Rebeldía frente al pasado

La alternativa política a este anarquismo dependiente tiene que limpiar todo rasgo de retorno al pasado

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Ilustración de Axel Kicillof tirando de un lado de un escudo peronista partido y Cristina Kirchner tirando del otro. Cielo tormentoso con rayos.
Axel Kicillof y Cristina Kirchner tiran de un escudo peronista partido por una grieta (Imagen Ilustrativa Infobae)

La política, sus sueños, sus ideas y sus propuestas, suelen chocar contra dos obstáculos: el egoísmo de los poderosos y la burocracia de los obsecuentes.

La última gran elección interna enfrentó a Carlos Menem con Antonio Cafiero. Hubo provincias donde transitó la Renovación y otras, como la Capital Federal, donde los burócratas se amoldaron en silencio al Menem de derechas, primero, y más adelante, a los Kirchner, de supuestas izquierdas, ocupando cargos, pero sin expresar ideas jamás.

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Fui diputado en 1973, resultado de una elección donde nos enfrentamos cuatro sectores y nosotros pudimos imponernos holgadamente como lista gris, asentados en la militancia barrial. Volví a serlo en 1983, también fruto de una interna, en ese caso, entre candidatos presidenciales. Participé luego, durante dos años, del gobierno de Carlos Menem del cual me alejé, en medio de un nivel de corrupción y privatizaciones completamente ajenas a la historia del peronismo. En realidad, eran más entreguistas que varias de las dictaduras militares.

Más adelante, acompañé a Néstor Kirchner, de quien lentamente me fui distanciando y nada tuve que ver con Cristina Fernández, con la cual sostuve en su momento discusiones ideológicas dentro de un grupo de militancia que se fue decantando hasta dejar solo a los obedientes, a los que nunca cuestionaban nada de lo que se ejercía en el poder.

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El Kirchnerismo se fue convirtiendo en una secta y expulsando a todos los que no aceptábamos su retorcida visión del pasado, su reivindicación de los derechos humanos que arrastraba una valoración de la violencia en democracia sin asumir que se había ejercido como traición a la patria. El respetable dolor de los deudos frente a la atrocidad del genocidio no debía concluir en la reivindicación de una violencia contra la democracia que a todas luces se había convertido en una justificación del golpismo. Así, el peronismo, convertido en secta, engendró una burocracia desmesurada y una habilitación del desorden que iba a concluir devolviendo su espacio a lo peor de la derecha.

El actual gobierno insiste en imponer los negocios sobre las necesidades sociales, a los grandes grupos económicos por encima de las necesidades de la política, ese espacio desde el cual se está obligado a pensar y ejercer la defensa de las mayorías. Los debates de ideas son imprescindibles para salir de una crisis en la que nos encerraron el sectarismo y el economicismo. Lleva largas décadas la confrontación entre patria y colonia, que no es como dicen algunos, desde su profunda ignorancia, una consigna del pasado. Hoy más que nunca se trata de una necesaria opción del presente. La patria se asienta en el pueblo, en generar industria y comercio para dar trabajo, en defender la movilidad social e impedir la concentración económica. Patria son Brasil y México. Nunca nos interesaron los ejemplos de Cuba y Venezuela, y si en algún momento eso ocurrió, fue solo para asumir un error histórico que arrastró las peores consecuencias. Todo país capitalista necesita de una sólida burguesía industrial, de empresas que generen riqueza y den trabajo y no de importadores que destruyan nuestras estructuras productivas y laborales.

El Movimiento Nacional fue traicionado por Carlos Menem, y no olvidemos que una de sus peores privatizaciones -la del gas, que en manos del Estado generaba ganancias- necesitó de un falso diputado para confirmar la miserable entrega. Con los Kirchner habíamos superado el entreguismo menemista, pero la falsa izquierdización nos llevaría a una decadencia de propuestas y personajes cuyos errores no terminamos de asumir. Esos errores nos condujeron a la derrota electoral, y no logramos superar la magnitud de su daño.

El gobierno actual es nefasto, pero sus votantes optaron por él ante el hartazgo de los fracasos del Kirchnerismo y su burocracia. La corrupción existió sin duda en todos los gobiernos, aunque debemos aceptar que los adoradores de la colonia, al carecer de moral en su modelo, no necesitan valerse de la ética en sus actos. Muy por el contrario, cuando la corrupción transita el campo patriótico su castigo debe ser ejemplar porque no sólo devalúa la dignidad de las propuestas sino que lastima lo más importante que es la esperanza de su pueblo. Sostengo que Milei está acabado, que su caída en las encuestas se irá profundizando a la par que la miseria que genera su proyecto, pero la alternativa a ese anarquismo dependiente tiene que limpiar todo rasgo de retorno al pasado, a ese pasado que engendró la miseria que hoy nos gobierna.

Poniendo como ejemplo al peronismo de Capital, observo con asombro a personajes menores, hijos de una burocracia acostumbrada al mimetismo y a la renta, en suma, esa minoría que obtiene cargos y prebendas. Sin elecciones internas, los partidos carecen de vida y de futuro y son presa fácil de los intereses comerciales. Llama la atención cómo el amplio espacio de la derecha va asimilando lentamente el fracaso de Milei al tiempo que asume que el gobernador de la provincia, Axel Kicillof, es una figura a la que nadie puede acusar de estar manchada por intereses económicos. Sin embargo, con premura, agregan que es un mal gobernador, como si la pobreza y la miseria mayoritaria y creciente permitieran administrar los conurbanos de una sociedad que, al destruir el trabajo, no puede ignorar que multiplica el delito. Y de paso, lo levantan como fantasma Kuka.

Las burocracias no morirán fácilmente, pero el triunfo de un candidato nacional depende esencialmente de que se las destruya. Axel Kicilloff pareciera estar signado por el destino al recibir la ofrenda del odio de un gobierno que fracasa y el cuestionamiento de sectores más cercanos al prontuario que al ideario. Milei insiste en achicar gastos, en detener la inflación y, en rigor, sólo incrementa la miseria.

El movimiento nacional tiene otra tarea tan dura como compleja que es la de sacarse de encima todo sabor a pasado, todo ayer de sectas y corrupciones, de persecuciones a los disidentes y maltrato a los adversarios. Creo que Milei es lo más dañino que hemos sufrido y en consecuencia, el punto desde el cual podemos rebotar y recuperar nuestra dignidad como nación con un Estado que cumpla las funciones que los liberales de la Organización Nacional asumían como propias e indelegables: salud, educación y seguridad, tan vapuleadas, maltratadas, desconsideradas, injuriadas y relegadas por este triste personaje que nos gobierna y por su grupo de colaboradores que aplauden lo que sea, indiscriminadamente.

Cerramos con la relevancia del ejemplo de Bolivia. Uno de sus analistas expresó con claridad: “No es que Evo sea parte de la conducción del presente, sino que durante los años en que ejerció el poder, el pueblo boliviano encontró la dignidad de los humildes, en tanto que el presidente actual quiere retornar al tiempo anterior donde los colonos oprimían y despreciaban a los colonizados”. Grandes semejanzas con los siempre reiterados cien años de Milei que pretenden olvidar a Yrigoyen y a Perón.

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