
Hay situaciones que ocurren todos los días delante de nuestros ojos y, sin embargo, dejamos de verlas. Un niño solicitando colaboración económica en una esquina, una adolescente vendiendo en un local comercial, chicos acompañando a adultos en largas jornadas de trabajo. Escenas que muchas veces se vuelven parte del paisaje urbano, cuando en realidad deberían encender una señal de alerta.
Los datos interpelan, no porque sean números, sino porque detrás de cada uno de ellos hay una historia, una familia y, sobre todo, una niña, niño o adolescente que no puede ejercer plenamente sus derechos.
Durante 2025, el Programa de Prevención y Abordaje del Trabajo Infantil y Adolescente del Consejo de los Derechos de Niñas, Niños y Adolescentes intervino con 940 chicos y adolescentes. De ese total, el 64 % de las situaciones estuvieron vinculadas a estrategias de supervivencia en la vía pública, es decir, pedidos de colaboración económica en la calle. Lejos de tratarse de episodios aislados, se trata de una problemática persistente que exige respuestas integrales y sostenidas.
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“Detrás de cada cifra se encuentra una historia de vida que merece ser escuchada y atendida.”
La tendencia continúa durante este año. Solamente en abril de 2026 recibimos 439 derivaciones para intervenir. De ellas, 385 casos —casi el 88 %— estuvieron relacionados con situaciones de niñas, niños y adolescentes presentes en la vía pública como parte de estrategias familiares de subsistencia.
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Estos números describen un fenómeno, pero detrás hay una familia atravesada por la vulnerabilidad y un niño cuyos derechos están siendo afectados. El trabajo infantil no debiera ser una ayuda familiar, aunque la desesperación por la falta de respuestas del Estado los empuje a pedir juntos en las calles. Y nunca puede ser una forma de aprender la cultura del esfuerzo. Es una vulneración de derechos que dificulta el acceso a la educación, al juego, al descanso y al desarrollo integral: les quita tiempo para ser chicos y condiciona su presente y su futuro, al limitar oportunidades y reproducir círculos de exclusión que luego resultan mucho más difíciles de revertir.
Los datos también nos permiten observar otro aspecto que merece una reflexión profunda: Del total de las intervenciones vinculadas a estrategias de supervivencia realizadas durante abril, el 70,9 % correspondió a familias provenientes de la provincia de Buenos Aires.
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Esta realidad no puede ser ignorada. La Ciudad de Buenos Aires sostiene equipos que recorren diariamente el territorio, realizan detección temprana, articulan con escuelas, centros de salud, organizaciones sociales y organismos judiciales e intervienen para restituir derechos. Pero cuando 7 de cada 10 situaciones involucran a familias provenientes de otra jurisdicción, resulta evidente que existe una responsabilidad compartida que no es equilibrada y que termina dificultando los intentos de restituir aquellos derechos vulnerados.
La corresponsabilidad implica que cada jurisdicción debe asumir activamente la protección y el acompañamiento de las familias que residen bajo su órbita. La situación no comienza cuando una niña o un niño aparece en una esquina porteña. Comienza mucho antes, en contextos a los que las herramientas de acompañamiento, inclusión y contención no lograron llegar a tiempo.
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La concentración de las intervenciones en determinadas zonas de la Ciudad también nos habla de una problemática visible: las comunas 1, 14, 2 y 13 reunieron el 66 % de los casos registrados durante ese período. Allí es donde miles de personas transitan diariamente y donde estas situaciones ocurren, muchas veces, a plena vista.
Y esta situación adquiere una dimensión aún más preocupante cuando observamos la edad de los niños involucrados. Durante 2025, se registraron intervenciones con niñas y niños de apenas 1 a 3 años de edad, mientras que la mayor concentración se dio entre los 7 y los 12 años. Ningún chico debería pasar parte de su infancia en la calle. Nadie debería crecer entendiendo que su presencia en el espacio público es una herramienta necesaria para complementar los ingresos familiares.
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Es importante ser claros: la pobreza no se puede criminalizar y la responsabilidad nunca recae exclusivamente sobre las familias. Quienes trabajan diariamente en el territorio conocen las enormes dificultades económicas que atraviesan muchos hogares, pero precisamente por eso el Estado tiene la obligación de actuar antes de que la vulneración de derechos ocurra o se profundice.
La Ciudad de Buenos Aires seguirá haciéndolo. Seguiremos fortaleciendo las estrategias de prevención, detección y acompañamiento, promoviendo intervenciones que permitan restituir derechos y construir alternativas para cada niña, niño y adolescente. Pero es necesario que todas las jurisdicciones asuman un compromiso más activo respecto a las situaciones que involucran a sus propios habitantes.
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No alcanza con intervenir cuando las consecuencias ya son visibles: Si un chico debe estar en la calle para ayudar a sostener la economía familiar, toda la sociedad está llegando tarde. Y llegar tarde en la infancia tiene consecuencias que duran mucho más que una gestión de gobierno.
“Erradicar el trabajo infantil es una responsabilidad compartida que involucra a las familias, las escuelas, las organizaciones sociales, el sector privado y a cada ciudadano.”
Porque prevenir también es mirar con atención, no naturalizar situaciones que vulneran derechos y animarse a actuar cuando algo genera preocupación.
Pedir orientación también es una forma de cuidar: si una situación no parece normal, es importante no quedarse con esa duda.
Las niñas, los niños y los adolescentes tienen derecho a aprender, a jugar, a compartir con sus pares y a construir un proyecto de vida libre de responsabilidades que no les corresponden. Como sociedad, no podemos resignarnos a que el trabajo infantil forme parte del paisaje cotidiano.
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Por eso, si conocés una situación que requiera acompañamiento o protección, comunicate con la Línea 102 o con el 911 cuando exista una situación de riesgo inmediato. Proteger a los chicos también empieza por decidir no mirar para otro lado.
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