A inicios de marzo de 2020, Jesse Katayama llegó al Cusco con la ilusión de visitar Machu Picchu. Desde Japón, había planeado este viaje como uno de los grandes sueños de su vida. Sin embargo, la pandemia de COVID-19 alteró sus planes de forma inesperada: quedó varado en Machupicchu Pueblo, el pequeño poblado a los pies del santuario, convirtiéndose en el único turista en la zona durante el confinamiento global. En esos meses, forjó un estrecho vínculo con los comuneros locales.
Cinco años después, Jesse volvió al Perú acompañado de su novia, Yuki Inazawa. La pareja eligió Machu Picchu como el lugar para dar uno de los pasos más importantes de sus vidas: casarse. La Municipalidad de Machupicchu organizó una ceremonia simbólica en su despacho, con la presencia de funcionarios y testigos que recordaban a Jesse desde los días de la pandemia.

En la ceremonia, Yuki lució un vestido blanco de tul, guantes y una corona de flores; Jesse vistió camisa blanca, pantalón negro y tirantes. Durante el acto, entre risas y emoción, sonó la pregunta ritual: “¿Aceptas a Jessica como tu esposo para amarlo y respetarlo todos los días de tu vida?”. Jesse respondió con entusiasmo: “Sí, sí, sí que sí”, provocando sonrisas entre los presentes.
Aunque el evento no tuvo validez legal debido a los requisitos para extranjeros en Perú, la pareja recibió un acta conmemorativa y una escultura de piedra con la figura de un inca y un águila. La autoridad local quiso reconocer el lazo de Jesse con la comunidad y preparó la ceremonia. Jesse, emocionado, agradeció el gesto:
“Tengo la suerte de haberme casado con una esposa bastante linda aquí en Machu Picchu (...) muchas gracias al alcalde”, declaró.

Jesse Katayama y su vínculo con Machu Picchu
Jesse Katayama quedó varado en Machupicchu Pueblo durante el confinamiento por la pandemia de COVID-19. Había llegado desde Japón con la ilusión de conocer la ciudadela inca, pero el cierre de fronteras cambió sus planes de forma inesperada. Lejos de lamentar su suerte, aprovechó su estadía para integrarse a la vida local, hasta ganarse un lugar en el corazón de los lugareños.
Con el paso de las semanas, fue acogido por la comunidad, que lo incorporó a su rutina en plena cuarentena. Caminaba por el pueblo, compartía y compartía con los vecinos. Su historia, símbolo de paciencia en medio de la crisis sanitaria, dio la vuelta al mundo.

En octubre de 2020, tras gestiones de las autoridades locales y del Ministerio de Cultura, Jesse recibió un permiso especial: se convirtió en el primer extranjero en visitar Machu Picchu tras el cierre. Recorrió la ciudadela casi en solitario, acompañado únicamente por un grupo de guardaparques.
Antes de regresar a Japón, fue nombrado “embajador de turismo” por la Municipalidad de Machupicchu. Él decidió honrar ese título no con palabras, sino con acciones. Cada año regresó al pueblo que lo acogió en uno de los momentos más difíciles de los últimos tiempos. Participó en celebraciones, colaboró con actividades sociales e incluso se disfrazó de Papá Noel para repartir regalos a los niños en Navidad.

Hoy, más que un visitante, Jesse Katayama es considerado un hijo simbólico de Machu Picchu y tras su matrimonio, ese lazo con la comunidad seguirá fortaleciéndose.



