
En la historia de la lucha por la independencia del Perú, José Olaya Balandra se destaca como un símbolo de valentía y sacrificio.
Este humilde pescador de Chorrillos se ofreció voluntariamente como emisario secreto entre el gobierno independentista refugiado en los castillos del Callao y los patriotas de Lima, bajo ocupación realista en 1823. Su firmeza ante la tortura y su silencioso martirio lo elevaron a la categoría de héroe nacional.
La herencia del amor

Aunque los estudios no se han puesto de acuerdo con relación al año de su nacimiento, diversas fuentes lo ubican entre 1782, 1789 o 1795, José Olaya Balandra, nació en Chorrillos y era hijo de José Apolinario Olaya y Melchora Balandra.
Proveniente de una familia de pescadores, Olaya heredó de su padre no solo el oficio, sino también un profundo amor por la patria y un fervoroso apoyo a la causa independentista. Desde joven, Olaya mostró habilidades excepcionales como nadador, recorriendo las aguas entre Chorrillos, la isla de San Lorenzo y el Callao para vender su pesca.
La independencia, declarada en Huaura en noviembre de 1820 y en Lima el 28 de julio de 1821 por el general José de San Martín, no fue inmediatamente efectiva en todo el territorio. Regiones como el Cuzco, la sierra central y el sur del Perú seguían bajo control realista.
En 1823, el Congreso Constituyente nombró a José de la Riva Agüero como presidente de la República tras la renuncia de San Martín. En este contexto, Lima fue tomada por las tropas realistas al mando de José Ramón Rodil, obligando a los patriotas a refugiarse en la Fortaleza del Real Felipe en el Callao.
Comunicación rota

La necesidad de comunicación entre los refugiados y los patriotas en Lima se volvió crucial. Fue entonces cuando Olaya asumió el peligroso papel de mensajero, transportando información vital para el general Antonio José de Sucre, enviado por Simón Bolívar.
Pero el 27 de junio de 1823, mientras llevaba una carta de Sucre para Narciso de Colina, fue descubierto en la calle de Acequia Alta por soldados realistas. A pesar de ser emboscado, Olaya logró deshacerse de las cartas, según se dice, arrojándolas a una acequia o comiéndoselas.

Capturado y llevado ante Rodil, Olaya enfrentó intensos interrogatorios. Promesas, amenazas y brutales torturas no lograron quebrantar su espíritu. Le fueron arrancadas las uñas, sufrió doscientos palazos y fue colgado de los pulgares, pero Olaya se mantuvo firme, sin revelar ningún nombre ni información.
Su estoicismo fue tal que, incluso al ser confrontado con su madre, no se doblegó. En medio del tormento, pronunció la célebre frase: “Si mil vidas tuviera, gustoso las perdería antes de traicionar a mi patria y revelar a los patriotas”.
Silencio hasta la muerte

Finalmente, sentenciado a muerte, Olaya fue llevado al Callejón de los Petateros, hoy conocido como Pasaje Olaya, donde fue fusilado el 29 de junio de 1823. Antes de morir, pidió ser sepultado con la escarapela rojiblanca, el emblema de la patria libre, un deseo que le fue concedido.
El sacrificio de José Olaya no pasó desapercibido. El presidente José Bernardo de Tagle emitió un decreto en 1823 para honrar su memoria, declarando que pasaría revista como Subteniente vivo de la Infantería del Ejército durante 50 años y estableciendo ceremonias anuales en su honor en Chorrillos. Olaya es hoy reconocido como el “Patrono del Arma de Comunicaciones” del Ejército del Perú.