
Panamá enfrenta un avance cada vez más agresivo de los ciberdelitos financieros, en un escenario donde los intentos de fraude ya alcanzan los $125 millones al año y donde alrededor de $20 millones terminan concretándose en perjuicio de clientes, bancos y empresas.
La magnitud del problema no solo refleja el volumen de dinero que está en juego, sino también el nivel de sofisticación que han alcanzado estas redes, que operan mediante estafas, phishing, robo de información, suplantación de identidad y engaños digitales cada vez más difíciles de detectar.
El golpe, además, ya no se limita a las instituciones: cae de lleno sobre personas que pierden sus ahorros o entregan datos sensibles en cuestión de minutos.
La Asociación Bancaria de Panamá advirtió que diariamente siete panameños son víctimas de estafas financieras o bancarias, una cifra que deja claro que el problema dejó de ser esporádico para convertirse en una amenaza cotidiana.
El dato retrata una realidad inquietante: todos los días hay personas que reciben llamadas falsas, enlaces maliciosos o mensajes diseñados para provocar miedo, confusión o urgencia, hasta lograr que entreguen claves, autoricen pagos o revelen información privada.

Lo más delicado es que muchas de estas víctimas no pertenecen a un solo perfil, porque los delincuentes adaptan sus métodos según la edad, el nivel de conocimiento digital o el tipo de producto financiero que utiliza cada usuario.
El presidente de la junta directiva de la Asociación Bancaria de Panamá, Ernesto Boyd, sostuvo que los ataques no solo continúan, sino que seguirán creciendo, y subrayó que el impacto de este fenómeno va mucho más allá de una pérdida corporativa.
Detrás de cada fraude exitoso hay personas afectadas, trabajadores que ven comprometidos sus ahorros y familias golpeadas por operaciones criminales cada vez más refinadas, señaló el presidente de la junta directiva del gremio bancario durante la inauguración del VI Congreso Internacional de Ciberseguridad, Protección de Datos, Prevención de Fraudes y Seguridad Física.
Según explicó Boyd, los $125 millones corresponden a intentos de ataque, mientras que los $20 millones reflejan el impacto que finalmente se concreta. Esa diferencia, lejos de ser un alivio, muestra la presión permanente bajo la que operan la banca y sus clientes, obligados a reaccionar, verificar y reforzar sus defensas frente a una ofensiva que no da tregua.
Boyd explicó que el blanco final de estos ciberdelitos son los clientes bancarios, porque detrás de cada ataque dirigido a una entidad financiera lo que realmente se busca es llegar al dinero de los usuarios.

El crimen aprovecha descuidos, miedo y momentos de presión, y por eso la prevención dejó de ser un mensaje accesorio para convertirse en una necesidad central del sistema. La preocupación del sector también radica en que no todos los casos se reportan con el mismo nivel de detalle, por lo que el tamaño real del problema incluso podría ser mayor.
En otras palabras, las cifras conocidas ya son graves, pero podrían estar mostrando apenas una parte del cuadro completo.
Desde la Policía Nacional, el director Jaime Fernández advirtió que entre 2025 y 2026 se ha registrado un incremento de más de 113% en ciberdelitos, una variación que confirma que el fenómeno está escalando con rapidez.
El jefe policial indicó además que se han desarrollado más de 19 operaciones en conjunto con la Asociación Bancaria y distintas instituciones financieras, en un esfuerzo por contener una actividad delictiva que se mueve con agilidad y que exige respuestas cada vez más rápidas.
La advertencia policial es clara: Panamá, por su condición de centro bancario, está expuesto a una presión criminal constante que obliga a fortalecer infraestructura, capacidades de investigación y mecanismos de persecución.
Fernández también hizo una distinción entre los ataques sofisticados y los ataques más básicos pero masivos, que son precisamente los que más golpean a la población en su vida diaria. Entre estos últimos mencionó llamadas fraudulentas y otros contactos realizados incluso desde centros penales, una realidad que ha obligado a mantener operativos permanentes para sacar de circulación equipos de comunicación utilizados por delincuentes.
Pero el frente más inquietante es el de los fraudes de nueva generación, donde ya se están utilizando herramientas de inteligencia artificial para imitar voces, generar instrucciones falsas por chat e incluso crear videos para aparentar legitimidad en procesos sensibles. El delito evolucionó, y lo está haciendo más rápido de lo que muchas personas alcanzan a entender.

En ese contexto, la Asociación Bancaria lanzó la campaña “Perate”, una iniciativa construida a partir de una expresión coloquial profundamente panameña que deriva de “espérate” y que busca instalar una pausa mental antes de reaccionar.
La lógica de la campaña es simple, pero poderosa: cuando una persona recibe una llamada alarmante, un mensaje sospechoso o una supuesta urgencia bancaria, debe detenerse, pensar, verificar y no actuar en automático.
Ese instante de pausa puede impedir que entregue información personal, que transfiera dinero o que haga clic en un enlace preparado para robar credenciales. La campaña apuesta justamente a eso: romper el impulso que aprovecha el estafador para manipular a la víctima.
“Perate” no fue presentada como una campaña comercial, sino como una campaña país, respaldada por los 37 bancos que operan en la plaza con la intención de enviar un mensaje unificado a la población.
La idea de fondo es que el fraude financiero ya no puede enfrentarse con mensajes dispersos ni con advertencias aisladas de cada banco por separado. Lo que se busca ahora es una comunicación más clara, sencilla y recordable, que conecte con el comportamiento real de las personas en momentos de tensión. Porque el problema no es solo educativo.

No basta con saber qué es phishing o cómo opera una estafa si, en el momento de la presión, la víctima entra en pánico y actúa sin verificar.
Uno de los puntos más relevantes de esta ofensiva de prevención es que el fraude no distingue edad, profesión ni nivel socioeconómico. Ese mito de que solo caen los adultos mayores ya no resiste análisis serio, porque las modalidades cambian según el público que buscan atrapar.
Hay estafas dirigidas a jóvenes mediante falsas inversiones o promesas de ganancias rápidas; otras apuntan a usuarios de banca digital con supuestos bloqueos de cuenta; y otras se apoyan en mensajes familiares o emergencias fabricadas. Cada engaño tiene un libreto distinto, pero todos comparten la misma intención: explotar una reacción emocional para quebrar la capacidad de análisis de la persona.
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