
La gestión cultural de la ciudad de Chimbote atraviesa su peor época. Las políticas públicas de fomento del libro y la lectura, que se supone deberían ser construidas y concertadas entre las instituciones estatales, privadas e iniciativas independientes, languidecen, dejando abandonados (y condenados al olvido) procesos que deberían ser centrales en la gestión y el desarrollo de la urbe, así como en el esfuerzo mancomunado que debería establecer la administración pública con la creación artística.
El desprecio al arte y la cultura se pone de manifiesto de múltiples formas. La creación de la gerencia de Cultura en la comuna provincial, acontecida hace varios años, no ha generado impacto o significado mejora alguna en el quehacer del sector; lo mismo ha sucedido en el distrito de Nuevo Chimbote, que vio desaparecer su Gerencia de Cultura implementada hace algunos lustros, para volver a convertirse en subgerencia. En lo que compete al libro y la lectura, tras la gestación e implementación -en las últimas décadas- de fondos editoriales municipales y de ferias del libro, en dos de las principales comunas de Áncash, estas importantes políticas públicas [que empezaron a funcionar con no pocos cuestionamientos y resultados de distinta índole] han sido desactivadas con total impunidad durante los últimos cinco años.
Líneas aparte merece la indignante realidad en que se encuentran sumidas nuestras bibliotecas: sin fondos bibliográficos actualizados, carentes de equipamiento físico y tecnológico, con personal insuficiente y no calificado, sin locales apropiados para su adecuado funcionamiento, con escasos o inexistentes presupuestos que constituyen un insulto a la inteligencia, así como una amenaza al libre pensamiento, al auténtico desarrollo y al futuro de los ciudadanos.
Hay quienes desde las oficinas burocráticas se preguntan cómo contagiar y fomentar el hábito de la lectura en una población cada vez más grande y diversa, distribuida de manera no planificada en un territorio cada día más vasto, agreste y complejo.

Es una sociedad salvaje y no pensante la que lamentablemente tenemos, una ciudad sin liderazgos ni propuestas, sin periódicos ni medios de comunicación lo suficientemente independientes y fuertes para publicar contenidos de calidad que permitan que las voces disidentes y críticas tengan el espacio necesario para generar el debate inexistente, en materia de políticas públicas alrededor del libro y la lectura, del que actualmente adolecemos.
La triste realidad administrativa de lo cultural en la ciudad contrasta con las dinámicas artísticas en el campo del libro y la lectura, así como con la significativa relación que existe entre los libros y las comunidades. El palpitar de la crisis social y política que hoy vivimos, se refleja en la creación literaria de nuestros autores; el lenguaje, máxima expresión de la cultura, determina nuestra percepción de la realidad.
“Los límites de mi lenguaje son los límites de mi mundo” (Wittgenstein); la frase explica la realidad política y social que tenemos, nos pone al frente de preguntas alrededor de cómo está el lenguaje en nuestros barrios, cuál es el imaginario colectivo que palpita en nuestras calles, así como qué estamos haciendo como ciudad para configurar nuevas formas de comunicarse y de pensar, de manera que se amplíen las visiones del mundo de la población y se renueven las formas de relacionarnos con el otro.

Hablar del fomento del libro, la lectura y las bibliotecas, sin embargo, no sólo le atañe a los organismos municipales; la Universidad Nacional del Santa está también llamada -desde hace mucho- a protagonizar un escenario que hasta hoy le es ajeno: hasta cuándo esperará la comunidad universitaria, la sociedad en su conjunto, la creación de un fondo editorial que le devuelva a la ciudad -de algún modo- lo que esta casa superior de estudios le debe al pueblo de Chimbote, que con sus luchas y durante décadas consiguió en las calles la promulgación de la ley que le dio origen.
El debate inexistente alrededor del libro y la lectura nos condena, en consecuencia, al atraso, a la desidia y al continuismo, a la resignación de un sector imprescindible para acceder a un verdadero desarrollo. La función que ocupan el libro, la lectura y las bibliotecas urge ser revalidada en una ciudad que necesita la construcción de un espacio que medie entre el mundo interior y exterior de sus habitantes; dicho de otra forma: entre los individuos y el mundo.
No hacerlo significa continuar como hasta ahora: sin desarrollar las regiones más vitalmente importantes de la experiencia humana, una que posibilita a los ciudadanos convertir la cultura en experiencia y no en un vasto cementerio de saberes que otorgan prestigio y son socialmente necesarios.

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