en el mercado laboral.
Pero también se da otro fenómeno. Cuando todos pueden hacer más (gracias a las tecnologías emergentes como la IA), lo producido puede perder peso. La velocidad con la que se culminan las labores origina más pedidos, traducidos en más documentos, más propuestas, más mensajes… Y en medio de esta vorágine de solicitudes, en un contexto de hipercompetitividad, el tiempo para leer, pensar y decidir sigue siendo el mismo. Escaso. Irremplazable.
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Estamos entrando en una etapa realmente curiosa: la abundancia de producción y la escasez de criterio. Y el criterio no se automatiza con la misma facilidad. Elegir. Priorizar. Renunciar. Decidir qué vale o no la pena hacer. Esa sigue siendo una tarea profundamente humana. Y profundamente incómoda porque demanda tiempo, reflexión y no es cuestión de un clic.
Aquí aparece una tensión que pocas organizaciones están dispuestas a reconocer. Durante años se premió el volumen, la velocidad y la disponibilidad. Ahora se necesita premiar juicio, pausa y capacidad de decir “no”. Y esto es difícil porque es un aspecto que se trabaja a nivel de cultura. No es de un día para otro, sobre todo cuando hay más incentivos para continuar trabajando con las últimas novedades de la IA.
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Hay también una situación más íntima. Muchos profesionales no temen quedarse sin tareas. Temen quedarse sin una forma clara de justificar su valor. Durante años nuestra identidad se basó en el “hacer”, “hacer mucho”, “hacer rápido”, “hacerlo visible”. Cuando esa lógica pierde sentido, porque se han automatizado labores o facilitado el desarrollo de estas, aparece una pregunta que no solemos formular en voz alta: si ya no soy valioso por cuánto hago, ¿qué me permite continuar siendo valioso? ¿Mi trabajo realmente genera valor y un diferencial?

No es una pregunta cómoda. Tampoco es urgente… todavía. Pero ya empieza a aparecer en medio de los cafés, de las conversaciones de pasillo, luego de una reunión. Ya no solo tememos perder el trabajo debido al avance de la tecnología o ante otros profesionales con habilidades más digitales… ahora tememos perder el sentido del valor que podemos aportar en el mundo profesional: ¿qué hacemos de diferente y por qué nos deberían contratar?
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A lo largo de la historia, producir más fue señal de excelencia y motivo de felicitación. Hoy empieza a ser simplemente normal. Mañana, quizás, será irrelevante. Y ante ello, quien se diferencie y destaque será quien se detenga y se pregunte: ¿vale la pena lo que estoy produciendo? Y la respuesta, todavía no puede darla ninguna máquina.
Que la promesa de la automatización y la simplificación de tareas gracias a la IA no nos impida desarrollar el juicio crítico ni merme nuestra capacidad de análisis, pero preparémonos para la llegada de la singularidad tecnológica…

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