Mientras las redes sociales se llenaban esta semana con ilustraciones generadas por inteligencia artificial al estilo Studio Ghibli, surgió una preocupación ambiental inesperada: el consumo masivo de agua que estas imágenes implican. Según estimaciones recientes, en menos de una semana se habrían utilizado 216 millones de litros de agua para sostener la infraestructura necesaria que permite generar este tipo de contenidos. El volumen equivale al consumo mensual de una ciudad pequeña.
La cifra, aunque llamativa, responde a procesos técnicos que suelen pasar desapercibidos para los usuarios. Detrás de cada imagen creada con modelos como ChatGPT, Midjourney, DALL·E o Stable Diffusion, se esconde una red de servidores que necesita mantenerse refrigerada constantemente. Los centros de datos donde operan estas plataformas utilizan agua para enfriar chips de alta potencia, indispensables para procesar las solicitudes generadas por millones de personas en todo el mundo.
Según datos del Departamento de Energía de Estados Unidos, actualmente hasta el 40 % de la energía consumida en estos centros se destina a sistemas de enfriamiento, lo que equivale al consumo eléctrico total del estado de California. Pero además de electricidad, se requiere una enorme cantidad de agua. Los servidores alcanzan temperaturas elevadas y necesitan sistemas de refrigeración que funcionan trasladando ese calor hacia torres de enfriamiento, donde se disipa en forma de vapor. Este proceso implica un uso constante y elevado de agua dulce.

No solo el enfriamiento requiere recursos hídricos. La fabricación de los chips utilizados en estas operaciones también demanda agua en distintas etapas de producción. En este contexto, expertos sostienen que es extremadamente difícil rastrear la cantidad exacta de agua utilizada por cada solicitud hecha a una inteligencia artificial. Las estimaciones indican que una sola interacción puede consumir entre 0,5 y 2 litros, dependiendo de la extensión de la pregunta y del lugar desde donde se conecta el usuario.
La previsión no es alentadora. Se estima que el uso de energía por parte de los centros de datos enfocados en inteligencia artificial podría triplicarse para 2028, aumentando proporcionalmente la demanda de agua. A escala global, el crecimiento proyectado de esta industria podría requerir entre 4200 y 6600 millones de metros cúbicos de agua para 2027, una cantidad similar al consumo anual de Dinamarca o la mitad del Reino Unido.
Hasta ahora, no existe ninguna legislación internacional que imponga límites o establezca políticas públicas de sostenibilidad digital. Algunos gigantes tecnológicos han empezado a buscar alternativas. Amazon Web Services, por ejemplo, ha implementado el uso de aguas residuales tratadas en ciertos centros de datos. No obstante, la mayoría de las compañías aún depende del agua potable.

La necesidad de una inteligencia artificial más sostenible empieza a generar inquietud dentro del sector. Las principales líneas de trabajo apuntan hacia la optimización de algoritmos para reducir el consumo computacional, el uso de energías renovables y el diseño de nuevos sistemas de refrigeración más eficientes. Aun así, el desafío de fondo sigue siendo cómo equilibrar el avance tecnológico con el cuidado del medio ambiente.
Frente a estos datos, surge una pregunta inevitable: ¿vale la pena consumir millones de litros de agua para generar imágenes digitales de alta calidad? Para algunos, la creatividad y el entretenimiento digital justifican este gasto. Para otros, se trata de un lujo insostenible. Lo cierto es que el debate ya está sobre la mesa, y como usuarios también tenemos responsabilidad. Pensar dos veces antes de hacer una consulta a un sistema de inteligencia artificial podría marcar la diferencia.
El auge de las imágenes inspiradas en el estilo visual de Studio Ghibli ilustra el doble filo del desarrollo digital. Aunque permiten explorar nuevas formas de expresión artística, también dejan en evidencia el impacto ambiental que muchas veces se oculta detrás de una simple ilustración. La inteligencia artificial no solo consume datos; también consume recursos naturales esenciales.