De Ámsterdam a empresas no humanas

La inteligencia artificial no pide permiso

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Argentina planea crear un marco legal para la IA que incorpora la figura de la corporación no humana.  REUTERS/Mike Blake
Argentina planea crear un marco legal para la IA que incorpora la figura de la corporación no humana. REUTERS/Mike Blake

El 4 de junio de 1602, la Compañía Neerlandesa de las Indias Orientales presentó al mundo la sociedad de responsabilidad limitada. Supongo que no hubo ningún estudio de impacto ni años de consultas con las partes interesadas (stakeholders). Cuatro siglos después, Javier Milei publicó un artículo de opinión en el Financial Times con lo que, en mi opinión, es la propuesta legal a favor de la innovación más ambiciosa que ha presentado ningún gobierno en años.

Argentina planea crear un marco legal específico para el desarrollo de la IA, que incluye una nueva categoría corporativa: la corporación no humana. Esta entidad, operada por agentes de IA o robots, tiene capacidad legal para firmar contratos, poseer activos y operar en la economía real. Buenos Aires, concluyó el presidente Milei, debería convertirse para la IA en lo que Ámsterdam fue para la era de la navegación a vela.

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Como era de esperarse, esto ya ha generado comentarios negativos. Algunos académicos y grupos de la sociedad civil han señalado las preocupaciones habituales: protección de datos, responsabilidad y transparencia. Yuval Harari intervino desde su habitual atalaya por encima de las nubes, advirtiendo que dar acceso a entidades de IA a bancos y contratos podría ser peligroso. Algunos expertos argentinos reaccionaron con “preocupación”.

Son argumentos válidos. Pero consideremos el enfoque alternativo ofrecido por el emprendedor Martín Varsavsky en X: "la ley siempre va diez años por detrás de la tecnología“. Una empresa ya es una ficción jurídica. No respira, no vota ni tiene alma. Existe para firmar contratos, pagar impuestos, asumir responsabilidades y ser demandada. Si una empresa dirigida por IA ya está comprando, vendiendo, invirtiendo y prestando servicios, es mejor que tenga una dirección, capital, responsabilidad humana y reglas claras. El peor resultado es que los bots operen desde cuentas personales sin que haya nadie a quien responsabilizar.

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Esta es la lógica detrás de lo que Milei y su ministro de desregulación, Federico Sturzenegger, están proponiendo. Tres pilares:

1. mantener la IA lo suficientemente desregulada como para que se desarrolle libremente sin restricciones prematuras y mal entendidas

2. crear la arquitectura legal para que operen los agentes de IA

3. establecer un entorno fiscal competitivo para las empresas que los gestionarán

En esencia, es un marco de responsabilidad, del tipo que surge de tener una dirección legal en lugar de operar en las sombras. Quienes abogamos por políticas favorables a la innovación hemos visto la película contraria demasiadas veces. Surge una tecnología. Los reguladores entran en pánico. Se aprueba apresuradamente un marco diseñado para la tecnología de hace 5 años. La innovación emigra. Europa cometió este error con los datos (GDPR), podría decirse que lo está cometiendo de nuevo con la IA y, terminará importando tecnología desarrollada en otros lugares. Como señaló Adam Thierer, tratar de planificar de manera preventiva para cada escenario catastrófico significa que muchos de los mejores escenarios nunca se materializan.

La apuesta de Argentina es diferente. En lugar de prohibir por reflejo, le está dando forma legal a una realidad que ya está llegando. Los holandeses tampoco entendieron del todo la sociedad anónima. El concepto de responsabilidad limitada enfrentó críticas por permitir que hombres adinerados apostaran con el dinero de otras personas. No estaban del todo equivocados. Pero la historia demostró que la alternativa era peor.

Hay algo que la mayoría de los comentarios han pasado por alto. Esta propuesta proviene de un país que pasó dos años desmantelando uno de los entornos regulatorios más asfixiantes del hemisferio occidental. Argentina escaló 20 puestos en el Índice de Libertad Económica de la Fundación Heritage en 2024 y 2025, la mayor mejora de cualquier nación en ambos años. Superávit fiscal. Inflación controlada. Una campaña de desregulación de auténtico alcance. El marco de IA es la extensión lógica de un programa de reformas coherente.

¿Funcionará? Eso depende de la ejecución. Los incentivos fiscales deben ser reales, la legislación debe estar bien redactada y el país debe cumplir lo que promete. En cuanto a este último punto, Argentina tiene un largo historial de motivos para la duda. Pero el programa de reformas sugiere hasta ahora que algo diferente está sucediendo. La campaña de desregulación es genuina. La pieza que falta para un entorno fiscal verdaderamente favorable a la innovación podría estar ya sobre la mesa.

Un policy paper de nuestros investigadores propone sustituir el laberinto argentino de más de 165 impuestos superpuestos por una tasa única del 15%. Georgia cuadruplicó sus ingresos fiscales tras adoptar un modelo similar. Eslovaquia y Estonia obtuvieron resultados comparables. Las empresas que deciden dónde implementar infraestructura de IA no quieren contratar un ejército de contadores para navegar por un laberinto fiscal. Quieren claridad. Un impuesto justo podría ser la base que haga creíble el marco de IA. Si Argentina cumple con ambos requisitos, la oferta al mundo se vuelve irresistible.

No obstante, el escepticismo sobre la ejecución es diferente a descartar la idea. La idea es buena. De hecho, puede ser el experimento de gobernanza más interesante en materia de política de IA en cualquier parte del mundo en este momento.

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